Por suerte la atención se puso en la música y el tema de mi posible ida se estaba esfumando cuando Pablo acercó el tema de manera drástica.
—Es que si te vas de acá te vas a perder paisajes como ese.
Lo de drástico fue porque las palabras de Pablo fueron lo último que escuchamos antes de chocar la camioneta contra un auto que estaba adelante nuestro.
Más allá de algún que otro golpe, nadie salió lastimado de gravedad.
Nadie salvo la camioneta que quedó con toda su nariz irreconocible, y por entre sus fosas nasales, parte del motor.
Los curiosos que acertaron a pasar por el lugar, la policía que llegó un segundo antes que una ambulancia que fue alertada por si acaso, el chofer del auto que estaba a las puteadas contra los jóvenes alcoholizados y drogadictos (?), y nosotros, claro, un poco más aturdidos que de costumbre.
—¿Alguno está mal? —preguntó uno de los médicos de la ambulancia.
—No, ya estábamos mal desde antes —contestó Pablo sin perder el humor.
—¿Qué pasó? —interrogó con su tono dictatorial uno de los policías—. Y no me contesten “chocamos” porque los meto ya mismo en cana—, advirtió mirando a Pablo de mala manera.
—Ellos tienen la culpa, agente. Manejan borrachos y matan impunemente a las personas —sentenció el tipo del auto al que chocamos.
A causa de esas acusaciones nos hicieron de inmediato un test de alcoholemia a cada uno de nosotros, los cuales dieron, efectivamente, que no teníamos ni media gota de alcohol en nuestros respectivos organismos.
—Ellos fueron los que me chocaron a mí —continuó quejándose y acusándonos el tipo del auto.
—Sin embargo el semáforo estaba para que crucemos… —reflexioné yo en voz alta.
Uno de los policías se acercó con una mujer bastante mayor que dijo ser testigo del choque.
—¿Sabe qué pasa señor oficial de policía? En esta esquina siempre hay de estos choques —comenzó a decir la señora con sus bolsas del mercado el mano—, y esta vez no tiene la culpa ni el semáforo que, gracias a Dios, funciona, ni el hombre malhumorado ese del auto, ni estos muchachos que, gracias a Dios, no se lastimaron.
—¡Gracias a Dios! —dijo Sebas con su atea ironía.
—Sí, gracias a Dios —repitió la señora.
—A Dios y a los cinturones de seguridad —agregó uno de los médicos de la ambulancia que ya se retiraba sin llevar a nadie en la ambulancia… gracias a Dios.
—¿Y entonces? —¿Por qué fue que chocaron, señora? —la interrogó el policía.
—Por culpa de ella —dijo señalando con su dedo índice en diagonal hacia arriba.
Todos miramos en esa misma dirección… y sí, en ese lugar se encontraba ella, la culpable de la distracción casi fatal.
Se trata de una gigantografía de unos 10 ó 12 metros en la que se encuentra una modelo (desconocida para mí) muy linda, de mirada tentadora, labios comestibles, y ropa interior cara.
Claro, ya sé que hay muchos de estos carteles en la vía pública, pero este tiene algo especial.
Más allá del tamaño, esta ropa interior, por lo menos la bombacha, marca ciertas ondulaciones interiores que transforma la avenida recta en una curva peligrosa.
—Siempre pasa lo mismo en esta esquina —repitió la señora indignada—. Hasta hemos realizado petitorios con firmas de varios vecinos para quitar la publicidad esa, pero no nos han hecho caso.
—¡Gracias a Dios! —exclamamos al unísono sin poder quitar la mirada del cartel.
viernes, 20 de noviembre de 2009
miércoles, 18 de noviembre de 2009
151. tracción a sangre
Pato y Pamela llamaron para avisar que estaban organizando para hacer una fiesta diurna el domingo desde temprano. Como la mayoría aceptamos la propuesta festiva, intentamos organizarnos para ir todos juntos.
Le pregunté a Luis si me prestaba la camioneta para la excursión amistosa y no tuvo problemas, aunque ya tuvo que meter su pedido cautelar.
—No te pido que la traigas limpia, pero sí que la cuides.
El domingo temprano fueron apareciendo los que iban conmigo en la camioneta, es decir, Sebas Sergio, Cris, y Pablo.
En el auto de Nadia iba ella, Ana con Tami, Vero y Lorena.
Sí, los nenes con los nenes y las nenas con las nenas, como correspondía a una fiesta de Pato y Pamela.
—¿Seguís con la idea de irte? —preguntó Sebas.
—¿Irse? ¿Quién se va? —quiso saber Sergio algo atrasado de noticias.
—Gastón se quiere mudar de la ciudad —respondió Sebas a secas.
—¿De verdad? ¿Estás loco? ¿A dónde te querés ir? ¿Y nosotros? —me acribilló Cris con sus interrogantes metafísicos-existencialistas.
—Nada, fue sólo una idea lanzada al aire… que puede caer en cualquier momento —expliqué tratando de tranquilizar el ánimo ya exasperado de Cris.
—La dijo después de ver “Into the wild” —explicó Sebas— y al final el protagonista muere envenenado y solo —terminó aportando.
—A veces uno se siente solo entre tanta gente… —dijo Sergio con tono de monje budista.
—¿Y el veneno?
—Bueno, eso se consigue en cualquier ferretería —respondió Pablo sin darle demasiado vueltas al tema.
Yo seguía manejando mientras mi mente se volaba por alguna parte de aire puro y algo más de verde y lo que decían los chicos sonaba apenas de fondo.
—¿No les molesta si pongo algo de música? —pregunté mientras ponía el disco solista de Cordera sin esperar a que nadie me conteste.
Por suerte la atención se puso en la música y el tema de mi posible ida se estaba esfumando cuando Pablo acercó el tema de manera drástica.
—Es que si te vas de acá te vas a perder paisajes como ese.
Lo de drástico fue porque las palabras de Pablo fueron lo último que escuchamos antes de chocar la camioneta contra un auto que estaba adelante nuestro.
Más allá de algún que otro golpe, nadie salió lastimado de gravedad.
Nadie salvo la camioneta que quedó con toda su nariz irreconocible, y por entre sus fosas nasales, parte del motor.
Le pregunté a Luis si me prestaba la camioneta para la excursión amistosa y no tuvo problemas, aunque ya tuvo que meter su pedido cautelar.
—No te pido que la traigas limpia, pero sí que la cuides.
El domingo temprano fueron apareciendo los que iban conmigo en la camioneta, es decir, Sebas Sergio, Cris, y Pablo.
En el auto de Nadia iba ella, Ana con Tami, Vero y Lorena.
Sí, los nenes con los nenes y las nenas con las nenas, como correspondía a una fiesta de Pato y Pamela.
—¿Seguís con la idea de irte? —preguntó Sebas.
—¿Irse? ¿Quién se va? —quiso saber Sergio algo atrasado de noticias.
—Gastón se quiere mudar de la ciudad —respondió Sebas a secas.
—¿De verdad? ¿Estás loco? ¿A dónde te querés ir? ¿Y nosotros? —me acribilló Cris con sus interrogantes metafísicos-existencialistas.
—Nada, fue sólo una idea lanzada al aire… que puede caer en cualquier momento —expliqué tratando de tranquilizar el ánimo ya exasperado de Cris.
—La dijo después de ver “Into the wild” —explicó Sebas— y al final el protagonista muere envenenado y solo —terminó aportando.
—A veces uno se siente solo entre tanta gente… —dijo Sergio con tono de monje budista.
—¿Y el veneno?
—Bueno, eso se consigue en cualquier ferretería —respondió Pablo sin darle demasiado vueltas al tema.
Yo seguía manejando mientras mi mente se volaba por alguna parte de aire puro y algo más de verde y lo que decían los chicos sonaba apenas de fondo.
—¿No les molesta si pongo algo de música? —pregunté mientras ponía el disco solista de Cordera sin esperar a que nadie me conteste.
Por suerte la atención se puso en la música y el tema de mi posible ida se estaba esfumando cuando Pablo acercó el tema de manera drástica.
—Es que si te vas de acá te vas a perder paisajes como ese.
Lo de drástico fue porque las palabras de Pablo fueron lo último que escuchamos antes de chocar la camioneta contra un auto que estaba adelante nuestro.
Más allá de algún que otro golpe, nadie salió lastimado de gravedad.
Nadie salvo la camioneta que quedó con toda su nariz irreconocible, y por entre sus fosas nasales, parte del motor.
jueves, 12 de noviembre de 2009
150. vida salvaje
A Tami le mandaron del Jardín investigar sobre los Onas.
Y esa fue la razón por la que el sábado se quedó en casa y el domingo temprano nos dirigimos hacia la Costanera, en la parte donde se encuentra la reserva ecológica, con los comestibles necesarios, las caras algo pintadas y armados de un arco y flechas (con punta de goma) que compramos el día anterior.
Nos divertimos mucho los dos. Y aunque no cazamos guanacos, sí acertamos con las flechas inofensivas a un gato, una pelada reluciente de un señor pasado de pastas, un sánguche, y el vidrio trasero del auto que se llevó pegada una de las tres flechas.
Cuando el lugar comenzó a llenarse de vendedores de cualquier cosa, de atletas fanáticos, de familias italianas enteras, de chicos por demás gritones, decidimos abandonar el lugar.
Ana me contó que Tami explicó muy bien todo lo que aprendió sobre esta tribu indígena en el Jardín, y que anduvo diciendo que “es muy difícil cazar con el arco y la flecha, pero los Onas igual lo hacían porque se divertían mucho”.
Ayer la ciudad fue un verdadero caos, y justamente tuve que transitarla por el medio.
Mucho calor, muchas personas sacadas, protestando, malhumoradas, nerviosas, impacientes por descargar su furia ante el primer animalito inocente que acierte a cruzar por el camino de los ojos rojos.
Cuando por fin regresé a casa (y la ciudad continuaba ardiendo en sus propias llamas), me encontré a Vero con Sebas tomando un trago.
—¿Querés un poco?
—A Gastón no se le pregunta, simplemente se le hace entrega del vaso lleno —explico Sebas mientras efectivamente me alcanzaba un vaso lleno.
—¿Y qué andan haciendo? —pregunté despreocupado.
—Te estábamos esperando, primín.
—¿Para qué?
—Para que terminemos de ver la peli del otro día.
Nos acomodamos en el sillón, apagamos todas las luces, encendí los parlantes y nos acomodamos frente a la pantalla.
No hizo falta llevar a votación poner la película desde el principio, cosa que hicimos para ponernos en clima con “Into the wild”.
Más de dos horas después, y apenas terminada la peli, Sebas se levantó a encender las luces, al mismo tiempo que Verónica iba al baño a secarse las lágrimas y yo me quedaba en silencio, con la mirada perdida en lo que se veía del cielo a través del balcón.
—¿Qué pensás? —me preguntó Sebas advirtiendo mi contemplar hacia la nada misma.
Por mi mente pasaron imágenes de mis juegos con Tami entre el verde natural, y la extrema contradicción con los malos aires de Buenos Aires.
—¿Y, en qué estás pensando? —volvió a inquirir Sebas, que sabe muy bien cuando algo raro me pasa.
Lo miré, tomé lo que quedaba en mi vaso, y con voz valiente le contesté:
—En irme a la mierda de esta ciudad.
Y esa fue la razón por la que el sábado se quedó en casa y el domingo temprano nos dirigimos hacia la Costanera, en la parte donde se encuentra la reserva ecológica, con los comestibles necesarios, las caras algo pintadas y armados de un arco y flechas (con punta de goma) que compramos el día anterior.
Nos divertimos mucho los dos. Y aunque no cazamos guanacos, sí acertamos con las flechas inofensivas a un gato, una pelada reluciente de un señor pasado de pastas, un sánguche, y el vidrio trasero del auto que se llevó pegada una de las tres flechas.
Cuando el lugar comenzó a llenarse de vendedores de cualquier cosa, de atletas fanáticos, de familias italianas enteras, de chicos por demás gritones, decidimos abandonar el lugar.
Ana me contó que Tami explicó muy bien todo lo que aprendió sobre esta tribu indígena en el Jardín, y que anduvo diciendo que “es muy difícil cazar con el arco y la flecha, pero los Onas igual lo hacían porque se divertían mucho”.
Ayer la ciudad fue un verdadero caos, y justamente tuve que transitarla por el medio.
Mucho calor, muchas personas sacadas, protestando, malhumoradas, nerviosas, impacientes por descargar su furia ante el primer animalito inocente que acierte a cruzar por el camino de los ojos rojos.
Cuando por fin regresé a casa (y la ciudad continuaba ardiendo en sus propias llamas), me encontré a Vero con Sebas tomando un trago.
—¿Querés un poco?
—A Gastón no se le pregunta, simplemente se le hace entrega del vaso lleno —explico Sebas mientras efectivamente me alcanzaba un vaso lleno.
—¿Y qué andan haciendo? —pregunté despreocupado.
—Te estábamos esperando, primín.
—¿Para qué?
—Para que terminemos de ver la peli del otro día.
Nos acomodamos en el sillón, apagamos todas las luces, encendí los parlantes y nos acomodamos frente a la pantalla.
No hizo falta llevar a votación poner la película desde el principio, cosa que hicimos para ponernos en clima con “Into the wild”.
Más de dos horas después, y apenas terminada la peli, Sebas se levantó a encender las luces, al mismo tiempo que Verónica iba al baño a secarse las lágrimas y yo me quedaba en silencio, con la mirada perdida en lo que se veía del cielo a través del balcón.
—¿Qué pensás? —me preguntó Sebas advirtiendo mi contemplar hacia la nada misma.
Por mi mente pasaron imágenes de mis juegos con Tami entre el verde natural, y la extrema contradicción con los malos aires de Buenos Aires.
—¿Y, en qué estás pensando? —volvió a inquirir Sebas, que sabe muy bien cuando algo raro me pasa.
Lo miré, tomé lo que quedaba en mi vaso, y con voz valiente le contesté:
—En irme a la mierda de esta ciudad.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
149. con final feliz
—¿Por qué no me lo dijistes antes?
—Porque no me diste tiempo, nena.
—Bueno, te encontré unos aritos que no eran míos y que sé que tampoco vos usás.
—Ok, pero justamente para eso te había dicho que vengas, para presentarte a Verónica y decirte que se iba a quedar por unos días acá.
—¿Y ahora dónde está?
—En lo de Sebas.
—¿Haciendo qué?
—No sé…
Sebas se había cruzado la otra vez con Vero, y desde ese día venía de manera más frecuente a “visitarme”. Lo pongo entre comillas porque la mayoría de las veces lo hacía cuando yo no estaba.
De todas maneras Vero no es tonta y Sebas por algo es mi amigo, y lo más importante acá es que se aclaró todo con Nadia.
Y la verdad es que me sentí algo extraño porque estoy bastante acostumbrado a que antes de solucionar algo, agrego un nuevo problema.
Pero acá estábamos, con Nadia mirando una peli, y haciéndonos unos mimos de esos que no nos dejan ver el final de la película.
Y así fuimos pasando del sillón a la alfombra, de la alfombra a la mesa ratona, de la mesa ratona pasamos por la cocina, y de la cocina a la camita.
Al mejor estilo Hansel y Gretel, fuimos dejando nuestras miguitas de pan (en este caso nuestras ropas) señalando el camino del amor.
Y fue un largo camino…
A la mañana el maldito despertador no perdonó el ejercicio nocturno y Nadia demostró su buen estado mañanero.
Sabía que iba a llegar tarde al laburo, pero a veces vale la pena.
Y más allá de la pena, me tuve que levantar, vestir y salir a la ciudad, al igual que Nadia.
Antes ella preparó unos capuchinos mientras yo me daba una ducha rápida pero reparadora.
Estábamos terminando las tazas cuando se escuchan las llaves y la puerta que se abre para presenciar a Vero que se sonroja al vernos.
—Hola —saluda con timidez.
—Hola —saludó Nadia en son de paz ofreciéndole un capuchino.
—Gastón, no pienses mal…
—Vero, no soy tu papá. Todo bien.
—Es que con Sebas nos pusimos a hablar de películas y nos quedamos mirando una hasta tarde y después conversamos sobre ciertos aspectos del séptimo arte y…
—¿Y cuál miraron? —quiso saber Nadia.
—“Into the wild”, es sobre un flaco que…
Con Nadia nos miramos y comenzamos a reírnos.
—¿Qué pasa? —preguntó Vero confundida.
—Es que es la misma peli que nosotros estábamos mirando anoche y no pudimos ver el final —le expliqué.
—Sí, ¡qué increíble! Decinos ya por favor cómo termina —le pidió Nadia.
(parece que vamos a tener que juntarnos los cuatro para poder ver el final de la peli)
—Porque no me diste tiempo, nena.
—Bueno, te encontré unos aritos que no eran míos y que sé que tampoco vos usás.
—Ok, pero justamente para eso te había dicho que vengas, para presentarte a Verónica y decirte que se iba a quedar por unos días acá.
—¿Y ahora dónde está?
—En lo de Sebas.
—¿Haciendo qué?
—No sé…
Sebas se había cruzado la otra vez con Vero, y desde ese día venía de manera más frecuente a “visitarme”. Lo pongo entre comillas porque la mayoría de las veces lo hacía cuando yo no estaba.
De todas maneras Vero no es tonta y Sebas por algo es mi amigo, y lo más importante acá es que se aclaró todo con Nadia.
Y la verdad es que me sentí algo extraño porque estoy bastante acostumbrado a que antes de solucionar algo, agrego un nuevo problema.
Pero acá estábamos, con Nadia mirando una peli, y haciéndonos unos mimos de esos que no nos dejan ver el final de la película.
Y así fuimos pasando del sillón a la alfombra, de la alfombra a la mesa ratona, de la mesa ratona pasamos por la cocina, y de la cocina a la camita.
Al mejor estilo Hansel y Gretel, fuimos dejando nuestras miguitas de pan (en este caso nuestras ropas) señalando el camino del amor.
Y fue un largo camino…
A la mañana el maldito despertador no perdonó el ejercicio nocturno y Nadia demostró su buen estado mañanero.
Sabía que iba a llegar tarde al laburo, pero a veces vale la pena.
Y más allá de la pena, me tuve que levantar, vestir y salir a la ciudad, al igual que Nadia.
Antes ella preparó unos capuchinos mientras yo me daba una ducha rápida pero reparadora.
Estábamos terminando las tazas cuando se escuchan las llaves y la puerta que se abre para presenciar a Vero que se sonroja al vernos.
—Hola —saluda con timidez.
—Hola —saludó Nadia en son de paz ofreciéndole un capuchino.
—Gastón, no pienses mal…
—Vero, no soy tu papá. Todo bien.
—Es que con Sebas nos pusimos a hablar de películas y nos quedamos mirando una hasta tarde y después conversamos sobre ciertos aspectos del séptimo arte y…
—¿Y cuál miraron? —quiso saber Nadia.
—“Into the wild”, es sobre un flaco que…
Con Nadia nos miramos y comenzamos a reírnos.
—¿Qué pasa? —preguntó Vero confundida.
—Es que es la misma peli que nosotros estábamos mirando anoche y no pudimos ver el final —le expliqué.
—Sí, ¡qué increíble! Decinos ya por favor cómo termina —le pidió Nadia.
(parece que vamos a tener que juntarnos los cuatro para poder ver el final de la peli)
jueves, 29 de octubre de 2009
148. mateando el tiempo
¿Y cómo es?
Esta es la pregunta que se venía repitiendo en forma de eco interminable desde que la barra se enteró que mi prima Verónica había llegado a la ciudad de la furia.
Ya pasaron un par de días y se hizo costumbre los mates nocturnos mientras charlamos un poco de todo y de todo un poco.
Es muy divertida, canchera, en algunos aspectos media inocentona, pero sobre todo, y se le nota a la legua, muy buena piba.
Pero claro, acá estaban mis amigos esperando que la describiera físicamente, aprovechando que ella no estaba (había ido a visitar a Ana).
Y entonces, como era de esperarse, el que tomó la palabra fue Pablo, que se la había cruzado y tenía la data que los demás esperaban escuchar.
—Amigos, si no fuera el novio de la hermana de Gastón, quizás igual entrara en su familia, porque Verónica es muy linda.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Sergio.
—Treinta y dos… creo.
—¿Y hasta cuándo se queda? —preguntó Cris.
—Tiene que dar unas materias en la facultad. Esta semana le decían bien las fechas, las rinde, y se va.
—¿Dónde duerme? —preguntó Sebas.
—En la cama que hay debajo del sillón.
—Che, ¿Y Nadia qué dijo? —preguntó Pablo
—¿Sobre qué?
—Sobre la presencia de Verónica…
—Nada, ¿qué va a decir? Es mi prima...
A la tardecita, y una vez que los chicos se fueron, vino Nadia.
—¿Qué me querías decir? —preguntó todavía algo ofendida.
—Antes que nada te pido que me disculpes por lo del otro día. No sé qué me pasó. Me agarraste en un momento extraño.
—Está bien, amor. Igual te quiero.
—Sip, yo también, pero lo que te quería decir es que…
No terminé la frase porque el instinto de mujer la llevó a descubrir unos aritos apoyados sobre la mesa ratona.
—¿Y esto? —quiso saber exigiendo una respuesta inmediata.
—Bueno, justamente sobre eso te quería contar…
Y mi frase fue nuevamente interrumpida pero esta vez por la puerta que se abrió para permitirle la entrada a Verónica que saludó a Nadia con un beso y enseguida se dirigió a mí despreocupadamente para decirme:
—Quiero que esta noche me termines lo de ayer —dijo yéndose a la cocina a calentar la pava para unos mates.
Nadia me miró con ojos fulminantes y el portazo de su partida todavía creo escucharlo.
—¿Qué pasó? —quiso saber Vero al escuchar el golpe de la puerta.
—Se fue Nadia.
—¿Quién es Nadia?
—Alguien que no sabe que sos mi prima —dije mientras me sentaba y me disponía a terminar la anécdota que había quedado inconclusa, y aceptaba el primero de los mates nocturnos.
Esta es la pregunta que se venía repitiendo en forma de eco interminable desde que la barra se enteró que mi prima Verónica había llegado a la ciudad de la furia.
Ya pasaron un par de días y se hizo costumbre los mates nocturnos mientras charlamos un poco de todo y de todo un poco.
Es muy divertida, canchera, en algunos aspectos media inocentona, pero sobre todo, y se le nota a la legua, muy buena piba.
Pero claro, acá estaban mis amigos esperando que la describiera físicamente, aprovechando que ella no estaba (había ido a visitar a Ana).
Y entonces, como era de esperarse, el que tomó la palabra fue Pablo, que se la había cruzado y tenía la data que los demás esperaban escuchar.
—Amigos, si no fuera el novio de la hermana de Gastón, quizás igual entrara en su familia, porque Verónica es muy linda.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Sergio.
—Treinta y dos… creo.
—¿Y hasta cuándo se queda? —preguntó Cris.
—Tiene que dar unas materias en la facultad. Esta semana le decían bien las fechas, las rinde, y se va.
—¿Dónde duerme? —preguntó Sebas.
—En la cama que hay debajo del sillón.
—Che, ¿Y Nadia qué dijo? —preguntó Pablo
—¿Sobre qué?
—Sobre la presencia de Verónica…
—Nada, ¿qué va a decir? Es mi prima...
A la tardecita, y una vez que los chicos se fueron, vino Nadia.
—¿Qué me querías decir? —preguntó todavía algo ofendida.
—Antes que nada te pido que me disculpes por lo del otro día. No sé qué me pasó. Me agarraste en un momento extraño.
—Está bien, amor. Igual te quiero.
—Sip, yo también, pero lo que te quería decir es que…
No terminé la frase porque el instinto de mujer la llevó a descubrir unos aritos apoyados sobre la mesa ratona.
—¿Y esto? —quiso saber exigiendo una respuesta inmediata.
—Bueno, justamente sobre eso te quería contar…
Y mi frase fue nuevamente interrumpida pero esta vez por la puerta que se abrió para permitirle la entrada a Verónica que saludó a Nadia con un beso y enseguida se dirigió a mí despreocupadamente para decirme:
—Quiero que esta noche me termines lo de ayer —dijo yéndose a la cocina a calentar la pava para unos mates.
Nadia me miró con ojos fulminantes y el portazo de su partida todavía creo escucharlo.
—¿Qué pasó? —quiso saber Vero al escuchar el golpe de la puerta.
—Se fue Nadia.
—¿Quién es Nadia?
—Alguien que no sabe que sos mi prima —dije mientras me sentaba y me disponía a terminar la anécdota que había quedado inconclusa, y aceptaba el primero de los mates nocturnos.
miércoles, 21 de octubre de 2009
147. llegando llegaste
Hoy me desocupé algo temprano, por lo que aproveché para pagar algunas cuentas y comprar un par de cosas que necesitaba.
Cuando estaba haciendo el camino de regreso, pasé por la puerta de una farmacia y dudé un instante en entrar a comprar un test de embarazo, pero la lluvia me empujó a seguir para casa.
Ya en el depto y a punto de matear un poco, aparece Nadia con claras intenciones de querer disfrutar de la lluvia ciudadana de manera sexualmente salvaje.
—¿Jugamos a algo? —me preguntó Nadia clavándome esa mirada que hace derretir a las piedras.
—¿A qué? —pregunté yo con mi extraña inocencia que algunas veces se hace presente.
—Bueno… Había pensado que quizás yo podría hacer de chica virgen y vos de sexópata degenerado.
—Ok, entiendo que me toca un papel para interpretar que va con mi personalidad, pero ¿por qué lo de la virginidad tuya?
—No sé… Para aprovechar que llegó Andrés.
—¿Qué Andrés?
—El que viene una vez al mes-
Debe ser el verso que inspiró a Arjona para su conocida canción menstrual, pero que en mi caso el efecto que causó fue el contrario, por lo que de manera amable y directa, le pedí a Nadia que me dejara solo y vuelva en cinco días.
No fue fácil su retirada y hasta la lluvia se había marchado antes que ella. Sin embargo, una vez que quedé solo en el depto (una vez más), sonó el timbre del portero eléctrico. Supuse que era Nadia que se había olvidado de algo.
—¿Qué pasó?
—Soy Verónica.
—¿Nadia?
—No, Verónica, tu prima.
—Ana, ¿sos vos?
—¡¡¡SOY TU PRIMA VERÓNICA!!!
—¿De verdad?
—Si me ayudás con los bolsos te vas a dar cuenta.
Sí, era ella y ahí estaba, algo confundida pero con una gran sonrisa y una enorme cantidad de bolsos.
Al entrar finalmente al depto y mientras le convidaba con unos mates, le pedí disculpas por el malentendido en el portero eléctrico sobre su identidad.
—Es que en realidad te esperaba la semana pasada.
—Era la idea, pero no podía venirme antes del día de la mad… ¿Vos dijiste que me estabas esperando? ¡Ay, qué lindo! —dijo y me cubrió en un abrazo muy dulce.
Y de pronto sentí como si…
No, no sentí nada…
Absolutamente nada…
Cuando estaba haciendo el camino de regreso, pasé por la puerta de una farmacia y dudé un instante en entrar a comprar un test de embarazo, pero la lluvia me empujó a seguir para casa.
Ya en el depto y a punto de matear un poco, aparece Nadia con claras intenciones de querer disfrutar de la lluvia ciudadana de manera sexualmente salvaje.
—¿Jugamos a algo? —me preguntó Nadia clavándome esa mirada que hace derretir a las piedras.
—¿A qué? —pregunté yo con mi extraña inocencia que algunas veces se hace presente.
—Bueno… Había pensado que quizás yo podría hacer de chica virgen y vos de sexópata degenerado.
—Ok, entiendo que me toca un papel para interpretar que va con mi personalidad, pero ¿por qué lo de la virginidad tuya?
—No sé… Para aprovechar que llegó Andrés.
—¿Qué Andrés?
—El que viene una vez al mes-
Debe ser el verso que inspiró a Arjona para su conocida canción menstrual, pero que en mi caso el efecto que causó fue el contrario, por lo que de manera amable y directa, le pedí a Nadia que me dejara solo y vuelva en cinco días.
No fue fácil su retirada y hasta la lluvia se había marchado antes que ella. Sin embargo, una vez que quedé solo en el depto (una vez más), sonó el timbre del portero eléctrico. Supuse que era Nadia que se había olvidado de algo.
—¿Qué pasó?
—Soy Verónica.
—¿Nadia?
—No, Verónica, tu prima.
—Ana, ¿sos vos?
—¡¡¡SOY TU PRIMA VERÓNICA!!!
—¿De verdad?
—Si me ayudás con los bolsos te vas a dar cuenta.
Sí, era ella y ahí estaba, algo confundida pero con una gran sonrisa y una enorme cantidad de bolsos.
Al entrar finalmente al depto y mientras le convidaba con unos mates, le pedí disculpas por el malentendido en el portero eléctrico sobre su identidad.
—Es que en realidad te esperaba la semana pasada.
—Era la idea, pero no podía venirme antes del día de la mad… ¿Vos dijiste que me estabas esperando? ¡Ay, qué lindo! —dijo y me cubrió en un abrazo muy dulce.
Y de pronto sentí como si…
No, no sentí nada…
Absolutamente nada…
domingo, 18 de octubre de 2009
146. family game
Ya es de público conocimiento que el seleccionado argentino va al Mundial del año que viene, que Maradona invitó a varios periodistas a una orgía oral, y demás escritos, comentarios, estudios literarios, y otras diversidades de incontinencias verbales de los últimos días.
Pero antes de todos estos hechos, el portero eléctrico avisaba de la presencia de mi “esperada” prima Verónica en la entrada del edificio.
Pablo bajó a abrirle la puerta y en el depto quedamos los hombres con cierta tensión en el estómago ante la visita anunciada e inesperada.
Al rato se escucha las puertas del ascensor y las risas de Pablo al entrar con… ¡mi sobrina Tami y mi hermana Ana!
—¿Y Verónica? —pregunté sorprendido representando a los demás presentes.
—Tonto, ¿en verdad no me reconociste? —repreguntó Ana comenzando a reír junto a su Pablo.
—Evidentemente es contagioso el humor —explicó Cris compartiendo la broma.
—Lo que va a ser contagioso es la patada en el culo a los dos —dije enojado.
—Tío, no digas esa palabra —me retó Tami, y haciendo que su presencia traiga paz al encuentro.
Por suerte el partido terminó con el ajustado triunfo de Argentina y la bravuconada maradoniana que nos hizo hacer bromas al respecto una vez que Pablo y Ana se fueron junto a Tami.
—Che, qué raro que tu prima no haya venido. ¿No iba a aparecer después del finde largo? —curioseó Sebas.
—Seguramente espere a que pase el Día de la Madre y aparezca esta semana —dije sin darle mucha importancia.
—¿Y Nadia? —preguntó ahora Pablo
—Está con su mamá en su día.
—¿Y por qué no fuiste?
(no hacía falta que contestara esa pregunta, ¿no?)
Hoy llamé a mi vieja y me llenó el celular de lágrimas.
Es de emocionarse fácil y como le sube la presión enseguida, le quité importancia al día hablando de lo comercial de la jornada.
—Bueno, muy comercial con vos no es ya que no recibí ningún regalo —me reprochó mi vieja.
(madre hay una sola… y justo me vino a tocar a mí, jejeje)
Por la tarde compré un portarretrato y se lo regalé a Ana con una foto que le saqué el día del partido con Tami.
Como hermana deja bastante que desear (aunque la quiero demasiado) pero como mamá…
(pucha, no encuentro la palabra exacta que defina lo tremendamente excepcional que es)
Volví a casa y mientras escuchaba el último disco de Fabiana Cantilo, apareció Nadia. Y con una sonrisa naturalmente exagerada haciendo juego con una alegría sorprendente me dijo:
—Tengo un atraso… ¿Mirá si soy mamá?
(por suerte se había puesto un poco fresca la noche y la puerta del balcón estaba cerrada)
Les deseo un feliz día a todas las mamis de cuerpo y alma, y a las de corazón cargados de latidos
Pero antes de todos estos hechos, el portero eléctrico avisaba de la presencia de mi “esperada” prima Verónica en la entrada del edificio.
Pablo bajó a abrirle la puerta y en el depto quedamos los hombres con cierta tensión en el estómago ante la visita anunciada e inesperada.
Al rato se escucha las puertas del ascensor y las risas de Pablo al entrar con… ¡mi sobrina Tami y mi hermana Ana!
—¿Y Verónica? —pregunté sorprendido representando a los demás presentes.
—Tonto, ¿en verdad no me reconociste? —repreguntó Ana comenzando a reír junto a su Pablo.
—Evidentemente es contagioso el humor —explicó Cris compartiendo la broma.
—Lo que va a ser contagioso es la patada en el culo a los dos —dije enojado.
—Tío, no digas esa palabra —me retó Tami, y haciendo que su presencia traiga paz al encuentro.
Por suerte el partido terminó con el ajustado triunfo de Argentina y la bravuconada maradoniana que nos hizo hacer bromas al respecto una vez que Pablo y Ana se fueron junto a Tami.
—Che, qué raro que tu prima no haya venido. ¿No iba a aparecer después del finde largo? —curioseó Sebas.
—Seguramente espere a que pase el Día de la Madre y aparezca esta semana —dije sin darle mucha importancia.
—¿Y Nadia? —preguntó ahora Pablo
—Está con su mamá en su día.
—¿Y por qué no fuiste?
(no hacía falta que contestara esa pregunta, ¿no?)
Hoy llamé a mi vieja y me llenó el celular de lágrimas.
Es de emocionarse fácil y como le sube la presión enseguida, le quité importancia al día hablando de lo comercial de la jornada.
—Bueno, muy comercial con vos no es ya que no recibí ningún regalo —me reprochó mi vieja.
(madre hay una sola… y justo me vino a tocar a mí, jejeje)
Por la tarde compré un portarretrato y se lo regalé a Ana con una foto que le saqué el día del partido con Tami.
Como hermana deja bastante que desear (aunque la quiero demasiado) pero como mamá…
(pucha, no encuentro la palabra exacta que defina lo tremendamente excepcional que es)
Volví a casa y mientras escuchaba el último disco de Fabiana Cantilo, apareció Nadia. Y con una sonrisa naturalmente exagerada haciendo juego con una alegría sorprendente me dijo:
—Tengo un atraso… ¿Mirá si soy mamá?
(por suerte se había puesto un poco fresca la noche y la puerta del balcón estaba cerrada)
Les deseo un feliz día a todas las mamis de cuerpo y alma, y a las de corazón cargados de latidos
miércoles, 14 de octubre de 2009
145. la previa
Aprovechando que algunas coordenadas planetarias nos permiten, por distintos motivos, estar libres de laburo, nos juntamos en casa para una picada informal y disfrutar-padecer del partido de esta noche contra Argentina.
La barra masculina a pleno, y haciendo tiempo nos vamos poniendo al día sobre distintos temas…
—¿Y? ¿Alguna minita en el viaje “de placer”? —pregunta Sebas mientras cortaba el pan para el salamín.
—No, no fui para eso —contesté mientras cortaba el salamín para el pan.
—Es obvio, ¿o no se acuerdan que está con Nadia? —acotó Cris con su acento oportuno.
—Sí, pero también parece que está con su familia —dijo Pablo comenzando a divertirse a costa mía.
—Che, ¿y qué tiene eso de malo? —preguntó Sergio devuelto a la realidad después de largo tiempo sin estar (y sin saber muy bien por qué).
—No tiene nada de malo, y por eso yo soy feliz con mi querida Ana.
—¿Vos conocés a mi vieja? —le pregunté, algo desconcertado, a Pablo.
—No, pero te conozco a vos que sos un loco sexópata, y ya con eso me alcanzó para entrar en la familia, jajajaja.
(últimamente tengo la certera impresión de que Pablo se olvida por completo de que Ana es mi hermana)
—No creo que Argentina hoy gane.
Todos miramos con cierto odio a Sebas después de su frase desafortunada.
—¿Cómo podés decir eso?
—Es obvio… No hay ningún jugador de Huracán.
—Entonces vamos a ganar porque hay de Vélez —dijo Cris sacando a relucir ser hincha del último campeón local.
—Igual, hoy todos por Argentina, eh? —propuso Sergio levantando su vaso y haciendo que todos brindemos con ganas y cierto cosquilleo en el estómago.
Estábamos disfrutando de estar juntos en un día futbolero tan especial como el de hoy, y por otra parte, con unos nervios tremendos, a causa del día futbolero tan especial como el de hoy.
Ya falta poco más de media hora para el partido.
Miramos las noticias previas al encuentro.
—¿Para qué hora pediste las pizzas? Ya veo que viene cuando comienza el partido —se quejó con fastidio Cris.
—Ya debe estar por venir… Me dijeron que a las…
Mi frase fue interrumpida por los tres timbres que sonaron del portero eléctrico.
—Ahí llegaron. Por quejoso tendrías que bajar vos a recibirlas —le dije mientras atendía el llamado— ¿Quién es?
—Verónica —contestaron del otro lado.
—¿Verónica? ¿Qué Verónica?
—Verónica… Tu prima Verónica
La barra masculina a pleno, y haciendo tiempo nos vamos poniendo al día sobre distintos temas…
—¿Y? ¿Alguna minita en el viaje “de placer”? —pregunta Sebas mientras cortaba el pan para el salamín.
—No, no fui para eso —contesté mientras cortaba el salamín para el pan.
—Es obvio, ¿o no se acuerdan que está con Nadia? —acotó Cris con su acento oportuno.
—Sí, pero también parece que está con su familia —dijo Pablo comenzando a divertirse a costa mía.
—Che, ¿y qué tiene eso de malo? —preguntó Sergio devuelto a la realidad después de largo tiempo sin estar (y sin saber muy bien por qué).
—No tiene nada de malo, y por eso yo soy feliz con mi querida Ana.
—¿Vos conocés a mi vieja? —le pregunté, algo desconcertado, a Pablo.
—No, pero te conozco a vos que sos un loco sexópata, y ya con eso me alcanzó para entrar en la familia, jajajaja.
(últimamente tengo la certera impresión de que Pablo se olvida por completo de que Ana es mi hermana)
—No creo que Argentina hoy gane.
Todos miramos con cierto odio a Sebas después de su frase desafortunada.
—¿Cómo podés decir eso?
—Es obvio… No hay ningún jugador de Huracán.
—Entonces vamos a ganar porque hay de Vélez —dijo Cris sacando a relucir ser hincha del último campeón local.
—Igual, hoy todos por Argentina, eh? —propuso Sergio levantando su vaso y haciendo que todos brindemos con ganas y cierto cosquilleo en el estómago.
Estábamos disfrutando de estar juntos en un día futbolero tan especial como el de hoy, y por otra parte, con unos nervios tremendos, a causa del día futbolero tan especial como el de hoy.
Ya falta poco más de media hora para el partido.
Miramos las noticias previas al encuentro.
—¿Para qué hora pediste las pizzas? Ya veo que viene cuando comienza el partido —se quejó con fastidio Cris.
—Ya debe estar por venir… Me dijeron que a las…
Mi frase fue interrumpida por los tres timbres que sonaron del portero eléctrico.
—Ahí llegaron. Por quejoso tendrías que bajar vos a recibirlas —le dije mientras atendía el llamado— ¿Quién es?
—Verónica —contestaron del otro lado.
—¿Verónica? ¿Qué Verónica?
—Verónica… Tu prima Verónica
sábado, 10 de octubre de 2009
144. la recta final
Son las cuatro de la mañana y no sé la causa de este insomnio.
Sobre todo teniendo en cuenta que a las cinco comenzaré a manejar como cada día, salvo que en esta ocasión en una dirección mucho más placentera.
Resulta que gracias al feriado (un feriado más en el que la fecha indica que no hay nada que festejar) de alguna u otra manera, todos van a tener un día más de descanso.
Sin embargo, la semana esta resultó excesiva y exageradamente larga, y los motivos son los siguientes:
Después del finde pasado con la “adorable” familia de Nadia, no tuve mejor idea que preguntarme cómo la había pasado. Y yo no tuve mejor idea que responderle con sinceridad. Ella dijo que no era para tanto, y yo le conteste que no era para menos.
—¿Y para qué fuiste?
—Porque te quise acompañar. Además vos me invitaste.
—Vos le dijiste a mi papá que eras mi novio.
—Menos mal. Mirá si le decía “Hola, soy Gastón, el que garcha con su hija”, en lugar de pedirme el carbón, me tiraba al carbón.
—¡Sos un exagerado! Con mis hermanas no tuviste ningún problema.
—Es verdad, no los tuve porque me ignoraron por completo.
—¿Y con mis cuñados?
—Cuando vieron mi viejo celular, perdí señal con ellos.
—¿Y mi mamá? Ella te trató bien.
—Sí, pero creo que fue porque le recordaba a tu ex. Por eso se pasó todo el día llamándome Germán.
—Ok. Nadie te trató bien y la pasaste para el culo.
—No, con tu perro Simba me divertí bastante. Claro que más de diez minutos tirando el palito ya es demasiado.
—¡Sos malo!
—No lo creo. Igual yo quiero estar con vos, no con todos ellos.
La discusión siguió. Por suerte en algún momento vino la reconciliación y los carbones seguían encendidos…
Después hubo problemas con Luís.
Quizás por el tumor que sigue ahí, quizás porque de alguna manera hay una sensación de vida más corta (aunque nadie sabe cuándo viene la señorita Parca a darte su beso), quizás porque se enojó con el mundo, quizás por un montón de etc.
El tema es que me hablaba con un tono que no es el indicado. Hubo un par de discusiones y palabras subidas de tono. Y algunos viajes en silencio tenso y con el culo en la cara.
A esto se le sumo la complicación del tránsito con sus cortes, piquetes, bocinas, autos desbordados, conductores suicidas, ceños fruncidos, y todo el colorido infernal de la ciudad nuestra de cada día.
A los chicos/as casi que no los vi, salvo a Sebas que cruzamos dos palabras en el ascensor y medio a las apuradas.
Y creo que octubre, con su fin de año ya por llegar, me puede encontrar un poco cansado por el ritmo del año, por lo que tomé la sana decisión de irme para el lado de mis viejos. A exactos 300 km de donde estoy. A disfrutar del aire puro, de un poco de naturaleza viva y vida al natural. A cargar las pilas para terminar bien lo que resta de este loco 2009.
Lo extraño es que ya pasaron unos minutos de las cuatro de la mañana y quiero a las cinco salir con el rumbo indicado.
Todavía me falta tirar algo dentro del bolso, elegir la música para el viaje, dejar el celular guardado en un cajón, y listo.
Me voy… pero para volver.
Sobre todo teniendo en cuenta que la semana que viene llega mi prima Vero.
(tengo la sensación de que va a ser mejor que aproveche estos días para descansar…)
Sobre todo teniendo en cuenta que a las cinco comenzaré a manejar como cada día, salvo que en esta ocasión en una dirección mucho más placentera.
Resulta que gracias al feriado (un feriado más en el que la fecha indica que no hay nada que festejar) de alguna u otra manera, todos van a tener un día más de descanso.
Sin embargo, la semana esta resultó excesiva y exageradamente larga, y los motivos son los siguientes:
Después del finde pasado con la “adorable” familia de Nadia, no tuve mejor idea que preguntarme cómo la había pasado. Y yo no tuve mejor idea que responderle con sinceridad. Ella dijo que no era para tanto, y yo le conteste que no era para menos.
—¿Y para qué fuiste?
—Porque te quise acompañar. Además vos me invitaste.
—Vos le dijiste a mi papá que eras mi novio.
—Menos mal. Mirá si le decía “Hola, soy Gastón, el que garcha con su hija”, en lugar de pedirme el carbón, me tiraba al carbón.
—¡Sos un exagerado! Con mis hermanas no tuviste ningún problema.
—Es verdad, no los tuve porque me ignoraron por completo.
—¿Y con mis cuñados?
—Cuando vieron mi viejo celular, perdí señal con ellos.
—¿Y mi mamá? Ella te trató bien.
—Sí, pero creo que fue porque le recordaba a tu ex. Por eso se pasó todo el día llamándome Germán.
—Ok. Nadie te trató bien y la pasaste para el culo.
—No, con tu perro Simba me divertí bastante. Claro que más de diez minutos tirando el palito ya es demasiado.
—¡Sos malo!
—No lo creo. Igual yo quiero estar con vos, no con todos ellos.
La discusión siguió. Por suerte en algún momento vino la reconciliación y los carbones seguían encendidos…
Después hubo problemas con Luís.
Quizás por el tumor que sigue ahí, quizás porque de alguna manera hay una sensación de vida más corta (aunque nadie sabe cuándo viene la señorita Parca a darte su beso), quizás porque se enojó con el mundo, quizás por un montón de etc.
El tema es que me hablaba con un tono que no es el indicado. Hubo un par de discusiones y palabras subidas de tono. Y algunos viajes en silencio tenso y con el culo en la cara.
A esto se le sumo la complicación del tránsito con sus cortes, piquetes, bocinas, autos desbordados, conductores suicidas, ceños fruncidos, y todo el colorido infernal de la ciudad nuestra de cada día.
A los chicos/as casi que no los vi, salvo a Sebas que cruzamos dos palabras en el ascensor y medio a las apuradas.
Y creo que octubre, con su fin de año ya por llegar, me puede encontrar un poco cansado por el ritmo del año, por lo que tomé la sana decisión de irme para el lado de mis viejos. A exactos 300 km de donde estoy. A disfrutar del aire puro, de un poco de naturaleza viva y vida al natural. A cargar las pilas para terminar bien lo que resta de este loco 2009.
Lo extraño es que ya pasaron unos minutos de las cuatro de la mañana y quiero a las cinco salir con el rumbo indicado.
Todavía me falta tirar algo dentro del bolso, elegir la música para el viaje, dejar el celular guardado en un cajón, y listo.
Me voy… pero para volver.
Sobre todo teniendo en cuenta que la semana que viene llega mi prima Vero.
(tengo la sensación de que va a ser mejor que aproveche estos días para descansar…)
lunes, 5 de octubre de 2009
143. mi familia es un dibujo
Con Nadia anda todo más que bien. En la semana salimos a dar una vuelta por la ciudad y generalmente se queda en casa a dormir.
(bue, dormir es una forma de decir)
Puedo asegurar que nos sentimos cómodos y a gusto estando juntos. Me encanta hacerla reír, y que podamos disfrutar de cosas tan simples de la vida cotidiana. Y creo que eso fue lo que la llevó a hacerme la propuesta indecente el sábado después de mirar una película por la mitad.
—Gastón, mañana domingo quiero que vengas a la quinta que tengo en Ezeiza.
—Buenísimo. Sí, claro que voy. No sabía que tenías una quinta allá.
—Sí, casi siempre voy para allá con mi familia.
—Ah… —exclamé presintiendo algo extraño—, ¿y mañana no van ellos?
—Sí, claro que van, por eso es que me va a encantar que mañana te conozcan y vos a ellos.
Nadia es inteligente, y lo demostró sabiendo (o imaginando) que si me decía de ir a pasar el domingo junto a su familia, una buena excusa le iba a dar como respuesta, pero armó todo como para que yo aceptara y después me enterase del programa familiar.
Domingo de sol. Me desperté sin varicela. No había piquetes. Y tampoco me habían secuestrado seres extraterrestres. Cargamos unas pocas cosas en el auto y salimos con la dirección imprecisa.
La autopista logró que lleguemos al lugar mucho antes de lo que yo quería. Pero bue, ya estaba ahí y había que pasarla lo mejor posible.
Me sorprendió al llegar ver varias chicas.
—Son mis hermanas.
Si de algo no tenía ganas era de una gran mesa familiar, y ahí estaban sus cuatro hermanas, sus tres cuñados, sus cuatro sobrinos, sus padres. Y un perro enorme que no dejaba de ladrarme y después de meter su nariz entre mis bolas.
—Vos debés ser Gastón, ¿no? —me dijo su señora madre mientras me miraba y saludaba con demasiado cariño.
Sus hermanas me saludaron con escaso cariño, y sus respectivos maridos-novios, con un apretón de manos demasiado fuerte para mis huesos.
El papá estaba junto a la parrilla. Me acerqué tímidamente a él y al verme dijo:
—Alcanzame más carbón.
Le di la bolsa y él se encargó de esparcirlo sobre el fuego que se alzaba con sus llamas ardorosas.
—Ejem… Hola, soy Gastón… el novio de Nadia.
—Ah, hola…
Menos mal que hacía calor porque la frialdad de su mirada hubiese competido con la de un esquimal.
Tímidamente saqué el celular y miré la hora… Recién habían pasado doce minutos de las once de la mañana.
—Y hasta las dos o tres de la tarde no comemos —me advirtió Nadia—. Por lo que te pido que te relajes y pases este primer momento de conocimiento mutuo entre mi familia y vos.
—¿Tengo que dar algún examen?
—No tontis, solamente quiero que te conozcan. Soy yo la que elige con quien quiero estar… pero no deja de ser importante que ellos también te conozcan.
—Te hubiese dado alguna foto...
Mientras hablábamos, nos fuimos acercando donde sus hermanas tomaban sol y sus parejas... no.
Ellas parecían vivir en otro mundo, y ellos… no se quedaban muy cerca.
Cada uno conectado con sus celulares-notebooks-lapcop y demás antenas satelitales, no se percataron de mi existencia.
Fui a dar una vuelta por el enorme lugar y me encontré nuevamente con el perro que, esta vez, ni me ladraba ni me olfateaba, simplemente me invitaba a jugar arrojándole una pelota que traía entre su babosa boca.
Mientras lanzaba su redondo juguete y él lo traía a mis manos, sentí que por fin estaba con alguien más humano, por más peludo y ladrador que fuera.
(bue, dormir es una forma de decir)
Puedo asegurar que nos sentimos cómodos y a gusto estando juntos. Me encanta hacerla reír, y que podamos disfrutar de cosas tan simples de la vida cotidiana. Y creo que eso fue lo que la llevó a hacerme la propuesta indecente el sábado después de mirar una película por la mitad.
—Gastón, mañana domingo quiero que vengas a la quinta que tengo en Ezeiza.
—Buenísimo. Sí, claro que voy. No sabía que tenías una quinta allá.
—Sí, casi siempre voy para allá con mi familia.
—Ah… —exclamé presintiendo algo extraño—, ¿y mañana no van ellos?
—Sí, claro que van, por eso es que me va a encantar que mañana te conozcan y vos a ellos.
Nadia es inteligente, y lo demostró sabiendo (o imaginando) que si me decía de ir a pasar el domingo junto a su familia, una buena excusa le iba a dar como respuesta, pero armó todo como para que yo aceptara y después me enterase del programa familiar.
Domingo de sol. Me desperté sin varicela. No había piquetes. Y tampoco me habían secuestrado seres extraterrestres. Cargamos unas pocas cosas en el auto y salimos con la dirección imprecisa.
La autopista logró que lleguemos al lugar mucho antes de lo que yo quería. Pero bue, ya estaba ahí y había que pasarla lo mejor posible.
Me sorprendió al llegar ver varias chicas.
—Son mis hermanas.
Si de algo no tenía ganas era de una gran mesa familiar, y ahí estaban sus cuatro hermanas, sus tres cuñados, sus cuatro sobrinos, sus padres. Y un perro enorme que no dejaba de ladrarme y después de meter su nariz entre mis bolas.
—Vos debés ser Gastón, ¿no? —me dijo su señora madre mientras me miraba y saludaba con demasiado cariño.
Sus hermanas me saludaron con escaso cariño, y sus respectivos maridos-novios, con un apretón de manos demasiado fuerte para mis huesos.
El papá estaba junto a la parrilla. Me acerqué tímidamente a él y al verme dijo:
—Alcanzame más carbón.
Le di la bolsa y él se encargó de esparcirlo sobre el fuego que se alzaba con sus llamas ardorosas.
—Ejem… Hola, soy Gastón… el novio de Nadia.
—Ah, hola…
Menos mal que hacía calor porque la frialdad de su mirada hubiese competido con la de un esquimal.
Tímidamente saqué el celular y miré la hora… Recién habían pasado doce minutos de las once de la mañana.
—Y hasta las dos o tres de la tarde no comemos —me advirtió Nadia—. Por lo que te pido que te relajes y pases este primer momento de conocimiento mutuo entre mi familia y vos.
—¿Tengo que dar algún examen?
—No tontis, solamente quiero que te conozcan. Soy yo la que elige con quien quiero estar… pero no deja de ser importante que ellos también te conozcan.
—Te hubiese dado alguna foto...
Mientras hablábamos, nos fuimos acercando donde sus hermanas tomaban sol y sus parejas... no.
Ellas parecían vivir en otro mundo, y ellos… no se quedaban muy cerca.
Cada uno conectado con sus celulares-notebooks-lapcop y demás antenas satelitales, no se percataron de mi existencia.
Fui a dar una vuelta por el enorme lugar y me encontré nuevamente con el perro que, esta vez, ni me ladraba ni me olfateaba, simplemente me invitaba a jugar arrojándole una pelota que traía entre su babosa boca.
Mientras lanzaba su redondo juguete y él lo traía a mis manos, sentí que por fin estaba con alguien más humano, por más peludo y ladrador que fuera.
lunes, 28 de septiembre de 2009
142. tirados en el pasto
Sábado por la tarde. Tomando sol en una plaza junto a Pablo y a Sebas, mientras Ana está con Tami en la calesita.
—El domingo podemos enfilar para Luján a comer un asadito, o quizás al Tigre para comer un asadito, o a lo de Sergio a comer un asadito.
—Parece que hace mucho que no comés “carne”, ¿no? —dijo con ironía Pablo ante la insistencia carnívora de Sebas.
—Vos porque…
—¡Momento! Acordate que Pablo anda con mi hermana, por lo que no es prudente que le contestes nada delante mío —acerté a cortarle la frase a Sebas—. Y por otra parte, les aviso que mañana va a llover.
—Es imposible.
—Sin embargo va a llover.
—Si llueve hago el asado igual. Ya lo estoy llamando a Sergio para que prepare todo para mañana —se apuró en organizar Sebas.
—Ok, preparen todo y me avisan.
—¿Te vas?
—Dentro de un rato. Va a venir a casa Nadia y quiero comprar antes algunas cosas.
—Está todo bien, ¿no? —me preguntó Pablo.
—Por ahora…
—¿Alguien sabe algo de Cris?
—Anda preparando unos exámenes de inglés, según me dijo.
—¿Quieren la posta? Se está moviendo a Daniela —dijo sorpresivamente Sebas.
—¿Quién es? —preguntamos en estereo Pablo y yo.
—Daniela, la de los ojos saltones. Esa que estaba en la fiesta del barco.
—Ah, sí, me acuerdo, pero… ¿Vos no habías estado con ella? —pregunté sorprendido.
—Claro, en el barco.
—¿Y cómo sabés que ahora Cris…?
—Porque el otro día estábamos chateando y me contó que andaba con alguien y me mandó una foto de ella y la reconocí al toque.
—¿Y le dijiste?
—No, ¿para qué? Lo mío con ella fue un par de veces y nada más. Además, ¿no te acordás porqué dejé de verla?
—No.
—Porque… ¡¡¡Explotaba hacia afuera!!!
(?)
—Si fuera millonario igual sería amigo de ustedes.
—Si vos fueras millonario nosotros también seríamos tu amigo.
—¿No sabés si Ana encontró alguna foto de Verónica?
—¿De tu prima? No, era mentira. No tiene ninguna foto —me avisó Pablo.
—La vas a concer cuando venga a instalarse a tu casa —dijo Sebas.
—¿Y si es muy fea? —preguntó Pablo.
—¿Qué tiene que ver? Es mi prima, nene —contesté.
—¿Y si es muy linda? —repreguntó Pablo.
No contesté.
—¿Dónde estábamos hace un año?
—Yo por irme a un casamiento —contestó Sebas.
—Yo no me acuerdo —dijo Pablo.
—Yo con Fernanda —contesté.
—Evidentemente el que mejor estaba era yo —afirmó Pablo.
—¿Pero si acabás de decir que no te acordás?
—Por eso.
Sábado por la tarde. El sol comenzaba a irse, y nosotros seguíamos divagando tirados en el pasto.
—El domingo podemos enfilar para Luján a comer un asadito, o quizás al Tigre para comer un asadito, o a lo de Sergio a comer un asadito.
—Parece que hace mucho que no comés “carne”, ¿no? —dijo con ironía Pablo ante la insistencia carnívora de Sebas.
—Vos porque…
—¡Momento! Acordate que Pablo anda con mi hermana, por lo que no es prudente que le contestes nada delante mío —acerté a cortarle la frase a Sebas—. Y por otra parte, les aviso que mañana va a llover.
—Es imposible.
—Sin embargo va a llover.
—Si llueve hago el asado igual. Ya lo estoy llamando a Sergio para que prepare todo para mañana —se apuró en organizar Sebas.
—Ok, preparen todo y me avisan.
—¿Te vas?
—Dentro de un rato. Va a venir a casa Nadia y quiero comprar antes algunas cosas.
—Está todo bien, ¿no? —me preguntó Pablo.
—Por ahora…
—¿Alguien sabe algo de Cris?
—Anda preparando unos exámenes de inglés, según me dijo.
—¿Quieren la posta? Se está moviendo a Daniela —dijo sorpresivamente Sebas.
—¿Quién es? —preguntamos en estereo Pablo y yo.
—Daniela, la de los ojos saltones. Esa que estaba en la fiesta del barco.
—Ah, sí, me acuerdo, pero… ¿Vos no habías estado con ella? —pregunté sorprendido.
—Claro, en el barco.
—¿Y cómo sabés que ahora Cris…?
—Porque el otro día estábamos chateando y me contó que andaba con alguien y me mandó una foto de ella y la reconocí al toque.
—¿Y le dijiste?
—No, ¿para qué? Lo mío con ella fue un par de veces y nada más. Además, ¿no te acordás porqué dejé de verla?
—No.
—Porque… ¡¡¡Explotaba hacia afuera!!!
(?)
—Si fuera millonario igual sería amigo de ustedes.
—Si vos fueras millonario nosotros también seríamos tu amigo.
—¿No sabés si Ana encontró alguna foto de Verónica?
—¿De tu prima? No, era mentira. No tiene ninguna foto —me avisó Pablo.
—La vas a concer cuando venga a instalarse a tu casa —dijo Sebas.
—¿Y si es muy fea? —preguntó Pablo.
—¿Qué tiene que ver? Es mi prima, nene —contesté.
—¿Y si es muy linda? —repreguntó Pablo.
No contesté.
—¿Dónde estábamos hace un año?
—Yo por irme a un casamiento —contestó Sebas.
—Yo no me acuerdo —dijo Pablo.
—Yo con Fernanda —contesté.
—Evidentemente el que mejor estaba era yo —afirmó Pablo.
—¿Pero si acabás de decir que no te acordás?
—Por eso.
Sábado por la tarde. El sol comenzaba a irse, y nosotros seguíamos divagando tirados en el pasto.
viernes, 25 de septiembre de 2009
141. el que ríe último...
—Jajajajajaja…
—Dejate de joder, che. No es gracioso —le dije a Sebas que no dejaba de reírse.
—¿Y qué querés que haga? Es muy loco que tu vieja te meta a una prima que no conocés en tu casa.
—Es que me agarró desprevenido.
—Sí, como lo hizo Sandra con lo del casamiento.
—¿Qué tiene que ver eso? Mejor prepará algo para tomar mientras busco unas fotos.
Ok, mi prima Verónica me resultaba una desconocida, pero no dejaba de ser mi prima.
De todas maneras quería tener una mínima noción de cómo podía ser ella, por lo que tuve la brillante idea de buscar en un cajón de fotos viejas, por si aparecía evidencia de aquel famoso casamiento en que bailamos juntos.
No encontré nada sobre el tema, pero sí fotos de cuando era chico y no me metía en tantos problemas. Y si los había… tenían mi altura.
—Mirá —dijo de pronto Sebas revolviendo entre las demás fotos—, acá estamos cuando fuimos todos juntos a Sánber aquel verano.
—Tendríamos que repetirlo... —exclamé mi pensamiento en voz alta, sabiendo que ya existían algunas ideas al respecto.
Continuamos mirando las fotos que iban apareciendo y recordando la historia de cada una, sin embargo yo quería encontrar a Verónica.
—¿Y tu hermana?
—Debe estar en la casa —contesté de manera automática a la pregunta familiar de Sebas.
—No, tonto, digo si tu hermana no tendrá alguna foto de tu prima.
Agarro el celu y la llamo a Ana.
—Nena, ¿cómo estás? Necesito un favor
—¿Cuánto precisás?
—No, no es dinero… Escuchame, ¿vos te acordás de la prima Verónica?
—¿Quién?
—Verónica, que vive en Mendoza… La hija de la tía Graciela.
—¿Quién?
—Graciela, la prima de mamá. A mamá la conocés, ¿no?
—No sé quién es Verón… Ahhh, creo recordar algo…
—¿Te acordás de ella? ¿De Verónica?
—No, pero me acuerdo que mamá me llamó para contarme algo de ella y yo le dije que vos no tendrías problema en hospedarla por algún tiempo.
—¿Vos le dijiste eso? ¿Vos le diste la idea a mamá? ¿Vos estás loca?
—Bueno, es nuestra prima —contestó Ana con su maldad de hermana.
—¿Y por qué no le dijiste que se quede ahí con vos?
—Che, acá en casa creo que tengo alguna foto de ella. ¿Querés venir a verla?
—No, lo dejamos para otro día porque si voy ahora te doy una patada en el culo.
—Jajajajajaja…
—De verdad, che. No es para que te rías así —le dije a Sebas que nuevamente se había tentado de la risa.
—Pero es que no se puede creer.
—Y bue… Ahora ya está. Además es nada más que por un par de días. No va a haber ningún problema
La risa de Sebas, después de escuchar esto último, ya fue imposible de detener.
—Dejate de joder, che. No es gracioso —le dije a Sebas que no dejaba de reírse.
—¿Y qué querés que haga? Es muy loco que tu vieja te meta a una prima que no conocés en tu casa.
—Es que me agarró desprevenido.
—Sí, como lo hizo Sandra con lo del casamiento.
—¿Qué tiene que ver eso? Mejor prepará algo para tomar mientras busco unas fotos.
Ok, mi prima Verónica me resultaba una desconocida, pero no dejaba de ser mi prima.
De todas maneras quería tener una mínima noción de cómo podía ser ella, por lo que tuve la brillante idea de buscar en un cajón de fotos viejas, por si aparecía evidencia de aquel famoso casamiento en que bailamos juntos.
No encontré nada sobre el tema, pero sí fotos de cuando era chico y no me metía en tantos problemas. Y si los había… tenían mi altura.
—Mirá —dijo de pronto Sebas revolviendo entre las demás fotos—, acá estamos cuando fuimos todos juntos a Sánber aquel verano.
—Tendríamos que repetirlo... —exclamé mi pensamiento en voz alta, sabiendo que ya existían algunas ideas al respecto.
Continuamos mirando las fotos que iban apareciendo y recordando la historia de cada una, sin embargo yo quería encontrar a Verónica.
—¿Y tu hermana?
—Debe estar en la casa —contesté de manera automática a la pregunta familiar de Sebas.
—No, tonto, digo si tu hermana no tendrá alguna foto de tu prima.
Agarro el celu y la llamo a Ana.
—Nena, ¿cómo estás? Necesito un favor
—¿Cuánto precisás?
—No, no es dinero… Escuchame, ¿vos te acordás de la prima Verónica?
—¿Quién?
—Verónica, que vive en Mendoza… La hija de la tía Graciela.
—¿Quién?
—Graciela, la prima de mamá. A mamá la conocés, ¿no?
—No sé quién es Verón… Ahhh, creo recordar algo…
—¿Te acordás de ella? ¿De Verónica?
—No, pero me acuerdo que mamá me llamó para contarme algo de ella y yo le dije que vos no tendrías problema en hospedarla por algún tiempo.
—¿Vos le dijiste eso? ¿Vos le diste la idea a mamá? ¿Vos estás loca?
—Bueno, es nuestra prima —contestó Ana con su maldad de hermana.
—¿Y por qué no le dijiste que se quede ahí con vos?
—Che, acá en casa creo que tengo alguna foto de ella. ¿Querés venir a verla?
—No, lo dejamos para otro día porque si voy ahora te doy una patada en el culo.
—Jajajajajaja…
—De verdad, che. No es para que te rías así —le dije a Sebas que nuevamente se había tentado de la risa.
—Pero es que no se puede creer.
—Y bue… Ahora ya está. Además es nada más que por un par de días. No va a haber ningún problema
La risa de Sebas, después de escuchar esto último, ya fue imposible de detener.
lunes, 21 de septiembre de 2009
140. mi prima vero
—Hola hijo, ¿cómo estás?
Recibir el llamado de mi vieja preguntándome simplemente cómo me encuentro no me convence demasiado, por lo que espero que la charla continúe hasta que confiese la verdadera razón de su llamado.
No pasó demasiado hasta que mamá fue al tema que le interesaba y que no era otro que el auténtico motivo de su llamado…
—Hijito, ¿vos te acordás de la tía Graciela?
—No, ¿se murió?
—Ay, no hijo… Gracias a Dios se encuentra muy bien. Pero, ¿de verdad no te acordás de ella?
—Te juro mamá que no sé quién es.
—Es mi prima, la que vive en Mendoza. La viste en el casamiento de Rodolfo.
—¿De quién?
—Rodolfo, el hijo del hermano de tu papá.
—Ah, sí, a mi papá lo conozco.
—¿Y de Verónica no te acordás?
—¿Por qué debería de acordarme de esa tal Verónica?
—Porque te la pasate bailando con ella.
—¿Bailando con ella? ¿Dónde?
—¡En el casamiento de Rodolfo!
La conversación era de locos, pero por alguna cuerda razón estaba mi mamá pretendiendo que recordara a todos ellos. Intenté ponerle onda a todo este despiole familiar…
—Mamá, me encantaría poder recordar ese baile casamentero, pero sabés que mi memoria es un tanto frágil. ¿Cuándo se casó este Rodolfo?
—Y… dejame pensar…
Por suerte la llamada desde larga distancia la estaba haciendo ella, porque se tomó sus buenos eternos segundos para pensar.
—Ella tendría unos 9 ó 10 años, y vos 12.
—Pero mamá, tengo 34 años. ¿Pasaron 22 años y vos querés que me acuerde del casamiento ese?
—No, del casamiento no, pero sí de tu prima.
—¿Quién es mi prima?
—Verónica.
Si estaba tan centrada en que tenga presente a mi prima, es porque algo sucedió. Y como se trata de una prima tan lejana que ni sabía de su existencia, le hice la pregunta directamente…
—¿Se murió?
—No hijo, todo lo contrario.
(todo lo contrario a “se murió” debe ser que “resucitó”, pero no quería meterme en una conversación filosófica-literaria con mamá)
—¿Y entonces…? —pregunté ya cansado de tantas vueltas y sin poder entender y/o imaginar porqué mamá me llamaba hoy lunes primaveral para hacerme recordar a una persona con la que parece que bailé durante el casamiento de Rodolfo, que es el hijo del hermano de mi papá. Y mi papá es quién se casó (y divorció) de mi mamá, que es prima de Graciela, la madre de Verónica que es con quien bailé durante el casamiento de… Rodolfo (?)
—Hijito de mi alma, el tema es el siguiente —dijo mamá, y mientras yo respiraba profundamente intentando que este lunes primaveral sea una excepción a mis lunes de siempre—. Verónica está estudiando en una facultad de allá en Mendoza, pero por algo que me explicó mi prima y que ahora no me acuerdo, tiene que ir a Buenos Aires a dar unas materias que debe, o algo por el estilo.
—OK, espero que le vaya muy bien, mamá, pero ¿me podés decir qué tengo que ver yo en todo esto?
—Que le dije que no había problema en que se quedara unos días ahí en tu casa, así no gastaba en hospedaje.
—¿QUÉ?
—Además pensá que no conoce Buenos Aires y es peligroso para que ande sola por ahí.
—Pero mamá, ella tiene casi mi edad, ya es grande.
—Sí, ¡pero también es tu prima!
Claro, mi prima Vero.
Recibir el llamado de mi vieja preguntándome simplemente cómo me encuentro no me convence demasiado, por lo que espero que la charla continúe hasta que confiese la verdadera razón de su llamado.
No pasó demasiado hasta que mamá fue al tema que le interesaba y que no era otro que el auténtico motivo de su llamado…
—Hijito, ¿vos te acordás de la tía Graciela?
—No, ¿se murió?
—Ay, no hijo… Gracias a Dios se encuentra muy bien. Pero, ¿de verdad no te acordás de ella?
—Te juro mamá que no sé quién es.
—Es mi prima, la que vive en Mendoza. La viste en el casamiento de Rodolfo.
—¿De quién?
—Rodolfo, el hijo del hermano de tu papá.
—Ah, sí, a mi papá lo conozco.
—¿Y de Verónica no te acordás?
—¿Por qué debería de acordarme de esa tal Verónica?
—Porque te la pasate bailando con ella.
—¿Bailando con ella? ¿Dónde?
—¡En el casamiento de Rodolfo!
La conversación era de locos, pero por alguna cuerda razón estaba mi mamá pretendiendo que recordara a todos ellos. Intenté ponerle onda a todo este despiole familiar…
—Mamá, me encantaría poder recordar ese baile casamentero, pero sabés que mi memoria es un tanto frágil. ¿Cuándo se casó este Rodolfo?
—Y… dejame pensar…
Por suerte la llamada desde larga distancia la estaba haciendo ella, porque se tomó sus buenos eternos segundos para pensar.
—Ella tendría unos 9 ó 10 años, y vos 12.
—Pero mamá, tengo 34 años. ¿Pasaron 22 años y vos querés que me acuerde del casamiento ese?
—No, del casamiento no, pero sí de tu prima.
—¿Quién es mi prima?
—Verónica.
Si estaba tan centrada en que tenga presente a mi prima, es porque algo sucedió. Y como se trata de una prima tan lejana que ni sabía de su existencia, le hice la pregunta directamente…
—¿Se murió?
—No hijo, todo lo contrario.
(todo lo contrario a “se murió” debe ser que “resucitó”, pero no quería meterme en una conversación filosófica-literaria con mamá)
—¿Y entonces…? —pregunté ya cansado de tantas vueltas y sin poder entender y/o imaginar porqué mamá me llamaba hoy lunes primaveral para hacerme recordar a una persona con la que parece que bailé durante el casamiento de Rodolfo, que es el hijo del hermano de mi papá. Y mi papá es quién se casó (y divorció) de mi mamá, que es prima de Graciela, la madre de Verónica que es con quien bailé durante el casamiento de… Rodolfo (?)
—Hijito de mi alma, el tema es el siguiente —dijo mamá, y mientras yo respiraba profundamente intentando que este lunes primaveral sea una excepción a mis lunes de siempre—. Verónica está estudiando en una facultad de allá en Mendoza, pero por algo que me explicó mi prima y que ahora no me acuerdo, tiene que ir a Buenos Aires a dar unas materias que debe, o algo por el estilo.
—OK, espero que le vaya muy bien, mamá, pero ¿me podés decir qué tengo que ver yo en todo esto?
—Que le dije que no había problema en que se quedara unos días ahí en tu casa, así no gastaba en hospedaje.
—¿QUÉ?
—Además pensá que no conoce Buenos Aires y es peligroso para que ande sola por ahí.
—Pero mamá, ella tiene casi mi edad, ya es grande.
—Sí, ¡pero también es tu prima!
Claro, mi prima Vero.
viernes, 18 de septiembre de 2009
139. lluvias interiores
La semana pasó como siempre pero algo distinto sucedió.
Cuando estaba comenzando a disfrutar del sol y la remera, llegó la tormenta que anuncia la llegada de la calma, y con ella… Nadia.
Ayer jueves la ciudad empapada de millones de gotas y otras cantidades inexactas de corazones rotos y almas acompañadas.
Por alguna extraña razón (sin razón) la camioneta y Luis decidieron descansar, por lo que me tomé el día libre. Enseguida le avisé a Nadia por si quería pasar más tarde por casa.
—Una amiga me debe unos días, por lo que puedo arreglar y me voy ya mismo para allá.
No tenía nada preparado para la ocasión, y cuando llegó con su piloto todo mojado y sus ojos infernales, me di cuenta que no hacía falta nada más.
La tarde oscura la pasamos conversando de cientos de cosas, entre tazas de café (con crema para mí) y Dylan sonando de fondo.
¿Hay algo mejor que pasar toda una tarde eterna y sentirse tan bien?
La respuesta llegaría entrada la noche y la misma lluvia…
Era la hora exacta en que las almas se van a dar una vuelta por ahí y los cuerpos quedan jugando por acá. Te estaba haciendo unos masajes que te gustaban, te hacían bien y encendía las velas interiores. Me detuve cuando te diste vuelta, clavaste tu mirada en la mía, me dijiste gracias, sonreíste, y me abrazaste. Otra vez tu mirada clavada, pero esta vez tu sonrisa la cambiaste por un beso, un beso delicioso, labios sobre labios, besos deliciosos que son la única forma que tenemos de besarnos. Otra vez tus labios unidos a los míos. Tus labios entreabiertos para dejarme pasar. Nuestras bocas humedecidas jugando al juego que más le gustan y que mejor le quedan. Las manos que también quieren participar y me recorren la espalda y te recorren la nuca, y se tocan y se encuentran y se reencuentran y se apretan con fuerza y se invitan a pasear hasta llevarnos a través de nubes y dejarnos aterrizar sobre la cama. Y los besos continúan mientras vas desabrochando cada uno de los botones de mi camisa y yo te voy quitando la remera de la tentación que vuela hasta aterrizar en el camino donde descansa el resto de la ropa. Y los besos que van de un lugar a otro, y las manos que bailan acompañando nuestro baile, y mis labios besando otros labios, y tus labios recorriendo el árbol de la vida, y mi respiración agitada haciéndote cosquillas eternas, y la mirada que lo dice todo sin decir nada, y tus gemidos que me dan la bienvenida mientras yo me dejo caer al vacío que lo es todo.
Y los cuerpos de nuestras almas que se convierten en unidad en este ir y venir, y la unión y la desunión que nos vuelve a unir, y el movimiento de nuestro amor como el de un barco en alta mar, como el de un barrilete por los aires de Buenos Aires, como el de una mariposa en plena primavera, como el de nosotros dos haciendo el amor.
Y mi boca que se clava en tu cuello mientras tus dedos dibujan líneas sobre mi espalda. Y los dos pares de piernas que se tensionan hasta terminar abrazadas como dos anacondas pasionales. Y nuestra mejor imagen encontrándose una vez más por los distintos puntos cardinales, pero sobre todo en la fortaleza y debilidad del sur...
Y el grito que anuncia el final, y el temblor de los cuerpos mostrando que siguen vivos, y la fuente que desborda, y las gotas de amor que nos tocan, y tu mirada nuevamente clavada en la mía, ahora con más brillo, ahora con más vida.
Por la ventana la lluvia sigue cayendo sobre la ciudad dormida y nosotros tan despiertos… mojados y felices.
Cuando estaba comenzando a disfrutar del sol y la remera, llegó la tormenta que anuncia la llegada de la calma, y con ella… Nadia.
Ayer jueves la ciudad empapada de millones de gotas y otras cantidades inexactas de corazones rotos y almas acompañadas.
Por alguna extraña razón (sin razón) la camioneta y Luis decidieron descansar, por lo que me tomé el día libre. Enseguida le avisé a Nadia por si quería pasar más tarde por casa.
—Una amiga me debe unos días, por lo que puedo arreglar y me voy ya mismo para allá.
No tenía nada preparado para la ocasión, y cuando llegó con su piloto todo mojado y sus ojos infernales, me di cuenta que no hacía falta nada más.
La tarde oscura la pasamos conversando de cientos de cosas, entre tazas de café (con crema para mí) y Dylan sonando de fondo.
¿Hay algo mejor que pasar toda una tarde eterna y sentirse tan bien?
La respuesta llegaría entrada la noche y la misma lluvia…
Era la hora exacta en que las almas se van a dar una vuelta por ahí y los cuerpos quedan jugando por acá. Te estaba haciendo unos masajes que te gustaban, te hacían bien y encendía las velas interiores. Me detuve cuando te diste vuelta, clavaste tu mirada en la mía, me dijiste gracias, sonreíste, y me abrazaste. Otra vez tu mirada clavada, pero esta vez tu sonrisa la cambiaste por un beso, un beso delicioso, labios sobre labios, besos deliciosos que son la única forma que tenemos de besarnos. Otra vez tus labios unidos a los míos. Tus labios entreabiertos para dejarme pasar. Nuestras bocas humedecidas jugando al juego que más le gustan y que mejor le quedan. Las manos que también quieren participar y me recorren la espalda y te recorren la nuca, y se tocan y se encuentran y se reencuentran y se apretan con fuerza y se invitan a pasear hasta llevarnos a través de nubes y dejarnos aterrizar sobre la cama. Y los besos continúan mientras vas desabrochando cada uno de los botones de mi camisa y yo te voy quitando la remera de la tentación que vuela hasta aterrizar en el camino donde descansa el resto de la ropa. Y los besos que van de un lugar a otro, y las manos que bailan acompañando nuestro baile, y mis labios besando otros labios, y tus labios recorriendo el árbol de la vida, y mi respiración agitada haciéndote cosquillas eternas, y la mirada que lo dice todo sin decir nada, y tus gemidos que me dan la bienvenida mientras yo me dejo caer al vacío que lo es todo.
Y los cuerpos de nuestras almas que se convierten en unidad en este ir y venir, y la unión y la desunión que nos vuelve a unir, y el movimiento de nuestro amor como el de un barco en alta mar, como el de un barrilete por los aires de Buenos Aires, como el de una mariposa en plena primavera, como el de nosotros dos haciendo el amor.
Y mi boca que se clava en tu cuello mientras tus dedos dibujan líneas sobre mi espalda. Y los dos pares de piernas que se tensionan hasta terminar abrazadas como dos anacondas pasionales. Y nuestra mejor imagen encontrándose una vez más por los distintos puntos cardinales, pero sobre todo en la fortaleza y debilidad del sur...
Y el grito que anuncia el final, y el temblor de los cuerpos mostrando que siguen vivos, y la fuente que desborda, y las gotas de amor que nos tocan, y tu mirada nuevamente clavada en la mía, ahora con más brillo, ahora con más vida.
Por la ventana la lluvia sigue cayendo sobre la ciudad dormida y nosotros tan despiertos… mojados y felices.
viernes, 11 de septiembre de 2009
138. ríe por mí
No tenía ganas de afeitarme.
No tenía ganas de nada, pero no podía faltar.
No tenía obligación alguna y la escena era incómoda, pero me puse el casco para el corazón y la nariz de payaso y me fui para lo de Luis.
—Venite, Rosa preparó una torta riquísima.
Luis me alentaba a asistir, sabiendo que no soy aficionado a los dulces cumpleañeros, pero ya había asegurado mi presencia en una respuesta rápida y por eso fui más o menos puntual.
—Gastón, qué alegría verte por acá —me saludó su esposa forzando la sonrisa obligada de ambas partes.
Apenas entré me alcanzaron una botella para descorchar.
—Sí cae en mi cabeza lo mato —dije sin darme cuenta que el chiste no era nada gracioso, por lo menos en ese momento.
Nadie quería pensar en que mañana estaban los resultados del estudio, sin embargo no dejaba de ser una realidad que sobrevolaba el ambiente sin globos ni música.
Todo pasaba en cámara lenta y no resistía mirar cada dos minutos la hora en el celular.
—¿Esperás algún llamado?
—Sí —mentí en una pésima actuación.
—Ya viene la torta —anunció Luis aliviándome un poco.
Un feliz cumpleaños cantado en pocas voces y un tanto desafinado.
Los saludos rutinarios y el abrazo entre Luis y su esposa que duró hasta que las lágrimas se evaporaron.
—Todo va a estar bien —le prometí con la fe algo maltratada, y me fui para mi casa, ya que al día siguiente (hoy) nos esperaría un día intenso.
Pasé la noche en el balcón, mirando todo y la nada.
Pensando en cientos de cosas y ninguna en particular.
Sin darme cuenta el cielo comenzó a aclarar y me invadió cierto frío al que no le quise encontrar significado más que el meteorológico (y lógico).
Me di una larga ducha (que me hubiese gustado tuviese mayor duración) y tuve una informal charla con Dios.
Lo pasé a buscar a Luis y tomamos el camino indicado.
El trayecto al hospital fue rápido, la espera del médico lenta.
Mientras tanto el silencio era una buena excusa para no decir nada que no valiera la pena decir.
El parlante lo nombró a Luis y entramos al consultorio.
—¿Cómo se siente?
—La verdad, bastante nervioso, muy ansioso —se sinceró Luis.
—Bien, veamos que hay por acá —dijo el médico mientras abría los sobres que guardaban los estudios y sus resultados.
Los miró una vez, otra vez, y su rostro era imperturbable.
Yo lo observaba y no podía adivinar ninguna respuesta en su expresión.
Luis, por su parte, prefería posar su mirada en un cuadro inentendible.
Por fin, el médico guardó los estudios en el sobre, tosió, y dirigiéndose a Luis mientras le estrechaba la mano le dijo:
—La verdad que lo felicito. El tumor ha disminuido. Por lo que la batalla va muy bien encaminada. Sigamos como hasta ahora y me viene a visitar en dos meses.
Luis le estrechó con fuerza la mano y le agradeció por la noticia.
Cuando salimos del consultorio exclamó un “vamos, carajo!” y me dio un abrazo demasiado fuerte para mis pobres huesos.
Luis se sentía nuevamente vigoroso.
Yo necesitando unas buenas vacaciones.
No tenía ganas de nada, pero no podía faltar.
No tenía obligación alguna y la escena era incómoda, pero me puse el casco para el corazón y la nariz de payaso y me fui para lo de Luis.
—Venite, Rosa preparó una torta riquísima.
Luis me alentaba a asistir, sabiendo que no soy aficionado a los dulces cumpleañeros, pero ya había asegurado mi presencia en una respuesta rápida y por eso fui más o menos puntual.
—Gastón, qué alegría verte por acá —me saludó su esposa forzando la sonrisa obligada de ambas partes.
Apenas entré me alcanzaron una botella para descorchar.
—Sí cae en mi cabeza lo mato —dije sin darme cuenta que el chiste no era nada gracioso, por lo menos en ese momento.
Nadie quería pensar en que mañana estaban los resultados del estudio, sin embargo no dejaba de ser una realidad que sobrevolaba el ambiente sin globos ni música.
Todo pasaba en cámara lenta y no resistía mirar cada dos minutos la hora en el celular.
—¿Esperás algún llamado?
—Sí —mentí en una pésima actuación.
—Ya viene la torta —anunció Luis aliviándome un poco.
Un feliz cumpleaños cantado en pocas voces y un tanto desafinado.
Los saludos rutinarios y el abrazo entre Luis y su esposa que duró hasta que las lágrimas se evaporaron.
—Todo va a estar bien —le prometí con la fe algo maltratada, y me fui para mi casa, ya que al día siguiente (hoy) nos esperaría un día intenso.
Pasé la noche en el balcón, mirando todo y la nada.
Pensando en cientos de cosas y ninguna en particular.
Sin darme cuenta el cielo comenzó a aclarar y me invadió cierto frío al que no le quise encontrar significado más que el meteorológico (y lógico).
Me di una larga ducha (que me hubiese gustado tuviese mayor duración) y tuve una informal charla con Dios.
Lo pasé a buscar a Luis y tomamos el camino indicado.
El trayecto al hospital fue rápido, la espera del médico lenta.
Mientras tanto el silencio era una buena excusa para no decir nada que no valiera la pena decir.
El parlante lo nombró a Luis y entramos al consultorio.
—¿Cómo se siente?
—La verdad, bastante nervioso, muy ansioso —se sinceró Luis.
—Bien, veamos que hay por acá —dijo el médico mientras abría los sobres que guardaban los estudios y sus resultados.
Los miró una vez, otra vez, y su rostro era imperturbable.
Yo lo observaba y no podía adivinar ninguna respuesta en su expresión.
Luis, por su parte, prefería posar su mirada en un cuadro inentendible.
Por fin, el médico guardó los estudios en el sobre, tosió, y dirigiéndose a Luis mientras le estrechaba la mano le dijo:
—La verdad que lo felicito. El tumor ha disminuido. Por lo que la batalla va muy bien encaminada. Sigamos como hasta ahora y me viene a visitar en dos meses.
Luis le estrechó con fuerza la mano y le agradeció por la noticia.
Cuando salimos del consultorio exclamó un “vamos, carajo!” y me dio un abrazo demasiado fuerte para mis pobres huesos.
Luis se sentía nuevamente vigoroso.
Yo necesitando unas buenas vacaciones.
lunes, 7 de septiembre de 2009
137. demasiada presión
Lunes…
Lluvia…
Algo cansado…
Pensando en nada (o quizás en tantas cosas)…
Haciendo el viaje de regreso, un poco más despacio por la calzada mojada y traicionera.
La música en la radio es la misma de siempre, pero igual acompaña.
En un momento lo miro a Luis, y se encuentra mirando el paisaje que va pasando del lado de afuera.
—¿Pasa algo, Luis?
—El jueves es mi cumpleaños.
—¿De verdad? No sabía… ¿Cuántos cumple?
—Sesenta redondos —dijo, y volvió a quedar en silencio, pensativo, preocupado, sintiendo el peso en la espalda.
Sabía que era un cumpleaños especial.
En los últimos tiempos, desde que le diagnosticaron el tumor maligno en los riñones, lo estuve acompañando a realizarse las veinte sesiones de rayos, la quimio endovenosa, y demás consultas médicas.
Y aunque parece ir todo bien, uno nunca sabe del todo qué puede estar sucediendo adentro del organismo, por más que el alma haga fuerzas por sanar al cuerpo.
—Y el mismo jueves tengo los resultados de los estudios… Pero no quiero ir a buscarlos ese día.
—¿Por? ¿No es mejor sacarse la duda de encima? Digo, si está todo bien, un buen festejo, y de no ser buenas las noticias, a darle un poco de más pelea, ¿no?
—Prefiero pasar el día de mi cumpleaños “tranquilo”. El viernes, ¿me acompañás a buscar los resultados?
—Sí, claro —le dije seguro pero sin estar del todo convencido.
El resto del viaje lo hicimos en silencio, salvo la radio que llenaba el aire con las mismas canciones de siempre.
(aunque ahora todo comenzaba a sonar de una manera diferente)
Lluvia…
Algo cansado…
Pensando en nada (o quizás en tantas cosas)…
Haciendo el viaje de regreso, un poco más despacio por la calzada mojada y traicionera.
La música en la radio es la misma de siempre, pero igual acompaña.
En un momento lo miro a Luis, y se encuentra mirando el paisaje que va pasando del lado de afuera.
—¿Pasa algo, Luis?
—El jueves es mi cumpleaños.
—¿De verdad? No sabía… ¿Cuántos cumple?
—Sesenta redondos —dijo, y volvió a quedar en silencio, pensativo, preocupado, sintiendo el peso en la espalda.
Sabía que era un cumpleaños especial.
En los últimos tiempos, desde que le diagnosticaron el tumor maligno en los riñones, lo estuve acompañando a realizarse las veinte sesiones de rayos, la quimio endovenosa, y demás consultas médicas.
Y aunque parece ir todo bien, uno nunca sabe del todo qué puede estar sucediendo adentro del organismo, por más que el alma haga fuerzas por sanar al cuerpo.
—Y el mismo jueves tengo los resultados de los estudios… Pero no quiero ir a buscarlos ese día.
—¿Por? ¿No es mejor sacarse la duda de encima? Digo, si está todo bien, un buen festejo, y de no ser buenas las noticias, a darle un poco de más pelea, ¿no?
—Prefiero pasar el día de mi cumpleaños “tranquilo”. El viernes, ¿me acompañás a buscar los resultados?
—Sí, claro —le dije seguro pero sin estar del todo convencido.
El resto del viaje lo hicimos en silencio, salvo la radio que llenaba el aire con las mismas canciones de siempre.
(aunque ahora todo comenzaba a sonar de una manera diferente)
viernes, 4 de septiembre de 2009
136. a veces pasa
—¿Y por qué le dijiste que no?
Esa fue la pregunta que se fue repitiendo en los últimos días, no sólo de parte de mis amigos, sino de mí mismo.
—Todos quieren una vez más, pero en todos los sentidos —comenzó a exponer su teoría Sebas mientras se acomodaba en el sillón delante de mí—. ¿Cuántas personas le hincharon las pelotas a Cerati y compañía con el regreso de Soda Stereo?
—¿Qué tiene que ver eso? —pregunté sabiendo lo difícil que es algunas veces seguirle el hilo de la conversación a Sebas.
—Tiene que ver. Ellos ya no querían estar más juntos y decidieron despedirse, lo anunciaron y hasta dieron el último concierto.
—Sí, el de las gracias totales.
—Ese mismo. Y sin embargo la gente quería escucharlos, o verlos cantando, juntos, una vez más.
—Sebas, te aseguro que si me pagan un palo verde, con Fernanda lo hacemos hasta que se vuelvan a juntar Los Beatles.
—De todas maneras…
Obviamente, Pablo estaba presente y no podía quedarse sin aportar algo.
—De todas maneras… —continuó Pablo con rostro pensativo— Soda se juntó una vez más, al igual que Los Cadillacs, al igual que La Portuaria, etc.
—Sí, y ahora vuelve Charly. ¿Y qué tiene que ver eso con Fernanda y yo? —pregunté algo desconcertado.
—¿No te gusta Charly? ¿Te acordás cuando lo fuimos a ver a San Bernardo? —recordó Pablo con su nostalgia a pilas.
—Sí, me acuerdo.
—Lo que me acuerdo… —dijo Sebas llegando desde la cocina con unos capuchinos a pedido— es que estábamos hablando sobre tu “voto no positivo” a garchar de nuevo con Fer. Y lo mismo hiciste en su oportunidad con Vanesa.
—Uy, mirá si se te hace vicio y morís virgen —dijo Pablo haciéndonos escupir el capuchino de la risa.
—Chicos, es verdad, es raro porque sinceramente estaría buenísimo hacer el amor otra vez con Fer, pero les cuento…
No se esperaban esta charla en tono íntimo por lo que dieron un buen sorbo caliente y se acomodaron para escuchar lo que tenía para decirles, para contarles.
—Una vez, con una chica, pasó exactamente lo mismo. Nos estábamos por separar y los dos estuvimos de acuerdo en hacerlo por última vez. Si muchos se despiden con un gran beso, porqué nosotros no con un gran beso de nuestros cuerpos. Además yo era bastante joven…
—No existía el arco iris en colores —acotó Pablo haciéndose el pendejo cuando todos andamos por la misma edad de las tres décadas.
—Bueno, como les decía, sabíamos que era la última vez, pero no nos preparamos mentalmente para la ocasión.
—¿Es la excusa para decir que no se te paró?
—No, al contrario, todo estuvo muy bien, salvo que en mitad de nuestro último momento juntos… ella se puso a llorar.
—¿En medio de…?
—Sí, ahí, y no se imaginan lo inesperado de la situación porque la última imagen que tengo son las lágrimas de ella mientras se vestía y se iba. Y los sentimientos posteriores son de sentirme perturbado, conmovido, dolorido por algo que se suponía que iba a estar bueno.
—A mí también una vez me pasó —dijo serio Sebas.
—¿Y?
—No quisiera recordarlo.
Nos terminamos los capuchinos casi en silencio, sintiendo que a veces es mejor perder una buena noche que ganar una nueva herida en el maltrecho corazón.
Esa fue la pregunta que se fue repitiendo en los últimos días, no sólo de parte de mis amigos, sino de mí mismo.
—Todos quieren una vez más, pero en todos los sentidos —comenzó a exponer su teoría Sebas mientras se acomodaba en el sillón delante de mí—. ¿Cuántas personas le hincharon las pelotas a Cerati y compañía con el regreso de Soda Stereo?
—¿Qué tiene que ver eso? —pregunté sabiendo lo difícil que es algunas veces seguirle el hilo de la conversación a Sebas.
—Tiene que ver. Ellos ya no querían estar más juntos y decidieron despedirse, lo anunciaron y hasta dieron el último concierto.
—Sí, el de las gracias totales.
—Ese mismo. Y sin embargo la gente quería escucharlos, o verlos cantando, juntos, una vez más.
—Sebas, te aseguro que si me pagan un palo verde, con Fernanda lo hacemos hasta que se vuelvan a juntar Los Beatles.
—De todas maneras…
Obviamente, Pablo estaba presente y no podía quedarse sin aportar algo.
—De todas maneras… —continuó Pablo con rostro pensativo— Soda se juntó una vez más, al igual que Los Cadillacs, al igual que La Portuaria, etc.
—Sí, y ahora vuelve Charly. ¿Y qué tiene que ver eso con Fernanda y yo? —pregunté algo desconcertado.
—¿No te gusta Charly? ¿Te acordás cuando lo fuimos a ver a San Bernardo? —recordó Pablo con su nostalgia a pilas.
—Sí, me acuerdo.
—Lo que me acuerdo… —dijo Sebas llegando desde la cocina con unos capuchinos a pedido— es que estábamos hablando sobre tu “voto no positivo” a garchar de nuevo con Fer. Y lo mismo hiciste en su oportunidad con Vanesa.
—Uy, mirá si se te hace vicio y morís virgen —dijo Pablo haciéndonos escupir el capuchino de la risa.
—Chicos, es verdad, es raro porque sinceramente estaría buenísimo hacer el amor otra vez con Fer, pero les cuento…
No se esperaban esta charla en tono íntimo por lo que dieron un buen sorbo caliente y se acomodaron para escuchar lo que tenía para decirles, para contarles.
—Una vez, con una chica, pasó exactamente lo mismo. Nos estábamos por separar y los dos estuvimos de acuerdo en hacerlo por última vez. Si muchos se despiden con un gran beso, porqué nosotros no con un gran beso de nuestros cuerpos. Además yo era bastante joven…
—No existía el arco iris en colores —acotó Pablo haciéndose el pendejo cuando todos andamos por la misma edad de las tres décadas.
—Bueno, como les decía, sabíamos que era la última vez, pero no nos preparamos mentalmente para la ocasión.
—¿Es la excusa para decir que no se te paró?
—No, al contrario, todo estuvo muy bien, salvo que en mitad de nuestro último momento juntos… ella se puso a llorar.
—¿En medio de…?
—Sí, ahí, y no se imaginan lo inesperado de la situación porque la última imagen que tengo son las lágrimas de ella mientras se vestía y se iba. Y los sentimientos posteriores son de sentirme perturbado, conmovido, dolorido por algo que se suponía que iba a estar bueno.
—A mí también una vez me pasó —dijo serio Sebas.
—¿Y?
—No quisiera recordarlo.
Nos terminamos los capuchinos casi en silencio, sintiendo que a veces es mejor perder una buena noche que ganar una nueva herida en el maltrecho corazón.
lunes, 31 de agosto de 2009
135. me repite la pregunta
—¿Te puedo pedir un favor?
—Si te lo puedo conceder, con mucho gusto.
—Sé que sí, porque lo que te quiero pedir es…
—¿Qué me querés pedir?
—Quiero que hagamos el amor… por última vez.
La noche parecía tener un aire mágico, como si el mundo hubiese cambiado el rumbo de su giro.
El reloj marcaba las dos de la mañana y ya había pasado un par de horas desde que me había quedado solo en el depto, desde que Fernanda se había marchado, desde que ella me había propuesto entrar una vez más en su cuerpo.
Ahora a siete pisos de la realidad y un buen vino descorchado derramado en mi copa, mientras fumo un cigarrillo que había quedado guardado en caso de incendio interior.
Sé que el pedido de Fernanda no es fácil de decir, de hacer, de rechazar.
Sé que a la distancia las mujeres pueden no entenderlo y los hombres… tampoco.
¿Es una manera de estirar la agonía o una forma saludable de despedida?
Recuerdo que la primera vez que Fernanda y yo lo hicimos fue bueno, pero nada comparado con la segunda vez, y ni hablar de las veces posteriores.
Cada vez que nos hacíamos uno era… inexplicable.
Fernanda es linda con ropa como desnuda.
Tiene la elegancia de un cuerpo con las curvas perfectas para recorrerlas sin tiempos, sin apuros, sin pausas.
Sentado en la soledad de mi adorable balcón, observando a la ciudad desde una altura privilegiada que no permite quemarme del todo con las llamas del infierno pavimentado, intento convencerme de que ese avión que pasa con sus luces parpadeantes es una estrella fugaz a pedido de mis pensamientos más oscuros.
Y entre el humo y un vino cosecha 1975, voy dibujando con cierta perfección la silueta de ese cuerpo imperfecto que alguna vez fue tan cercano al mío.
Cierro los ojos y ahí está ella, tan linda cuando la hago enojar sin querer queriendo.
Tan celosa de los fantasmas que pasan rozando mi corazón.
Tan buena en el arte culinario de la cocina y la habitación.
Tan excitante cuando ríe por no llorar y cuando llora de la risa.
Tan mujer de armas poderosas con las que sabe llevar a cabo sus propósitos más oscuros y de otros colores también intensos.
Ante mis ojos de mirada perdida va pasando una peli de un final impensado.
Porque cuando llegué a creer en un amor sin vencimiento, me vi vencido sin creer en el amor.
Y todo sucedió tan rápido que desde aquellos fuegos artificiales de despedidas crueles hasta esta propuesta deliciosamente indecente, pareciera que pasó un segundo, cuando en realidad pasaron más de siete vidas.
La noche despierta a los vampiros y yo recuerdo que, sorprendido por lo que había escuchado de sus labios de fuego, le pedí amablemente que me repita la pregunta.
—Quiero que hagamos el amor… una vez más.
—Suena muy interesante y más que tentador… pero no. Es tarde, y no hablo de horas, sino de tiempos. Te lo agradezco, pero no.
—Si te lo puedo conceder, con mucho gusto.
—Sé que sí, porque lo que te quiero pedir es…
—¿Qué me querés pedir?
—Quiero que hagamos el amor… por última vez.
La noche parecía tener un aire mágico, como si el mundo hubiese cambiado el rumbo de su giro.
El reloj marcaba las dos de la mañana y ya había pasado un par de horas desde que me había quedado solo en el depto, desde que Fernanda se había marchado, desde que ella me había propuesto entrar una vez más en su cuerpo.
Ahora a siete pisos de la realidad y un buen vino descorchado derramado en mi copa, mientras fumo un cigarrillo que había quedado guardado en caso de incendio interior.
Sé que el pedido de Fernanda no es fácil de decir, de hacer, de rechazar.
Sé que a la distancia las mujeres pueden no entenderlo y los hombres… tampoco.
¿Es una manera de estirar la agonía o una forma saludable de despedida?
Recuerdo que la primera vez que Fernanda y yo lo hicimos fue bueno, pero nada comparado con la segunda vez, y ni hablar de las veces posteriores.
Cada vez que nos hacíamos uno era… inexplicable.
Fernanda es linda con ropa como desnuda.
Tiene la elegancia de un cuerpo con las curvas perfectas para recorrerlas sin tiempos, sin apuros, sin pausas.
Sentado en la soledad de mi adorable balcón, observando a la ciudad desde una altura privilegiada que no permite quemarme del todo con las llamas del infierno pavimentado, intento convencerme de que ese avión que pasa con sus luces parpadeantes es una estrella fugaz a pedido de mis pensamientos más oscuros.
Y entre el humo y un vino cosecha 1975, voy dibujando con cierta perfección la silueta de ese cuerpo imperfecto que alguna vez fue tan cercano al mío.
Cierro los ojos y ahí está ella, tan linda cuando la hago enojar sin querer queriendo.
Tan celosa de los fantasmas que pasan rozando mi corazón.
Tan buena en el arte culinario de la cocina y la habitación.
Tan excitante cuando ríe por no llorar y cuando llora de la risa.
Tan mujer de armas poderosas con las que sabe llevar a cabo sus propósitos más oscuros y de otros colores también intensos.
Ante mis ojos de mirada perdida va pasando una peli de un final impensado.
Porque cuando llegué a creer en un amor sin vencimiento, me vi vencido sin creer en el amor.
Y todo sucedió tan rápido que desde aquellos fuegos artificiales de despedidas crueles hasta esta propuesta deliciosamente indecente, pareciera que pasó un segundo, cuando en realidad pasaron más de siete vidas.
La noche despierta a los vampiros y yo recuerdo que, sorprendido por lo que había escuchado de sus labios de fuego, le pedí amablemente que me repita la pregunta.
—Quiero que hagamos el amor… una vez más.
—Suena muy interesante y más que tentador… pero no. Es tarde, y no hablo de horas, sino de tiempos. Te lo agradezco, pero no.
viernes, 28 de agosto de 2009
134. hagamos el amor
Fernanda estaba igual a una locomotora sin frenos, mientras que yo me sentía como un velero en una plácida laguna.
Me di cuenta de esto cuando ya en el ascensor, ella comenzó a quejarse y a traer cosas del pasado que se ve no habían quedado tan atrás, mientras yo me trasladaba mentalmente a un futuro inmediato en que Fernanda dejaba de hablar y Nadia ocupaba toda la escena.
Una vez en el depto, Fernanda se dirigió directamente a la habitación y abrió el cajón donde “antes” había parte de su ropa. Obviamente el lugar estaba vacío de sus pertenencias…
—¿Dónde están mis cosas? —preguntó enfurecida.
—En el cajón chiquito de abajo.
—¿Y por qué están ahí?
No le contesté. Alguna vez me dijeron que a un toro enfurecido lo mejor es esquivarlo.
Mientras ella agarraba sus cosas yo me fui a servir un trago.
Fernanda vino por detrás y comenzó a revolver la torre de música, sacando sus discos, o por lo menos los que ella creía suyos.
—El de Queen en Wimbledon es mío —le advertí desde la cocina.
—Metételo en el culo.
—No, ese no que es doble —le contesté mientras me acercaba con un daikiri para ella.
Era evidente que la Fernanda que estaba acá en este momento no era ella, sino un ser que no podía controlar sus impulsos, que por una razón (sin razón y con pasión) estaba haciendo un duelo a los gritos, que quizás justo ahora se daba cuenta que lo nuestro podría haber sido… distinto.
Si hay algo que no resisto es ver a una persona llorar.
Fernanda se sentó en el sillón, tomó su trago preparado especialmente, y mientras me pedía disculpas comenzaron a caer las primeras gotas desde sus ojos.
—Fer, todo bien. Vos sabés que siempre vas a poder contar conmigo para lo que sea, pero nuestra relación se terminó hace ya un par de meses, y cada uno va a tener que comenzar a caminar de una manera distinta.
—Pero, ¿lo nuestro fue lindo, no?
—Fue muy lindo, especial, fantástico, pero tuvo un final abrupto, y las heridas es mejor que cicatricen, y cuando antes lo hagan, mejor.
Fernanda me miraba como si no me reconociera pero se la jugó en forma. Dejó el vaso sobre la mesa ratona, se acercó a mí y me clavó la mirada de una manera que yo conocía muy bien.
—¿Te puedo pedir un favor?
—Si te lo puedo conceder, con mucho gusto.
—Sé que sí, porque lo que te quiero pedir es…
—¿Qué me querés pedir?
—Quiero que hagamos el amor… por última vez.
Me di cuenta de esto cuando ya en el ascensor, ella comenzó a quejarse y a traer cosas del pasado que se ve no habían quedado tan atrás, mientras yo me trasladaba mentalmente a un futuro inmediato en que Fernanda dejaba de hablar y Nadia ocupaba toda la escena.
Una vez en el depto, Fernanda se dirigió directamente a la habitación y abrió el cajón donde “antes” había parte de su ropa. Obviamente el lugar estaba vacío de sus pertenencias…
—¿Dónde están mis cosas? —preguntó enfurecida.
—En el cajón chiquito de abajo.
—¿Y por qué están ahí?
No le contesté. Alguna vez me dijeron que a un toro enfurecido lo mejor es esquivarlo.
Mientras ella agarraba sus cosas yo me fui a servir un trago.
Fernanda vino por detrás y comenzó a revolver la torre de música, sacando sus discos, o por lo menos los que ella creía suyos.
—El de Queen en Wimbledon es mío —le advertí desde la cocina.
—Metételo en el culo.
—No, ese no que es doble —le contesté mientras me acercaba con un daikiri para ella.
Era evidente que la Fernanda que estaba acá en este momento no era ella, sino un ser que no podía controlar sus impulsos, que por una razón (sin razón y con pasión) estaba haciendo un duelo a los gritos, que quizás justo ahora se daba cuenta que lo nuestro podría haber sido… distinto.
Si hay algo que no resisto es ver a una persona llorar.
Fernanda se sentó en el sillón, tomó su trago preparado especialmente, y mientras me pedía disculpas comenzaron a caer las primeras gotas desde sus ojos.
—Fer, todo bien. Vos sabés que siempre vas a poder contar conmigo para lo que sea, pero nuestra relación se terminó hace ya un par de meses, y cada uno va a tener que comenzar a caminar de una manera distinta.
—Pero, ¿lo nuestro fue lindo, no?
—Fue muy lindo, especial, fantástico, pero tuvo un final abrupto, y las heridas es mejor que cicatricen, y cuando antes lo hagan, mejor.
Fernanda me miraba como si no me reconociera pero se la jugó en forma. Dejó el vaso sobre la mesa ratona, se acercó a mí y me clavó la mirada de una manera que yo conocía muy bien.
—¿Te puedo pedir un favor?
—Si te lo puedo conceder, con mucho gusto.
—Sé que sí, porque lo que te quiero pedir es…
—¿Qué me querés pedir?
—Quiero que hagamos el amor… por última vez.
lunes, 24 de agosto de 2009
133. ángeles & demonios
Durante la semana intercambiamos llamados y algunas otras comunicaciones.
Ella trabaja en una empresa de medicina (o algo así) y los horarios no nos coinciden del todo, por lo que fuimos armando el finde para vernos y estar juntos.
Por fin llegó el sábado y nos encontró paseando por Plaza Francia.
Hacía demasiado tiempo que no andaba por estos lados. Me refiero más que nada a la zona de la plaza y de día, ya que la noche de Portezuelo y Sahara me han abierto sus puertas junto a mis amigos u otras compañías amistosas.
Pero aunque el día estaba lindo, Nadia le hacía sombra con su belleza.
Recorrimos la feria, nos sentamos en cada banco y nos detuvimos en cada espectáculo armado al aire libre.
Más allá de la gente a nuestro alrededor, por momentos sentíamos que nos encontrábamos totalmente alejados del mundo, hasta que un insistente me demostró lo contrario…
El celular no dejaba de sonar, de mandar mensajes y todas eran provenientes de la misma persona.
—¿Quién es? —quiso saber con razón e inocencia Nadia.
Intenté restarle importancia, ponerlo en vibrador, apagarlo, dejarlo abandonado, pero las llamadas seguían y la curiosidad de Nadia crecía.
El último mensaje que leí decía lo siguiente:
“Dónde estás?
Yo en la puerta de tu casa como habíamos quedado ayer!”
—¿Qué pasa? —me preguntó Nadia viendo que andaba medio desconcentrado.
Pienso que lo mejor para empezar una nueva relación es, en lo posible, dejar el pasado en el pasado. No hay necesidad alguna de que le cuente a Nadia sobre amoríos que tuve, simplemente porque ya no los tengo. Sin embargo, Fernanda estaba en pleno ataque de “celositis aguda” molestando con la excusa de ir a llevarse unas cosas de ella que habían quedado de la época de convivencia, pero sobre todo sabiendo que lo más probable es que estuviese con Nadia, su gran enemiga.
Finalmente le conté a Nadia lo que estaba sucediendo y quien era la autora de tantos llamados insistentes.
—¿Quedaron cosas pendientes entre ustedes?
—No.
—¿Ella puede estar confundida por algo que hayas dicho o hecho?
—No.
—Andá entonces para tu casa, dale lo que sea de ella así se calma y nos deja tranquilos. Sinó mañana, pasado o los días siguientes va a continuar con lo mismo y prefiero que si comenzamos algo nosotros, sea en paz, sin problemas con nadie.
Creo que fue acertado y muy maduro de su parte.
Nos despedimos con la promesa y la certeza de que a la noche nos reencontraríamos (si no pasaba nada grave).
Camino a casa iba pensando, recordando y preguntándome si no me quedarían otras puertas y ventanas que cerrar.
Por lo pronto, ahora me encargaría de Fernanda, que ahí estaba esperándome, hecha una furia y con una extraña mirada clavándose en mi ser.
Ella trabaja en una empresa de medicina (o algo así) y los horarios no nos coinciden del todo, por lo que fuimos armando el finde para vernos y estar juntos.
Por fin llegó el sábado y nos encontró paseando por Plaza Francia.
Hacía demasiado tiempo que no andaba por estos lados. Me refiero más que nada a la zona de la plaza y de día, ya que la noche de Portezuelo y Sahara me han abierto sus puertas junto a mis amigos u otras compañías amistosas.
Pero aunque el día estaba lindo, Nadia le hacía sombra con su belleza.
Recorrimos la feria, nos sentamos en cada banco y nos detuvimos en cada espectáculo armado al aire libre.
Más allá de la gente a nuestro alrededor, por momentos sentíamos que nos encontrábamos totalmente alejados del mundo, hasta que un insistente me demostró lo contrario…
El celular no dejaba de sonar, de mandar mensajes y todas eran provenientes de la misma persona.
—¿Quién es? —quiso saber con razón e inocencia Nadia.
Intenté restarle importancia, ponerlo en vibrador, apagarlo, dejarlo abandonado, pero las llamadas seguían y la curiosidad de Nadia crecía.
El último mensaje que leí decía lo siguiente:
“Dónde estás?
Yo en la puerta de tu casa como habíamos quedado ayer!”
—¿Qué pasa? —me preguntó Nadia viendo que andaba medio desconcentrado.
Pienso que lo mejor para empezar una nueva relación es, en lo posible, dejar el pasado en el pasado. No hay necesidad alguna de que le cuente a Nadia sobre amoríos que tuve, simplemente porque ya no los tengo. Sin embargo, Fernanda estaba en pleno ataque de “celositis aguda” molestando con la excusa de ir a llevarse unas cosas de ella que habían quedado de la época de convivencia, pero sobre todo sabiendo que lo más probable es que estuviese con Nadia, su gran enemiga.
Finalmente le conté a Nadia lo que estaba sucediendo y quien era la autora de tantos llamados insistentes.
—¿Quedaron cosas pendientes entre ustedes?
—No.
—¿Ella puede estar confundida por algo que hayas dicho o hecho?
—No.
—Andá entonces para tu casa, dale lo que sea de ella así se calma y nos deja tranquilos. Sinó mañana, pasado o los días siguientes va a continuar con lo mismo y prefiero que si comenzamos algo nosotros, sea en paz, sin problemas con nadie.
Creo que fue acertado y muy maduro de su parte.
Nos despedimos con la promesa y la certeza de que a la noche nos reencontraríamos (si no pasaba nada grave).
Camino a casa iba pensando, recordando y preguntándome si no me quedarían otras puertas y ventanas que cerrar.
Por lo pronto, ahora me encargaría de Fernanda, que ahí estaba esperándome, hecha una furia y con una extraña mirada clavándose en mi ser.
viernes, 21 de agosto de 2009
132. esquivando balas
—¿Es verdad?
Cuando pensaba tener un día tranquilo en casa gracias a un desperfecto mecánico en la camioneta, Fernanda apareció tempranito por acá tocando el timbre y saludándome con su filosófica pregunta, interrumpiendo por unos minutos mis mates existencialistas de este viernes que parecía tan perfecto.
—Hola Fer, ¿Cómo estás? ¿Querés pasar o te doy la respuesta del lado de afuera? —la saludé con ironía, desconcertado y el mate en la mano.
Fernanda entró, se sentó alrededor de la mesa, tomó el mate que le convidé y se quedó esperando a que yo dijera algo. Como yo no tenía nada para decir, volvió con su pregunta repetida.
—¿Es verdad?
—¿A qué te referís? Acordate que soy hombre y tiendo a las cosas simples.
—Lo que escribiste en tu diario cibernético —dijo con tono bastante alterado.
—Todo lo que escribo es verdad. De hecho lo hago desde el 1º de enero que, ahora que recuerdo, fue unos minutos después de que me hayas dejado por no sé quién —contesté decidido a guerrear un poco.
—Vos no te quedaste atrás, querido. O te olvidaste que enseguida te encamaste con Lucía.
—Es verdad, pero además de encamarme, me ensilloné, alfombratié, cocinateamos, mesadeamos…
—¡Sos un boludo!
—Para noticias viejas el diario de papel. Ahora, ¿me podés explicar qué te pasa? ¿Qué leíste que estás tan… así?
Fernanda se quedó en silencio mirándome con ojos asesinos mientras yo la miraba intrigado mientras seguía mateando. Sinceramente no se me ocurría nada que hubiese hecho-escrito como para que se aparezca con tanta furia a visitarme. Noté que estaba haciendo fuerza por detener las lágrimas que parecían querer saltar al vacío y fue ahí cuando sospeché por dónde venía todo.
—Nadia —dijo dándole un premio a mi intuición masculina—. ¿Quién es Nadia?
—Es una amiga de mi hermana, y también alguien con la que estoy… —me detuve al instante cuando me di cuenta que estaba por pisar cierto palito tramposo.
—¿Qué pasa? ¿No sabés quién es para vos? ¿O te diste cuenta que tendrías que habérmelo dicho?
—Fer… —le dije más calmo y con total sinceridad—, nosotros hace bastante tiempo que somos amigos… y nada más que eso.
—¿Qué? —gritó con una mezcla de extraña indignación.
—Mirá, que después de cortar hayamos tenido encuentros furtivos, no significa que sigamos de novios. Hasta dos minutos antes de que termine el 2008 sí lo éramos, pero después ya no. Cada uno su camino, su paisaje, sus pasos, sus tiempos, su…
—Soy una estúpida. Durante el fin de semana paso a buscar algunas cosas que todavía andan por acá de cuando… ¿te acordás que vivíamos juntos acá, no? Digo, como eso no está escrito en tu diario.
—Si te hubieses ido cinco días después, seguramente algo escribía.
Apenas terminé de decirlo sonó el portazo que dio como despedida.
Afuera el día sigue lindo.
Sin perder la calma puse más agua a calentar e hice un mate nuevo.
Cuando pensaba tener un día tranquilo en casa gracias a un desperfecto mecánico en la camioneta, Fernanda apareció tempranito por acá tocando el timbre y saludándome con su filosófica pregunta, interrumpiendo por unos minutos mis mates existencialistas de este viernes que parecía tan perfecto.
—Hola Fer, ¿Cómo estás? ¿Querés pasar o te doy la respuesta del lado de afuera? —la saludé con ironía, desconcertado y el mate en la mano.
Fernanda entró, se sentó alrededor de la mesa, tomó el mate que le convidé y se quedó esperando a que yo dijera algo. Como yo no tenía nada para decir, volvió con su pregunta repetida.
—¿Es verdad?
—¿A qué te referís? Acordate que soy hombre y tiendo a las cosas simples.
—Lo que escribiste en tu diario cibernético —dijo con tono bastante alterado.
—Todo lo que escribo es verdad. De hecho lo hago desde el 1º de enero que, ahora que recuerdo, fue unos minutos después de que me hayas dejado por no sé quién —contesté decidido a guerrear un poco.
—Vos no te quedaste atrás, querido. O te olvidaste que enseguida te encamaste con Lucía.
—Es verdad, pero además de encamarme, me ensilloné, alfombratié, cocinateamos, mesadeamos…
—¡Sos un boludo!
—Para noticias viejas el diario de papel. Ahora, ¿me podés explicar qué te pasa? ¿Qué leíste que estás tan… así?
Fernanda se quedó en silencio mirándome con ojos asesinos mientras yo la miraba intrigado mientras seguía mateando. Sinceramente no se me ocurría nada que hubiese hecho-escrito como para que se aparezca con tanta furia a visitarme. Noté que estaba haciendo fuerza por detener las lágrimas que parecían querer saltar al vacío y fue ahí cuando sospeché por dónde venía todo.
—Nadia —dijo dándole un premio a mi intuición masculina—. ¿Quién es Nadia?
—Es una amiga de mi hermana, y también alguien con la que estoy… —me detuve al instante cuando me di cuenta que estaba por pisar cierto palito tramposo.
—¿Qué pasa? ¿No sabés quién es para vos? ¿O te diste cuenta que tendrías que habérmelo dicho?
—Fer… —le dije más calmo y con total sinceridad—, nosotros hace bastante tiempo que somos amigos… y nada más que eso.
—¿Qué? —gritó con una mezcla de extraña indignación.
—Mirá, que después de cortar hayamos tenido encuentros furtivos, no significa que sigamos de novios. Hasta dos minutos antes de que termine el 2008 sí lo éramos, pero después ya no. Cada uno su camino, su paisaje, sus pasos, sus tiempos, su…
—Soy una estúpida. Durante el fin de semana paso a buscar algunas cosas que todavía andan por acá de cuando… ¿te acordás que vivíamos juntos acá, no? Digo, como eso no está escrito en tu diario.
—Si te hubieses ido cinco días después, seguramente algo escribía.
Apenas terminé de decirlo sonó el portazo que dio como despedida.
Afuera el día sigue lindo.
Sin perder la calma puse más agua a calentar e hice un mate nuevo.
miércoles, 19 de agosto de 2009
131. cambio de hábito
¿Te la garchaste?
Esa se podría decir que fue la pregunta con la que llegaron los chicos anoche a casa después de haber salido sorteado mi depto como lugar de encuentro y cena varonil.
Los martes siempre nos juntamos nocturnamente a comer algo y a charlar de todo un poco en una exclusiva reunión machista.
Pero desde hace unas semanas, se decidió comenzar a sortear desde donde se pide las pizzas o se hace el asadito entre intercambios de palabras y sensaciones.
Las pizzas llegaron temprano, las bebidas ya estaban servidas, y el tema parecía exclusivo y con todos los cañones apuntándome para saber sobre Nadia.
O quizás no tanto para saber sobre ella, sino por si había “conexión” y en tal caso, en qué sentido.
Podría haberles contado muchas cosas pero sabía que querían saber que tan buena era la cama.
Ok, ahí va…
—Chicos… estem… (ejem), no… Bueno… No tuvimos relaciones todavía.
Primero hubo un silencio tenso, después siguieron miradas curiosas, y por último comenzaron a reír intuyendo el chiste.
—Chicos… —insistí queriendo calmar las aguas—, no hubo sexo con Nadia.
Las risas frenaron de manera abrupta, cruzaron miradas entre ellos, y fue Sergio el que dejó la porción de pizza que estaba a punto de llenar su boca y preguntó:
—¿Por?
Era una pregunta muy sincera y que era la misma que se hacían todos los presentes (y quizás hasta me incluya).
—Porque no se dio.
—Pero, ¿pasó algo malo? —quiso saber Cris, sintiéndose algo desconcertado.
—¿Te olvidaste la pastillita azul en el otro bolsillo? —puso su infaltable cuota de humor Pablito.
—No chicos, nada de eso. Ni necesidad de pastillas ni presencia de algo malo.
—Entonces no se entiende —expuso Sebas su duda explícita.
—Entonces intentaré que entiendan así podemos comer las pizzas antes de que se enfríen —dije queriendo terminar con el tema y para eso, teniendo la necesidad de comenzar con el mismo.
Ok, ahí va…
A Nadia la conocí hace muchos años, pero en ese momento, por más que era muy linda y se intuía que no dejaría de serlo, estábamos en otras etapas de tiempo. Ella con la inmadurez de la secundaria, y yo en la facu, pero con otra clase de inmadurez.
Mi hermana le pasó mi número después de no saber nada de ella desde el siglo pasado y nos encontramos, un poco por curiosidad, otro por obligación, y también porque así lo quisimos.
En nosotros dos hubo cambios, obviamente, pero nos encontramos con gustos compartidos, con sentires parecidos, y así nos fuimos sintiendo muy en concordancia con nuestras vidas.
—¿Por qué no garcharon?
—Bueno… —intentaba dar la respuesta que sabía, pero al mismo tiempo quería aclarar las ideas en mi propia cabeza— Cuando conocemos a alguien que nos gusta, que hay cierta compatibilidad en algunos aspectos, acostarnos con ella es como la frutilla del postre, es la coronación de descubrir a alguien que nos gusta y haberse producido cierta chispa interna y externa.
—¿Y por qué no garcharon?
—Creo que con las charlas que mantuvimos durante toda la noche Nadia y yo, con la manera de escucharnos, reírnos, mirarnos y compartir tan buen momento juntos, hacer el amor quizás (quizás) hubiese sido demasiado.
Los chicos se levantaron automáticamente de la mesa, se alejaron un poco de mí e intercambiaron algunas palabras que no alcancé a escuchar.
Pablo sacó su celular y comenzó a marcar un número.
—¿A quién llama? —pregunté con cierta preocupación.
—A nadie, vos quedate tranquilo —me respondió Sebas mientras me ponía una mano en el hombro.
—Buenas noches —saludó Pablo a quién lo atendió del otro lado de la línea—. Necesito de manera urgente una ambulancia. A mi amigo le hicieron un lavado de cerebro…
(las bromas y reuniones con mis amigos, también son frutillas de un postre eterno que la vida me regaló)
Esa se podría decir que fue la pregunta con la que llegaron los chicos anoche a casa después de haber salido sorteado mi depto como lugar de encuentro y cena varonil.
Los martes siempre nos juntamos nocturnamente a comer algo y a charlar de todo un poco en una exclusiva reunión machista.
Pero desde hace unas semanas, se decidió comenzar a sortear desde donde se pide las pizzas o se hace el asadito entre intercambios de palabras y sensaciones.
Las pizzas llegaron temprano, las bebidas ya estaban servidas, y el tema parecía exclusivo y con todos los cañones apuntándome para saber sobre Nadia.
O quizás no tanto para saber sobre ella, sino por si había “conexión” y en tal caso, en qué sentido.
Podría haberles contado muchas cosas pero sabía que querían saber que tan buena era la cama.
Ok, ahí va…
—Chicos… estem… (ejem), no… Bueno… No tuvimos relaciones todavía.
Primero hubo un silencio tenso, después siguieron miradas curiosas, y por último comenzaron a reír intuyendo el chiste.
—Chicos… —insistí queriendo calmar las aguas—, no hubo sexo con Nadia.
Las risas frenaron de manera abrupta, cruzaron miradas entre ellos, y fue Sergio el que dejó la porción de pizza que estaba a punto de llenar su boca y preguntó:
—¿Por?
Era una pregunta muy sincera y que era la misma que se hacían todos los presentes (y quizás hasta me incluya).
—Porque no se dio.
—Pero, ¿pasó algo malo? —quiso saber Cris, sintiéndose algo desconcertado.
—¿Te olvidaste la pastillita azul en el otro bolsillo? —puso su infaltable cuota de humor Pablito.
—No chicos, nada de eso. Ni necesidad de pastillas ni presencia de algo malo.
—Entonces no se entiende —expuso Sebas su duda explícita.
—Entonces intentaré que entiendan así podemos comer las pizzas antes de que se enfríen —dije queriendo terminar con el tema y para eso, teniendo la necesidad de comenzar con el mismo.
Ok, ahí va…
A Nadia la conocí hace muchos años, pero en ese momento, por más que era muy linda y se intuía que no dejaría de serlo, estábamos en otras etapas de tiempo. Ella con la inmadurez de la secundaria, y yo en la facu, pero con otra clase de inmadurez.
Mi hermana le pasó mi número después de no saber nada de ella desde el siglo pasado y nos encontramos, un poco por curiosidad, otro por obligación, y también porque así lo quisimos.
En nosotros dos hubo cambios, obviamente, pero nos encontramos con gustos compartidos, con sentires parecidos, y así nos fuimos sintiendo muy en concordancia con nuestras vidas.
—¿Por qué no garcharon?
—Bueno… —intentaba dar la respuesta que sabía, pero al mismo tiempo quería aclarar las ideas en mi propia cabeza— Cuando conocemos a alguien que nos gusta, que hay cierta compatibilidad en algunos aspectos, acostarnos con ella es como la frutilla del postre, es la coronación de descubrir a alguien que nos gusta y haberse producido cierta chispa interna y externa.
—¿Y por qué no garcharon?
—Creo que con las charlas que mantuvimos durante toda la noche Nadia y yo, con la manera de escucharnos, reírnos, mirarnos y compartir tan buen momento juntos, hacer el amor quizás (quizás) hubiese sido demasiado.
Los chicos se levantaron automáticamente de la mesa, se alejaron un poco de mí e intercambiaron algunas palabras que no alcancé a escuchar.
Pablo sacó su celular y comenzó a marcar un número.
—¿A quién llama? —pregunté con cierta preocupación.
—A nadie, vos quedate tranquilo —me respondió Sebas mientras me ponía una mano en el hombro.
—Buenas noches —saludó Pablo a quién lo atendió del otro lado de la línea—. Necesito de manera urgente una ambulancia. A mi amigo le hicieron un lavado de cerebro…
(las bromas y reuniones con mis amigos, también son frutillas de un postre eterno que la vida me regaló)
sábado, 15 de agosto de 2009
130. nada es igual
Unas delgadas columnas del color del cielo escoltaron mi entrada a su casa.
Cuando las luces interiores comenzaron a encenderse, lo primero que vi fue una torre musical que me atrajo de inmediato.
—¿Te gusta la música? —me preguntó Nadia mientras ponía en funcionamiento el equipo y comenzaba a llenarse la noche con un acústico de Joaquín Sabina.
—Sí, y por lo que veo tenemos un gusto bastante parecido —dije mientras seguía recorriendo sus discos y notaba que la mayoría eran los mimos que yo tenía en mi propia torre.
—¿Querés tomar algo? ¿Un café?
—Acepto, dale. Y si tenés crema para ponerle al mío…
—¿Café con crema? Es el condimento que sí o sí debe tener mi café.
Lo que quedaba de la noche, toda la madrugada y los inicios de la mañana la pasamos charlando como dos buenos amigos que se conocen desde hace siete siglos y medio.
Ella quedaba cautivada con algunas de mis anécdotas y por mi parte quedaba cautivado por su manera de reírse cuando me contaba algo gracioso de su vida.
Las horas que compartimos pasaron como un tren sin freno.
Lo bueno es que sentía que no me encontraba en la estación, sino en este fascinante viaje a quién sabe dónde.
Inmensamente cómodos el uno con el otro, más allá del sillón en el que nos refugiamos del mundo exterior y del que nos habíamos olvidado por completo.
No sé en qué momento sucedió, pero las miradas y nuestras bocas fueron un imán a la que no pusimos resistencia.
Nos besamos como si llegara el fin del mundo y al mismo tiempo fuera el inicio de algo nuevo.
—Me voy a tener que ir —dije con cierta timidez y sintiendo que…
—Sí, claro, pero… ¿Nos vamos a volver a ver?
—Por supuesto. ¿Vos no querés?
Un nuevo beso me dio la respuesta afirmativa.
Mientras caminaba buscando un taxi, sentía que mi sonrisa no desentonaba del todo con el mundo.
Interiormente me visitaba una joven primavera después de un invierno algo duro.
Ya en viaje a casa, desempolvé mi celu y estuve tentado a mandarle un mensaje a Nadia, pero no me quería mostrar tan… así.
No llegué a guardar el celu que un sonido conocido me avisó sobre la llegada de un mensaje.
Era de Nadia y decía:
“Qué bueno haberte reencontrado y saber que nos volveremos a reencontrar”
Por el espejo retrovisor el taxista descubrió mi sonrisa.
—Pibe, alguna vez sentí lo mismo que estás sintiendo vos —me dijo mientras se detenía en un semáforo—. Tratá que no se te escape.
—Lo intentaré —le contesté mientras le respondía el mensaje a Nadia.
“Qué bueno saber que nos volveremos a reencontrar después de habernos reencontrado”
Apenas lo envié me arrepentí, pero sé que cuando uno se encuentra en este estado, todo suena así.
Cuando las luces interiores comenzaron a encenderse, lo primero que vi fue una torre musical que me atrajo de inmediato.
—¿Te gusta la música? —me preguntó Nadia mientras ponía en funcionamiento el equipo y comenzaba a llenarse la noche con un acústico de Joaquín Sabina.
—Sí, y por lo que veo tenemos un gusto bastante parecido —dije mientras seguía recorriendo sus discos y notaba que la mayoría eran los mimos que yo tenía en mi propia torre.
—¿Querés tomar algo? ¿Un café?
—Acepto, dale. Y si tenés crema para ponerle al mío…
—¿Café con crema? Es el condimento que sí o sí debe tener mi café.
Lo que quedaba de la noche, toda la madrugada y los inicios de la mañana la pasamos charlando como dos buenos amigos que se conocen desde hace siete siglos y medio.
Ella quedaba cautivada con algunas de mis anécdotas y por mi parte quedaba cautivado por su manera de reírse cuando me contaba algo gracioso de su vida.
Las horas que compartimos pasaron como un tren sin freno.
Lo bueno es que sentía que no me encontraba en la estación, sino en este fascinante viaje a quién sabe dónde.
Inmensamente cómodos el uno con el otro, más allá del sillón en el que nos refugiamos del mundo exterior y del que nos habíamos olvidado por completo.
No sé en qué momento sucedió, pero las miradas y nuestras bocas fueron un imán a la que no pusimos resistencia.
Nos besamos como si llegara el fin del mundo y al mismo tiempo fuera el inicio de algo nuevo.
—Me voy a tener que ir —dije con cierta timidez y sintiendo que…
—Sí, claro, pero… ¿Nos vamos a volver a ver?
—Por supuesto. ¿Vos no querés?
Un nuevo beso me dio la respuesta afirmativa.
Mientras caminaba buscando un taxi, sentía que mi sonrisa no desentonaba del todo con el mundo.
Interiormente me visitaba una joven primavera después de un invierno algo duro.
Ya en viaje a casa, desempolvé mi celu y estuve tentado a mandarle un mensaje a Nadia, pero no me quería mostrar tan… así.
No llegué a guardar el celu que un sonido conocido me avisó sobre la llegada de un mensaje.
Era de Nadia y decía:
“Qué bueno haberte reencontrado y saber que nos volveremos a reencontrar”
Por el espejo retrovisor el taxista descubrió mi sonrisa.
—Pibe, alguna vez sentí lo mismo que estás sintiendo vos —me dijo mientras se detenía en un semáforo—. Tratá que no se te escape.
—Lo intentaré —le contesté mientras le respondía el mensaje a Nadia.
“Qué bueno saber que nos volveremos a reencontrar después de habernos reencontrado”
Apenas lo envié me arrepentí, pero sé que cuando uno se encuentra en este estado, todo suena así.
jueves, 13 de agosto de 2009
129. mirando padelante
—¿Y? ¿Tenés novia? —repreguntó Nadia con más curiosidad que otra cosa.
—No. Creo que no.
—¿Creo que no? ¿No sabés si tenés novia?
—Jajajajaja… No, no tengo novia. Lo que pasa es que en los últimos tiempos viví situaciones un tanto alocadas y estaba pensando si en realidad en algún momento estuve de novio.
—¿Y?
—Y… en alguna época sí, pero hoy ya no.
Nadia me clavó su mirada junto a una sonrisa maliciosa que comenzó a dibujarse en su rostro.
Se inclinó hacia delante y me preguntó si estaba seguro.
—¿No me creés? —le pregunté sorprendido pero haciéndome el ofendido en una mala actuación.
—Sí, claro que te creo, pero quizás tengas a alguna chica por ahí escondida que siempre amaga con dejarte pero nunca se va de tu lado (fernanda), o una a la que le guste tanto la adrenalina como para saber esfumarse antes de lastimarse (julieta), o alguna loquita que quiere que le juegues al matrimonio sin definir cuándo termina la función (sandra), o…
—¿Vos sos una especie de bruja? —la interrumpí un poquitititititito impresionado por sus palabras—. Quiero decir, ¿te dedicás a tirar las cartas, a leer bolas de cristales o a analizar borras de café sin crema?
—Algunas cosas tiro pero no, no soy ninguna bruja. Para nada.
—Entonces… ¿Sabés de mi diario (casi) íntimo y lo estuviste leyendo?
—¿Tenés un diario? Ahhhh… ¡¡¡No lo puedo creer!!! No sabía pero me encantaría leerlo, jajajajaja.
—Mirá, si no sos adivina ni leíste nada mío, cómo puede ser que hace un rato nombraste un par de situaciones que son, precisamente, las que viví en los últimos meses.
—Bueno… —comenzó a decir Nadia mientras con un tono de bebota sentía que jugaba conmigo—, debe ser porque… yo… ¡¡¡Soy amiga de tu hermana!!! Jajajajajajaja.
Fin del misterio.
No era extraño que Ana le haya contado algunas cosas mías a Nadia. Por una parte ellas son amigas y Ana es mi hermana. Pero además hay personas a las que no conozco ni de lejos que saben también estas cosas (y algunas otras) gracias a la escritura.
De todas maneras, debo decir que Nadia tiene una forma de ser diabólicamente angelical y angelicalmente diabólica que me hace creer que me estoy mirando en un espejo.
No, no tengo esos lindos pechos ni esas curvas precisas, pero en este intercambio de palabras, miradas, gestos y demás que mantuvimos durante el encuentro, tuve esa extraña y peligrosa sensación de conocerla desde hace siglos, a pesar de que claramente no es así.
Caminamos bastante durante esa noche amiga y sin darnos cuenta llegamos a la puerta de la casa.
Continuamos charlando y no sentíamos tan bien que no teníamos ganas de que se terminase la salida, aunque sabíamos que no iba a ser la última. Sin embargo, en un petit silencio que nació de manera imprevista, Nadia lo llenó preguntando tímidamente…
—¿Querés pasar?
Mi respuesta, esta vez, tuvo la precisión de mis pasos desapareciendo en el interior de su casa.
—No. Creo que no.
—¿Creo que no? ¿No sabés si tenés novia?
—Jajajajaja… No, no tengo novia. Lo que pasa es que en los últimos tiempos viví situaciones un tanto alocadas y estaba pensando si en realidad en algún momento estuve de novio.
—¿Y?
—Y… en alguna época sí, pero hoy ya no.
Nadia me clavó su mirada junto a una sonrisa maliciosa que comenzó a dibujarse en su rostro.
Se inclinó hacia delante y me preguntó si estaba seguro.
—¿No me creés? —le pregunté sorprendido pero haciéndome el ofendido en una mala actuación.
—Sí, claro que te creo, pero quizás tengas a alguna chica por ahí escondida que siempre amaga con dejarte pero nunca se va de tu lado (fernanda), o una a la que le guste tanto la adrenalina como para saber esfumarse antes de lastimarse (julieta), o alguna loquita que quiere que le juegues al matrimonio sin definir cuándo termina la función (sandra), o…
—¿Vos sos una especie de bruja? —la interrumpí un poquitititititito impresionado por sus palabras—. Quiero decir, ¿te dedicás a tirar las cartas, a leer bolas de cristales o a analizar borras de café sin crema?
—Algunas cosas tiro pero no, no soy ninguna bruja. Para nada.
—Entonces… ¿Sabés de mi diario (casi) íntimo y lo estuviste leyendo?
—¿Tenés un diario? Ahhhh… ¡¡¡No lo puedo creer!!! No sabía pero me encantaría leerlo, jajajajaja.
—Mirá, si no sos adivina ni leíste nada mío, cómo puede ser que hace un rato nombraste un par de situaciones que son, precisamente, las que viví en los últimos meses.
—Bueno… —comenzó a decir Nadia mientras con un tono de bebota sentía que jugaba conmigo—, debe ser porque… yo… ¡¡¡Soy amiga de tu hermana!!! Jajajajajajaja.
Fin del misterio.
No era extraño que Ana le haya contado algunas cosas mías a Nadia. Por una parte ellas son amigas y Ana es mi hermana. Pero además hay personas a las que no conozco ni de lejos que saben también estas cosas (y algunas otras) gracias a la escritura.
De todas maneras, debo decir que Nadia tiene una forma de ser diabólicamente angelical y angelicalmente diabólica que me hace creer que me estoy mirando en un espejo.
No, no tengo esos lindos pechos ni esas curvas precisas, pero en este intercambio de palabras, miradas, gestos y demás que mantuvimos durante el encuentro, tuve esa extraña y peligrosa sensación de conocerla desde hace siglos, a pesar de que claramente no es así.
Caminamos bastante durante esa noche amiga y sin darnos cuenta llegamos a la puerta de la casa.
Continuamos charlando y no sentíamos tan bien que no teníamos ganas de que se terminase la salida, aunque sabíamos que no iba a ser la última. Sin embargo, en un petit silencio que nació de manera imprevista, Nadia lo llenó preguntando tímidamente…
—¿Querés pasar?
Mi respuesta, esta vez, tuvo la precisión de mis pasos desapareciendo en el interior de su casa.
lunes, 10 de agosto de 2009
128. mirando patrás
Llegó una nueva noche y estando tan inconscientemente despierto, decidí llamar a Ana para que me pase el número de Nadia. Pero la sorpresa fue que antes de hacerlo, sonó el celular y (oh, sorpresa) del otro lado estaba Nadia, saludándome y quedando de inmediato en encontrarnos para vernos, charlar y demás.
La cita fue en un bar palermiano que no conocía y que tenía un ambiente muy tranqui aunque con mucha onda. Unos almohadones, luz acorde a la música ambiental, y unos tragos de colores muy ricos y refrescantes.
De todas maneras, nada de eso tendría importancia alguna si no fuera porque en el mismo lugar, frente a mí, se encontraba Nadia, con sus ojos de colores, su sonrisa amplia, su pelo algo distinto, pero con la esencia al natural de ella, pese a los años que hacía que no nos veíamos.
Enseguida entramos en sintonía y nos pusimos a conversar animadamente sobre nada en particular y sobre todo en general.
Nadia, así como fue le pidió mi número a Ana, también es bastante directa en decir lo que piensa. Y fue así que en un momento indeterminado me hizo una pregunta que no esperaba y que sin embargo llegó…
—¿Tenés novia?
Mi respuesta fue un silencio prolongado no por quedarme sin palabras, no por atragantarme, no por sufrir un repentino desmayo, sino porque me puse a pensar en que su pregunta directa necesitaba de una respuesta sincera.
Por mi mente comenzaron a desfilar cuerpos con rostros femeninos demasiados conocidos para mí.
Para que no haya peleas de cartel, intenté ordenarlas por orden de aparición y fue así que comenzó a pasar por la pasarela de mi vida…
FERNANDA: Hasta tres minutos antes e que termine el año era mi novia, sin embargo el año lo comencé con ella como ex. Cada tanto nos vemos y sin compromiso alguno nos enganchamos como en viejos tiempos que no dejan de pasar.
LUCÍA: Fue quien me salvó de comenzar el año con el pie izquierdo. De hecho lo comencé con los pies en el aire y sumergido en su cuerpo. Después apareció un embarazo que aparecía apuntarme para finalmente ser de un ex novio al que volvió a ver (entre otras cosas) después de un petit percance que tuvimos.
VALERIA: Un gran amor que ahora vive otro gran amor con una persona que no soy yo. Para peor tiene el paisaje de Bariloche a su favor, aunque tiene en contra su nombre. El tipo se llama Celso, pero pese a eso la tiene secuestrada en una cabaña donde no pasa el frío.
VANESA: Una novia a la que reencontré después de mucho tiempo. Lamentablemente fue unos pocos días antes de casarse con un tipo de hermosa billetera.
JULIETA: Así como apareció una noche de improviso después de compartir una película sin darnos cuenta, estuvimos un tiempito juntos hasta que se fue a seguir con su vida salvaje trepando montañas, nadando con tiburones y lanzándose desde cualquier altura que valga la pena. No supe nada más de ella y creo que ella tampoco de mí.
SANDRA: Jugamos a estar casados para solucionar un problema familiar que tenía. La pasamos muy bien juntos y por momentos pensé que… pero el cuento terminó y la historia nos devolvió a la realidad de ser buenos vecinos solteros que cada tanto comparten más que el ascensor.
Y después hubo chicas que vienen y van en mi vida, en mi cama, en la puerta giratoria de mi ser en la que no se sabe cómo se entra ni cómo se sale, y sin embargo se disfruta la vuelta.
—¿Y? ¿Tenés novia? —repreguntó Nadia con más curiosidad que otra cosa.
—No. Creo que no.
La cita fue en un bar palermiano que no conocía y que tenía un ambiente muy tranqui aunque con mucha onda. Unos almohadones, luz acorde a la música ambiental, y unos tragos de colores muy ricos y refrescantes.
De todas maneras, nada de eso tendría importancia alguna si no fuera porque en el mismo lugar, frente a mí, se encontraba Nadia, con sus ojos de colores, su sonrisa amplia, su pelo algo distinto, pero con la esencia al natural de ella, pese a los años que hacía que no nos veíamos.
Enseguida entramos en sintonía y nos pusimos a conversar animadamente sobre nada en particular y sobre todo en general.
Nadia, así como fue le pidió mi número a Ana, también es bastante directa en decir lo que piensa. Y fue así que en un momento indeterminado me hizo una pregunta que no esperaba y que sin embargo llegó…
—¿Tenés novia?
Mi respuesta fue un silencio prolongado no por quedarme sin palabras, no por atragantarme, no por sufrir un repentino desmayo, sino porque me puse a pensar en que su pregunta directa necesitaba de una respuesta sincera.
Por mi mente comenzaron a desfilar cuerpos con rostros femeninos demasiados conocidos para mí.
Para que no haya peleas de cartel, intenté ordenarlas por orden de aparición y fue así que comenzó a pasar por la pasarela de mi vida…
FERNANDA: Hasta tres minutos antes e que termine el año era mi novia, sin embargo el año lo comencé con ella como ex. Cada tanto nos vemos y sin compromiso alguno nos enganchamos como en viejos tiempos que no dejan de pasar.
LUCÍA: Fue quien me salvó de comenzar el año con el pie izquierdo. De hecho lo comencé con los pies en el aire y sumergido en su cuerpo. Después apareció un embarazo que aparecía apuntarme para finalmente ser de un ex novio al que volvió a ver (entre otras cosas) después de un petit percance que tuvimos.
VALERIA: Un gran amor que ahora vive otro gran amor con una persona que no soy yo. Para peor tiene el paisaje de Bariloche a su favor, aunque tiene en contra su nombre. El tipo se llama Celso, pero pese a eso la tiene secuestrada en una cabaña donde no pasa el frío.
VANESA: Una novia a la que reencontré después de mucho tiempo. Lamentablemente fue unos pocos días antes de casarse con un tipo de hermosa billetera.
JULIETA: Así como apareció una noche de improviso después de compartir una película sin darnos cuenta, estuvimos un tiempito juntos hasta que se fue a seguir con su vida salvaje trepando montañas, nadando con tiburones y lanzándose desde cualquier altura que valga la pena. No supe nada más de ella y creo que ella tampoco de mí.
SANDRA: Jugamos a estar casados para solucionar un problema familiar que tenía. La pasamos muy bien juntos y por momentos pensé que… pero el cuento terminó y la historia nos devolvió a la realidad de ser buenos vecinos solteros que cada tanto comparten más que el ascensor.
Y después hubo chicas que vienen y van en mi vida, en mi cama, en la puerta giratoria de mi ser en la que no se sabe cómo se entra ni cómo se sale, y sin embargo se disfruta la vuelta.
—¿Y? ¿Tenés novia? —repreguntó Nadia con más curiosidad que otra cosa.
—No. Creo que no.
jueves, 6 de agosto de 2009
127. jueves 2 a.m.
El reloj avanza y yo sigo acostado, dando vueltas en la cama, peleando con la almohada, algo dormido pero con los ojos demasiado abiertos para la hora que es. Un solo dígito y algunos minutos marcan el momento exacto en que escuché los dos sonidos repetidos del timbre.
Cómo explicar la sensación, la sorpresa inmediata, el temblor de piernas, mi boca abierta sin poder decir una sola palabra, mi mirada congelada, mi mente sin poder llegar a comprender del todo.
Ella estaba ahí, frente a mí, clavándome su mirada clara y su sonrisa peligrosa.
—¿Puedo pasar? Hace un frío afuera…
Te hice pasar y me fui de inmediato a la cocina a preparar café (sin crema para vos).
No entendía la razón de tu presencia, pero supuse que ya habría tiempo para enterarme. Y el tiempo no se hizo esperar porque no había terminado de colocar el agua sobre la hornalla cuando tu figura se hizo presente detrás de mí. El silencio espeso lo quebré preguntándote cómo estabas y vos quebraste otra cosa al responder que con muchas ganas de verme.
Me quedé mirándote, contemplando tu hermosura, encantado de que estés acá, tan cerquita, tan indefensa, tan sincera, tan irreal.
La hornalla quedó apagada y el café (sin crema para vos) quizás para otro momento.
No sé si en verdad tenías frío, pero yo te comencé a frotar mis manos por los brazos y por la espalda para que entres en calor más rápido. Me detuve cuando te diste vuelta, clavaste una vez más tu mirada en la mía, me dijiste gracias, sonreíste, me besaste y una vertiginosa sensación me recorrió por todo el cuerpo. Era extraño que toda esa aguda soledad que llevaba cargando hasta hacía unos pocos minutos, ahora se encuentre derrotada por tenerte entre mis brazos.
Sonreíste de una manera maravillosa y un nuevo beso nació entre los dos, un beso delicioso, labios sobre labios, tus labios unidos a los míos, tus labios entreabiertos para dejarme pasar. Nuestras bocas humedecidas jugando al juego que más le gustan y que mejor le quedan.
Las manos que también quieren participar y me recorren la espalda y te recorren la nuca, y se tocan y se encuentran y se reencuentran y se apretan con fuerza y se invitan a pasear hasta llevarnos a través de nubes y dejarnos aterrizar sobre la cama. Y los besos continúan mientras vas desabrochando cada uno de los botones de mi camisa y yo te voy quitando la remera de la tentación hasta aterrizar en el lugar exacto donde descansan los pantalones, los zapatos, y todo el ropaje tirado a lo lejos, y nosotros desnudos tirados sobre la cama.
Besos que van de un lugar a otro, y las manos que bailan acompañando nuestro baile, y mis labios besando otros labios, y tus labios recorriendo el árbol de la vida, y tus pelos todavía húmedos descansando sobre mis piernas, y mi respiración agitada haciéndote cosquillas eternas, y la mirada que lo dice todo sin decir nada, y tus gemidos que me dan la bienvenida mientras yo me dejo caer al vacío que lo es todo.
Los cuerpos de nuestras almas que se convierten en unidad en este ir y venir, y la unión y la desunión que nos vuelve a unir, y el movimiento de nuestro amor como el de un barco en alta mar, como el de un barrilete por los aires de Buenos Aires, como el de una mariposa en plena primavera. Mi boca entonces se clava en tu cuello mientras tus dedos dibujan líneas sobre mi espalda. Los dos pares de piernas se tensionan hasta terminar abrazadas como dos anacondas pasionales. Y nuestra mejor imagen encontrándose una vez más por los distintos puntos cardinales, pero sobre todo en la fortaleza y debilidad del sur...
Y el grito que anuncia el final, y el temblor de los cuerpos mostrando que siguen vivos, y la fuente que desborda, y las gotas de amor que nos tocan, y tu mirada nuevamente clavada en la mía, ahora con más brillo, ahora con más vida.
Y el sonido repetido del timbre que anuncia la presencia de…
—¿Quién es? —pregunto desde el portero eléctrico.
—¿Eduardo? —pregunta una voz masculina, anónima y metálica.
—No, equivocado —contesto ahogando la puteada necesaria y merecida.
Vuelvo mis pasos hacia atrás y el reloj me muestra que siguió avanzando pese a que mi camisa tiene todos los botones, a que la taza de café (para mí con crema) continúa vacía, y a que acabo de despertar de un sueño, de un hermoso sueño que me devuelve, sin mostrar compasión alguna, a la pesadilla de esta realidad en la que todavía no estás vos.
Cómo explicar la sensación, la sorpresa inmediata, el temblor de piernas, mi boca abierta sin poder decir una sola palabra, mi mirada congelada, mi mente sin poder llegar a comprender del todo.
Ella estaba ahí, frente a mí, clavándome su mirada clara y su sonrisa peligrosa.
—¿Puedo pasar? Hace un frío afuera…
Te hice pasar y me fui de inmediato a la cocina a preparar café (sin crema para vos).
No entendía la razón de tu presencia, pero supuse que ya habría tiempo para enterarme. Y el tiempo no se hizo esperar porque no había terminado de colocar el agua sobre la hornalla cuando tu figura se hizo presente detrás de mí. El silencio espeso lo quebré preguntándote cómo estabas y vos quebraste otra cosa al responder que con muchas ganas de verme.
Me quedé mirándote, contemplando tu hermosura, encantado de que estés acá, tan cerquita, tan indefensa, tan sincera, tan irreal.
La hornalla quedó apagada y el café (sin crema para vos) quizás para otro momento.
No sé si en verdad tenías frío, pero yo te comencé a frotar mis manos por los brazos y por la espalda para que entres en calor más rápido. Me detuve cuando te diste vuelta, clavaste una vez más tu mirada en la mía, me dijiste gracias, sonreíste, me besaste y una vertiginosa sensación me recorrió por todo el cuerpo. Era extraño que toda esa aguda soledad que llevaba cargando hasta hacía unos pocos minutos, ahora se encuentre derrotada por tenerte entre mis brazos.
Sonreíste de una manera maravillosa y un nuevo beso nació entre los dos, un beso delicioso, labios sobre labios, tus labios unidos a los míos, tus labios entreabiertos para dejarme pasar. Nuestras bocas humedecidas jugando al juego que más le gustan y que mejor le quedan.
Las manos que también quieren participar y me recorren la espalda y te recorren la nuca, y se tocan y se encuentran y se reencuentran y se apretan con fuerza y se invitan a pasear hasta llevarnos a través de nubes y dejarnos aterrizar sobre la cama. Y los besos continúan mientras vas desabrochando cada uno de los botones de mi camisa y yo te voy quitando la remera de la tentación hasta aterrizar en el lugar exacto donde descansan los pantalones, los zapatos, y todo el ropaje tirado a lo lejos, y nosotros desnudos tirados sobre la cama.
Besos que van de un lugar a otro, y las manos que bailan acompañando nuestro baile, y mis labios besando otros labios, y tus labios recorriendo el árbol de la vida, y tus pelos todavía húmedos descansando sobre mis piernas, y mi respiración agitada haciéndote cosquillas eternas, y la mirada que lo dice todo sin decir nada, y tus gemidos que me dan la bienvenida mientras yo me dejo caer al vacío que lo es todo.
Los cuerpos de nuestras almas que se convierten en unidad en este ir y venir, y la unión y la desunión que nos vuelve a unir, y el movimiento de nuestro amor como el de un barco en alta mar, como el de un barrilete por los aires de Buenos Aires, como el de una mariposa en plena primavera. Mi boca entonces se clava en tu cuello mientras tus dedos dibujan líneas sobre mi espalda. Los dos pares de piernas se tensionan hasta terminar abrazadas como dos anacondas pasionales. Y nuestra mejor imagen encontrándose una vez más por los distintos puntos cardinales, pero sobre todo en la fortaleza y debilidad del sur...
Y el grito que anuncia el final, y el temblor de los cuerpos mostrando que siguen vivos, y la fuente que desborda, y las gotas de amor que nos tocan, y tu mirada nuevamente clavada en la mía, ahora con más brillo, ahora con más vida.
Y el sonido repetido del timbre que anuncia la presencia de…
—¿Quién es? —pregunto desde el portero eléctrico.
—¿Eduardo? —pregunta una voz masculina, anónima y metálica.
—No, equivocado —contesto ahogando la puteada necesaria y merecida.
Vuelvo mis pasos hacia atrás y el reloj me muestra que siguió avanzando pese a que mi camisa tiene todos los botones, a que la taza de café (para mí con crema) continúa vacía, y a que acabo de despertar de un sueño, de un hermoso sueño que me devuelve, sin mostrar compasión alguna, a la pesadilla de esta realidad en la que todavía no estás vos.
lunes, 3 de agosto de 2009
126. paloma mensajera
Siempre fuimos muy unidos, algo compinches, bastante peleadores, demasiados hermanos y sinceramente humanos.
Los seis años de diferencia que nos llevamos Ana y yo desde que ella nació no se notan, aunque ella parezca más grande que yo, gracias a su madurez y mis aires de eternidad.
(eternidad que durará hasta que se me demuestre lo contrario)
Puedo notar que desde que está noviando con Pablo, por razones ajenas a la empresa, todo lo anterior se ha acrecentado, acentuado, profundizado para bien.
Y siempre es bueno ver y sentir bien a los que uno quiere, sobre todo cuando son personas tan cercanas a los corazones cercanos.
Estaba hablando vía celu con Ana en nada en particular cuando recordó pasarme un saludo de parte de otra persona.
—¿Sabés quién te mandó un beso? —me preguntó.
—No, pero espero que haya sido alguien sin bigote.
—Seguro. Nadia.
—¿Quién?
—Nadia. No me vas a decir que no te acordás de Nadia.
—¿Vos decís que tendría que saber de quién estás hablando?
—Nadia —volvió a repetir su nombre Ana como si no tuviera otra manera de identificarla.
Me quedé en silencio y ella tomó ese espacio auditivo para llenarlo con alguna otra característica que trajera a mi memoria a la persona que me había mandado un beso.
—Vos la conocés a Nadia. Hicimos la secundaria juntas y vino infinidades de veces a casa.
—Quizás iba cuando yo no estaba.
—Todo lo contrario… Cuando ella venía vos te quedabas y hacías gala de tus estudios en la facu.
—No lo creo —contesté con cierta curiosidad.
—Pero si a vos te regustaba.
—¿Ella?
—No, cancherear… Y también te gustaba ella, claro.
Ana hizo un paseo rápido por el pasado y me recordó que yo quedé “enamorado” de Nadia apenas la vi por primera vez. Claro que eso fue cuando ellas estaban en 3º Año del colegio secundario y yo en 1º de la Facultad.
En ese momento la diferencia de edad (de madurez? de responsabilidades? de experiencias? de gustos? de disgustos? de adoquines caminados? de vida? de etcs.?) nos alejó un poco bastante de algo que nos estaba pasando interiormente pero que decidimos no ver, no sentir, no experimentar, no exteriorizar.
Claro, pero Ana sabía que me había gustado Nadia apenas la vi y ahora me cargoseaba con ese recuerdo de alguien que no recordaba.
—Ahhh, sí, Nadia —dije con un disimulo mal actuado—. ¿Y qué dijo?
—Nada, preguntó por vos, le dije que andabas laburando y metiéndote en problemas de polleras como siempre y te mandó un beso. Simplemente eso.
—Bueno, gracias por tu honestidad brutal.
—De nada… Ah, y le pasé tu número.
Ya de noche, me quedé pensando en Nadia…
Su sonrisa, su mirada clara, sus…
Miro el celular y no tengo ningún mensaje nuevo.
Me voy a dormir…
Ya sé que voy e tener “dulces” sueños.
Los seis años de diferencia que nos llevamos Ana y yo desde que ella nació no se notan, aunque ella parezca más grande que yo, gracias a su madurez y mis aires de eternidad.
(eternidad que durará hasta que se me demuestre lo contrario)
Puedo notar que desde que está noviando con Pablo, por razones ajenas a la empresa, todo lo anterior se ha acrecentado, acentuado, profundizado para bien.
Y siempre es bueno ver y sentir bien a los que uno quiere, sobre todo cuando son personas tan cercanas a los corazones cercanos.
Estaba hablando vía celu con Ana en nada en particular cuando recordó pasarme un saludo de parte de otra persona.
—¿Sabés quién te mandó un beso? —me preguntó.
—No, pero espero que haya sido alguien sin bigote.
—Seguro. Nadia.
—¿Quién?
—Nadia. No me vas a decir que no te acordás de Nadia.
—¿Vos decís que tendría que saber de quién estás hablando?
—Nadia —volvió a repetir su nombre Ana como si no tuviera otra manera de identificarla.
Me quedé en silencio y ella tomó ese espacio auditivo para llenarlo con alguna otra característica que trajera a mi memoria a la persona que me había mandado un beso.
—Vos la conocés a Nadia. Hicimos la secundaria juntas y vino infinidades de veces a casa.
—Quizás iba cuando yo no estaba.
—Todo lo contrario… Cuando ella venía vos te quedabas y hacías gala de tus estudios en la facu.
—No lo creo —contesté con cierta curiosidad.
—Pero si a vos te regustaba.
—¿Ella?
—No, cancherear… Y también te gustaba ella, claro.
Ana hizo un paseo rápido por el pasado y me recordó que yo quedé “enamorado” de Nadia apenas la vi por primera vez. Claro que eso fue cuando ellas estaban en 3º Año del colegio secundario y yo en 1º de la Facultad.
En ese momento la diferencia de edad (de madurez? de responsabilidades? de experiencias? de gustos? de disgustos? de adoquines caminados? de vida? de etcs.?) nos alejó un poco bastante de algo que nos estaba pasando interiormente pero que decidimos no ver, no sentir, no experimentar, no exteriorizar.
Claro, pero Ana sabía que me había gustado Nadia apenas la vi y ahora me cargoseaba con ese recuerdo de alguien que no recordaba.
—Ahhh, sí, Nadia —dije con un disimulo mal actuado—. ¿Y qué dijo?
—Nada, preguntó por vos, le dije que andabas laburando y metiéndote en problemas de polleras como siempre y te mandó un beso. Simplemente eso.
—Bueno, gracias por tu honestidad brutal.
—De nada… Ah, y le pasé tu número.
Ya de noche, me quedé pensando en Nadia…
Su sonrisa, su mirada clara, sus…
Miro el celular y no tengo ningún mensaje nuevo.
Me voy a dormir…
Ya sé que voy e tener “dulces” sueños.
viernes, 31 de julio de 2009
125. cena de negocios
Todavía falta para la hora exacta del compromiso inquebrantable al cual debo presentarme. Recostado en mi sillón, tan favorito como único, trato de pensar una excusa apropiada para no tener que ir. Un buen disco de jazz entrando por un oído con una copa de algo en la otra mano, va creando el ambiente ideal para mis pensamientos oscuros. Trato de relajarme pero no lo logro. Me encuentro casi en la obligación de asistir a otra estúpida e innecesaria cena de negocios.
Mi querido jefe realizó un par de operaciones malas y gastó un dinero que se fue de sus arcas casi sin llegar a darse cuenta (o tal vez sí, pero no lo quiso ver).
Ahora que estoy metido en el negocio ajeno más de lo que mi cuello desea, no sé cómo pero me vi embarcado por propia voluntad a hablar con una persona para intentar revertir esta situación financiera y apretada. Y esa es la razón exacta por la que hoy viernes tengo que presentarme puntualmente a la exquisita casa del señor Horacio, con mi mejor traje, mi mejor sonrisa, y con mis mejores palabras falsas para que acepte firmar el ansiado y esperado cheque salvador.
Pero yo ya conozco estas cenas de negocios...
Pareciera que, según la cantidad de billetes que se necesitan, menor es la porción de lo que se sirve.
La plata la gastan en copas preciosas pero llenos de vinos mediocres extraídos de bodegas mediocres.
Y en los mejores platos se sirven comidas desconocidas de gustos extraños.
En fin… La humillación es tan aguda como eterna.
Con la ayuda de un pequeño mapa electrónico arribo a la dirección precisa con sólo veinte minutos de retraso. La puerta se abre como por arte de magia y, una alfombra de desordenados pelos grises, me indica el camino hacia la recepción.
Paso por el costado de unas cortinas puestas para la ocasión y al llegar al centro de la sala principal me encuentro con la presencia de una veintena de extraños personajes que por alguna extraña razón, me resultan conocidos.
De pronto y sin ningún disimulo se acerca a mí, con los brazos extendidos y una sonrisa demasiada amplia, el señor Horacio. Me saluda como si nos conociéramos de siempre, de toda la vida y algo más. Agradece mi presencia y me acerca una pequeña copa de un trago que tiene un color que no logro reconocer. Con la ayuda de una respetuosa y fuerte palmada en mi espalda, la bebida pasa con prisa del interior de la copa a mi propio interior sin hacer escala alguna.
El calor se hace sentir y las luces comienzan a girar.
Sentados a una mesa tan larga como las horas de pena, por pedido del anfitrión tomo lugar a su lado y, haciendo sonar una campanilla de voz aguda, se hace presente el personal de cocina con bandejas de plata que esconden en su interior las mejores comidas típicas de los países menos típicos.
Desde jarras infinitas las copas de todos los presentes son desbordadas de vinos sacados de las uvas del Paraíso que traen señoritas de poco ropaje.
Una de las chicas que se encuentra vestida con rouge, se acerca y toma mi saco para colgarlo de una de la centena de estatuas que se encuentran en el corredor del fondo.
Desde un ventanal ubicado de manera estratégica, se puede observar una fuente en la que se encuentra un sinnúmero de angelitos arrojando agua desde sus pequeñas bocas en forma de “o”. Y justo del otro lado, una orquesta de exquisitos músicos y delicados instrumentos ejecutan con excepcional maestría clásicos de jazz para que acompañe de fondo las palabras sin sentido que podemos llegar a decir.
Y mientras me quedo escuchando estas temas jazzeros que tanto disfruto recostado en mi sillón, me doy cuenta gracias al reloj de pared que se encuentra firme delante de mí, que se hizo demasiado tarde para asistir a la cena de negocios en la casa del señor Horacio.
Espero que sepa disculpar mi presente ausencia y que comprenda que, sinceramente, no logro soportar esas aburridas y rutinarias cenas de negocios en las que ciertos favores, se deben pagar a un precio demasiado alto.
Y lo que es peor… Sin que valga verdaderamente la pena.
Mi querido jefe realizó un par de operaciones malas y gastó un dinero que se fue de sus arcas casi sin llegar a darse cuenta (o tal vez sí, pero no lo quiso ver).
Ahora que estoy metido en el negocio ajeno más de lo que mi cuello desea, no sé cómo pero me vi embarcado por propia voluntad a hablar con una persona para intentar revertir esta situación financiera y apretada. Y esa es la razón exacta por la que hoy viernes tengo que presentarme puntualmente a la exquisita casa del señor Horacio, con mi mejor traje, mi mejor sonrisa, y con mis mejores palabras falsas para que acepte firmar el ansiado y esperado cheque salvador.
Pero yo ya conozco estas cenas de negocios...
Pareciera que, según la cantidad de billetes que se necesitan, menor es la porción de lo que se sirve.
La plata la gastan en copas preciosas pero llenos de vinos mediocres extraídos de bodegas mediocres.
Y en los mejores platos se sirven comidas desconocidas de gustos extraños.
En fin… La humillación es tan aguda como eterna.
Con la ayuda de un pequeño mapa electrónico arribo a la dirección precisa con sólo veinte minutos de retraso. La puerta se abre como por arte de magia y, una alfombra de desordenados pelos grises, me indica el camino hacia la recepción.
Paso por el costado de unas cortinas puestas para la ocasión y al llegar al centro de la sala principal me encuentro con la presencia de una veintena de extraños personajes que por alguna extraña razón, me resultan conocidos.
De pronto y sin ningún disimulo se acerca a mí, con los brazos extendidos y una sonrisa demasiada amplia, el señor Horacio. Me saluda como si nos conociéramos de siempre, de toda la vida y algo más. Agradece mi presencia y me acerca una pequeña copa de un trago que tiene un color que no logro reconocer. Con la ayuda de una respetuosa y fuerte palmada en mi espalda, la bebida pasa con prisa del interior de la copa a mi propio interior sin hacer escala alguna.
El calor se hace sentir y las luces comienzan a girar.
Sentados a una mesa tan larga como las horas de pena, por pedido del anfitrión tomo lugar a su lado y, haciendo sonar una campanilla de voz aguda, se hace presente el personal de cocina con bandejas de plata que esconden en su interior las mejores comidas típicas de los países menos típicos.
Desde jarras infinitas las copas de todos los presentes son desbordadas de vinos sacados de las uvas del Paraíso que traen señoritas de poco ropaje.
Una de las chicas que se encuentra vestida con rouge, se acerca y toma mi saco para colgarlo de una de la centena de estatuas que se encuentran en el corredor del fondo.
Desde un ventanal ubicado de manera estratégica, se puede observar una fuente en la que se encuentra un sinnúmero de angelitos arrojando agua desde sus pequeñas bocas en forma de “o”. Y justo del otro lado, una orquesta de exquisitos músicos y delicados instrumentos ejecutan con excepcional maestría clásicos de jazz para que acompañe de fondo las palabras sin sentido que podemos llegar a decir.
Y mientras me quedo escuchando estas temas jazzeros que tanto disfruto recostado en mi sillón, me doy cuenta gracias al reloj de pared que se encuentra firme delante de mí, que se hizo demasiado tarde para asistir a la cena de negocios en la casa del señor Horacio.
Espero que sepa disculpar mi presente ausencia y que comprenda que, sinceramente, no logro soportar esas aburridas y rutinarias cenas de negocios en las que ciertos favores, se deben pagar a un precio demasiado alto.
Y lo que es peor… Sin que valga verdaderamente la pena.
miércoles, 29 de julio de 2009
124. almanaques cambiados
Llegué a casa queriendo ver si daban la repetición del partido que hoy jugó Boca contra el Manchester al mediodía.
En el ascensor me encuentro con Sebas que justo iba a visitarme sin ninguna razón en especial.
—¿Ibas a hacer algo? —me pregunta sabiendo que mi respuesta no cambiaría su compañía.
—Quería ver si televisaban el partido de Boca.
—Perdió 2 a 1.
—Sí, ya lo sé —contesté, aunque en realidad no sabía el resultado.
Sebas seguía dolido por el campeonato que se le fue a Huracán, y ahora renegaba contra el fútbol y sus simpatizantes. Sabiendo que ese era el humor que traía, que no me iba a dejar mirar tranquilo el partido y que además Boca perdió, lo mejor era dedicarme a otra cosa.
—¿Hacés algo para tomar? —le pregunté invitándolo a la cocina a que vaya a hacer una de las cosas que mejor hace.
No me había terminado de acomodar cuando suena el timbre y adiviné quién estaba del otro lado.
Pablo hizo su entrada protestando mientras agitaba sus brazos en un continuo movimiento frenético y decía:
—¡No puede ser! ¿Quién inventó eso de cambiar las fechas? Al final es todo muy confuso y se pierde la exactitud de la historia y…
—Pará, nene. ¿De qué estás hablando?
—¿Cómo van a pasar el día del amigo para el 20 de agosto por esto de la gripe? Es una locura!!!
—Pero si nosotros nos reunimos en lo de Lore. O acaso no estuvimos viendo el documental ese que trajiste sobre la llegada del hombre a la Luna y toda su ficción.
—Muy bueno, por cierto —acotó Sebas preparando un trago más para el invitado sorpresa.
—Sí, me acuerdo —siguió Pablo con su queja—, pero no puede ser que los cumpleaños se festejen tres días después, que las fechas patrias se corran a los lunes o viernes más próximos, y así todo.
—Pablo, Pablito… ¿Cuál es el problema? —le pregunté queriendo saber la verdadera razón de su problema.
—Es fácil, si esto sigue así, la Navidad la vamos a festejar en enero, el día de la primavera en octubre, los reyes magos vendrán en febrero, el otoño comenzará en julio, la revolución de mayo se celebrará en junio, y así las fechas recordadas no serán las fechas vividas.
Sebas le alcanzó el trago prestándole atención a su teoría almanaquil, pero yo sabía que algo extraño había en todo esto, por lo que indagué un poco más…
—Y… estos cambios de fecha… ¿en qué te perjudican?
—Bueno —dijo Pablo después de vaciarse el trago de un trago—, es que la semana pasada cumplimos meses con tu hermana y… Vos viste lo importante que son estas cosas al principio para ellas, y…
—Y…? —preguntamos Sebas y yo a dúo.
—Y que no entró en razones cuando recién hoy la saludé argumentando que todo el mundo festejaba todo días después.
Hace tiempo que no le doy bolilla a las fechas (más que nada por ausencia de memoria y de agendas) sin embargo aprendí a estar un poquitititto alerta a los tiempos que me tocaron compartir con otras mujeres.
Y aunque tengo fechas guardadas que ya no significan nada (ni siquiera un simple festejo) las sigo guardando en honor a esos tiempos en que fueron tan importantes como para merecer en buen brindis
En el ascensor me encuentro con Sebas que justo iba a visitarme sin ninguna razón en especial.
—¿Ibas a hacer algo? —me pregunta sabiendo que mi respuesta no cambiaría su compañía.
—Quería ver si televisaban el partido de Boca.
—Perdió 2 a 1.
—Sí, ya lo sé —contesté, aunque en realidad no sabía el resultado.
Sebas seguía dolido por el campeonato que se le fue a Huracán, y ahora renegaba contra el fútbol y sus simpatizantes. Sabiendo que ese era el humor que traía, que no me iba a dejar mirar tranquilo el partido y que además Boca perdió, lo mejor era dedicarme a otra cosa.
—¿Hacés algo para tomar? —le pregunté invitándolo a la cocina a que vaya a hacer una de las cosas que mejor hace.
No me había terminado de acomodar cuando suena el timbre y adiviné quién estaba del otro lado.
Pablo hizo su entrada protestando mientras agitaba sus brazos en un continuo movimiento frenético y decía:
—¡No puede ser! ¿Quién inventó eso de cambiar las fechas? Al final es todo muy confuso y se pierde la exactitud de la historia y…
—Pará, nene. ¿De qué estás hablando?
—¿Cómo van a pasar el día del amigo para el 20 de agosto por esto de la gripe? Es una locura!!!
—Pero si nosotros nos reunimos en lo de Lore. O acaso no estuvimos viendo el documental ese que trajiste sobre la llegada del hombre a la Luna y toda su ficción.
—Muy bueno, por cierto —acotó Sebas preparando un trago más para el invitado sorpresa.
—Sí, me acuerdo —siguió Pablo con su queja—, pero no puede ser que los cumpleaños se festejen tres días después, que las fechas patrias se corran a los lunes o viernes más próximos, y así todo.
—Pablo, Pablito… ¿Cuál es el problema? —le pregunté queriendo saber la verdadera razón de su problema.
—Es fácil, si esto sigue así, la Navidad la vamos a festejar en enero, el día de la primavera en octubre, los reyes magos vendrán en febrero, el otoño comenzará en julio, la revolución de mayo se celebrará en junio, y así las fechas recordadas no serán las fechas vividas.
Sebas le alcanzó el trago prestándole atención a su teoría almanaquil, pero yo sabía que algo extraño había en todo esto, por lo que indagué un poco más…
—Y… estos cambios de fecha… ¿en qué te perjudican?
—Bueno —dijo Pablo después de vaciarse el trago de un trago—, es que la semana pasada cumplimos meses con tu hermana y… Vos viste lo importante que son estas cosas al principio para ellas, y…
—Y…? —preguntamos Sebas y yo a dúo.
—Y que no entró en razones cuando recién hoy la saludé argumentando que todo el mundo festejaba todo días después.
Hace tiempo que no le doy bolilla a las fechas (más que nada por ausencia de memoria y de agendas) sin embargo aprendí a estar un poquitititto alerta a los tiempos que me tocaron compartir con otras mujeres.
Y aunque tengo fechas guardadas que ya no significan nada (ni siquiera un simple festejo) las sigo guardando en honor a esos tiempos en que fueron tan importantes como para merecer en buen brindis
lunes, 27 de julio de 2009
123. renovación (& revolución)
El tiempo pasa y nosotros muchas veces con él.
Varios días algo desaparecido de escritura y se puede culpar a cientos de motivos, sin embargo, todo se centra en uno solo.
Los últimos tiempos hubo un quiebre de algo, tanto del lado de afuera como interiormente.
De aquel lado se puede nombrar el cambio de laburo, las extensiones horarias, el tumor de Luís, nuevas responsabilidades, etc. De este otro lado (cerca del cuore) está el darme cuenta que a pesar de la risa sincera, la tristeza me estaba invadiendo.
Algunos amigos cibernéticos y otros de carne y hueso lo notaron y me lo hicieron saber y ver
(queda demostrado que las palabras escritas desnudan el alma)
Después de un tiempo que me pareció más largo del que pasó realmente, después de la paranoia de los barbijos, después de nevadas y nadas, después de las amistades de siempre y algunas nuevas, después de todo y ante la nada, acá voy otra vez con la consigna escrita por un amigo, anotada frente al monitor:
“escribir en el blog como en tu diario personal más salvaje”
—¿Y los lectores? —pregunté yo desconcertado.
—Pero es que no tenés que hacer una terapia pública. Para eso acostate en un diván en medio de la cancha de Boca.
—Bueno, esa es una fantasía pendiente, pero no con un diván, jejeje.
—A vos escribir te hace bien, y en estos tiempos algo densos, tenés que descargar todo eso que tenés adentro y que evidentemente te pesa demasiado.
—¿Vos sos psicólogo?
—No, soy tu amigo.
(¿hace falta agregar algo más?)
Luís sigue con sus estudios combatiendo al maldito tumor.
Dentro de un mes le hacen estudios para ver cómo va todo.
Y más allá de la quimio, rayos y pastillajes, el ánimo por arriba y la fe verdadera son grandes aliados que estoy seguro van a determinar el buen final de esta batalla.
Mientras tanto, alrededor de mi vida y a pesar de la escasez de horas diarias, siguen estando mis amores, mis grandes amores que me acompañan, bancan y demás buenas acciones, y también esas situaciones que sigo viviendo como gratas sorpresas que aparecen en las esquinas menos pensadas.
Acá estoy, nuevamente (nuevospensamientos), reconociendo a la imagen en el espejo, aunque esta sea tan terriblemente sincera por las mañanas.
Acá estoy, aunque algunos juren que me había ido.
Acá estoy, porque siempre hay un regreso.
Acá estoy, simplemente, porque acá estoy.
Varios días algo desaparecido de escritura y se puede culpar a cientos de motivos, sin embargo, todo se centra en uno solo.
Los últimos tiempos hubo un quiebre de algo, tanto del lado de afuera como interiormente.
De aquel lado se puede nombrar el cambio de laburo, las extensiones horarias, el tumor de Luís, nuevas responsabilidades, etc. De este otro lado (cerca del cuore) está el darme cuenta que a pesar de la risa sincera, la tristeza me estaba invadiendo.
Algunos amigos cibernéticos y otros de carne y hueso lo notaron y me lo hicieron saber y ver
(queda demostrado que las palabras escritas desnudan el alma)
Después de un tiempo que me pareció más largo del que pasó realmente, después de la paranoia de los barbijos, después de nevadas y nadas, después de las amistades de siempre y algunas nuevas, después de todo y ante la nada, acá voy otra vez con la consigna escrita por un amigo, anotada frente al monitor:
“escribir en el blog como en tu diario personal más salvaje”
—¿Y los lectores? —pregunté yo desconcertado.
—Pero es que no tenés que hacer una terapia pública. Para eso acostate en un diván en medio de la cancha de Boca.
—Bueno, esa es una fantasía pendiente, pero no con un diván, jejeje.
—A vos escribir te hace bien, y en estos tiempos algo densos, tenés que descargar todo eso que tenés adentro y que evidentemente te pesa demasiado.
—¿Vos sos psicólogo?
—No, soy tu amigo.
(¿hace falta agregar algo más?)
Luís sigue con sus estudios combatiendo al maldito tumor.
Dentro de un mes le hacen estudios para ver cómo va todo.
Y más allá de la quimio, rayos y pastillajes, el ánimo por arriba y la fe verdadera son grandes aliados que estoy seguro van a determinar el buen final de esta batalla.
Mientras tanto, alrededor de mi vida y a pesar de la escasez de horas diarias, siguen estando mis amores, mis grandes amores que me acompañan, bancan y demás buenas acciones, y también esas situaciones que sigo viviendo como gratas sorpresas que aparecen en las esquinas menos pensadas.
Acá estoy, nuevamente (nuevospensamientos), reconociendo a la imagen en el espejo, aunque esta sea tan terriblemente sincera por las mañanas.
Acá estoy, aunque algunos juren que me había ido.
Acá estoy, porque siempre hay un regreso.
Acá estoy, simplemente, porque acá estoy.
sábado, 11 de julio de 2009
122. desde el diván (II)
Últimamente los tiempos no me acompañan. O mejor dicho, están todo el tiempo conmigo, manteniéndome ocupadísimo.
Anoche, trece horas y media después de salir de casa, pensaba en la contradicción del 9 de julio patrio y su “Día de la Independencia”.
Por lo menos cuando yo estaba buscando la vuelta de meterme en un proyecto propio y no depender de terceros en discordia, de cuartos encerrados, de quintas ajenas, de sextos repletos, y séptimos regimientos, me encontré con mi vida atada con un triple nudo marinero.
Por suerte, sigo contando con la bendición de los amigos, de la buena música de fondo, y de mi balcón a siete pisos de la realidad.
El miércoles por la noche, sabiendo que el feriado me regalaba un poco de oxígeno y descanso, me preparé un trago de “nomeacuerdoqué” y me senté frente a la compu con la intención de releer un trabajito de escritura que tenía pendiente. Sin embargo, tenía algo más interesante que leer…
Entre los mensajes de correo había uno de mi psico, que según parece está muy bien instalado en el viejo continente. Y aunque por mi parte yo lo tenía olvidado, parece que él sigue con su extraña terapia de leer “mi vida a diario” y cada mil años mandarme una devolución psicológica.
Es la segunda en el año, y ahí van los párrafos más interesantes de su análisis:
“La situación que se le presentó de manera tan repentina a Luís te desestabilizó en varios sentidos. Por una parte el lado laboral, en el que no te encontrás satisfecho económicamente ni haciendo lo que te gusta o más sabés hacer; y por otra parte tu estilo de vida, en el que te sentís lejos de tus seres queridos y cargando una mochila de la que te hiciste cargo pero te sentís un tanto ajeno a ella como a su carga.
“Las balanzas son creencias de cada uno. En las malas nos hacen creer que anteriormente tuvimos un buen período de vida y ahora nos merecemos esta parte del sendero. O también actúa como esperanza, sintiendo que luego de pasar esta parte oscura, vendrán las luces de colores a poner buen ritmo y obligarnos a cambiar el paso. Sin embargo, con sus riesgos, seguimos siendo libres en las elecciones y vos elegiste dar una enorme mano aunque sientas que con ella se fue también tu codo, tu hombro y otras partes importantes y valiosas de vos.
“La energía la llenan esos seres maravillosos que tenés tan cerca y que llamás amigos. Y la ausencia de ese tiempo personal no logra el descuido entre ustedes. Se siguen buscando y, lo que es aún mejor, encontrando.
“Sin darte cuenta, o dejándolo pasar por alto, estás en plena abstinencia del sexo femenino. Pero no hago total referencia a relaciones sexuales, sino a que me resulta muy llamativo que no expreses (si es que lo has hecho y no escrito) comunicación-preocupación alguna por: Lucía y su embarazo – Valeria y su novio del sur – Julieta y su desaparición mediática – Fernanda y su vida, etc.
“Seguís actuando con el corazón y pese a los problemas que sentís que este te ha causado, también es el que te acompaña en las acciones que realizás y que te convierten, muy a tu pesar, en una persona de bien.
“Estás buscando tiempo. Mejor dicho, TU TIEMPO, que es el que sentís ausente. Sin embargo, no dejás por un minuto de ser vos, por más que no escribas diariamente, por más que te quedes en silencio, por más que sientas que el aire oxigenado no te llega a los pulmones. El tiempo también sos vos. Vos sos el tiempo en que estás. Es cuestión de que no pierdas la imagen frente al espejo, tu propia y exclusiva identidad, tu valiosa forma de ser, tu valiosa forma de ser vos mismo.
La terapia a distancia tiene de bueno que uno ya se encuentra en su casa, con el segundo trago casi vacío, con música que acompañe, con la mirada desde la altura del séptimo piso, con algunas lágrimas de descarga a solas y a escondidas de la imagen en el espejo.
Anoche, trece horas y media después de salir de casa, pensaba en la contradicción del 9 de julio patrio y su “Día de la Independencia”.
Por lo menos cuando yo estaba buscando la vuelta de meterme en un proyecto propio y no depender de terceros en discordia, de cuartos encerrados, de quintas ajenas, de sextos repletos, y séptimos regimientos, me encontré con mi vida atada con un triple nudo marinero.
Por suerte, sigo contando con la bendición de los amigos, de la buena música de fondo, y de mi balcón a siete pisos de la realidad.
El miércoles por la noche, sabiendo que el feriado me regalaba un poco de oxígeno y descanso, me preparé un trago de “nomeacuerdoqué” y me senté frente a la compu con la intención de releer un trabajito de escritura que tenía pendiente. Sin embargo, tenía algo más interesante que leer…
Entre los mensajes de correo había uno de mi psico, que según parece está muy bien instalado en el viejo continente. Y aunque por mi parte yo lo tenía olvidado, parece que él sigue con su extraña terapia de leer “mi vida a diario” y cada mil años mandarme una devolución psicológica.
Es la segunda en el año, y ahí van los párrafos más interesantes de su análisis:
“La situación que se le presentó de manera tan repentina a Luís te desestabilizó en varios sentidos. Por una parte el lado laboral, en el que no te encontrás satisfecho económicamente ni haciendo lo que te gusta o más sabés hacer; y por otra parte tu estilo de vida, en el que te sentís lejos de tus seres queridos y cargando una mochila de la que te hiciste cargo pero te sentís un tanto ajeno a ella como a su carga.
“Las balanzas son creencias de cada uno. En las malas nos hacen creer que anteriormente tuvimos un buen período de vida y ahora nos merecemos esta parte del sendero. O también actúa como esperanza, sintiendo que luego de pasar esta parte oscura, vendrán las luces de colores a poner buen ritmo y obligarnos a cambiar el paso. Sin embargo, con sus riesgos, seguimos siendo libres en las elecciones y vos elegiste dar una enorme mano aunque sientas que con ella se fue también tu codo, tu hombro y otras partes importantes y valiosas de vos.
“La energía la llenan esos seres maravillosos que tenés tan cerca y que llamás amigos. Y la ausencia de ese tiempo personal no logra el descuido entre ustedes. Se siguen buscando y, lo que es aún mejor, encontrando.
“Sin darte cuenta, o dejándolo pasar por alto, estás en plena abstinencia del sexo femenino. Pero no hago total referencia a relaciones sexuales, sino a que me resulta muy llamativo que no expreses (si es que lo has hecho y no escrito) comunicación-preocupación alguna por: Lucía y su embarazo – Valeria y su novio del sur – Julieta y su desaparición mediática – Fernanda y su vida, etc.
“Seguís actuando con el corazón y pese a los problemas que sentís que este te ha causado, también es el que te acompaña en las acciones que realizás y que te convierten, muy a tu pesar, en una persona de bien.
“Estás buscando tiempo. Mejor dicho, TU TIEMPO, que es el que sentís ausente. Sin embargo, no dejás por un minuto de ser vos, por más que no escribas diariamente, por más que te quedes en silencio, por más que sientas que el aire oxigenado no te llega a los pulmones. El tiempo también sos vos. Vos sos el tiempo en que estás. Es cuestión de que no pierdas la imagen frente al espejo, tu propia y exclusiva identidad, tu valiosa forma de ser, tu valiosa forma de ser vos mismo.
La terapia a distancia tiene de bueno que uno ya se encuentra en su casa, con el segundo trago casi vacío, con música que acompañe, con la mirada desde la altura del séptimo piso, con algunas lágrimas de descarga a solas y a escondidas de la imagen en el espejo.
domingo, 5 de julio de 2009
121. globo pinchado
Sabía que en cualquier momento iba a aparecer.
Y si no lo hacía, respetaría su ausencia, simplemente, porque sé de que se trata.
Durante nuestros encuentros siempre salía el tema obligado de su alma, y lo escuchaba sin poder contradecirlo en nada.
Además yo no tenía mucho por decir de mi parte.
Se trataba de un David contra un Goliat de menor tamaño, pero Goliat al fin.
Y ahí estaba él mostrando su orgullo, sus ganas de gritar y dar a conocer su felicidad por la fidelidad contra viento y marea y el aguante hasta cuando el fondo quedaba más abajo.
Sabía que podía aparecerse de un momento a otro.
La lluvia con granizo fue una señal inentendible que ahora, con el resultado puesto, era más evidente su significado.
Y el maleficio que hizo añicos las cábalas, la fe, y demás sentimientos inexplicables.
Estaba preparado para recibirlo, escucharlo y hacerle pasar rápido el mal trago si decidía compartir su dolor interior.
El golpe en la puerta fue casi imperceptible, pero yo me encontraba atento sabiendo que podía tener esa misma intensidad.
Me apuré a abrir la puerta para terminar rápido con su soledad más extrema, con su aguda desprotección, con su grito ahogado.
Entró al depto sin decir nada, caminando como un zombi despertado de un golpe mortal.
Su mirada perdida dejaba ver el camino de las lágrimas de hombre abatido por la guerra ganada por el otro. No por el enemigo, sino por la injusticia.
Se dejó caer en el sillón sabiendo que el descenso anímico llegaría al dolor del infierno.
Para calmar ese doloroso fuego le alcancé un trago fuerte que le devolviera el ánimo a su cuerpo.
Sin embargo sabía que el tiempo sería, una vez más, el que curaría las heridas, el desaliento, la desilusión, el desconcierto, el sopapo certero.
—No lo puedo creer —dijo con un hilo de voz.
—Sí, lo vi y… y es increíble lo que sucedió —dije teniendo en cuenta que otras palabras no servirían de nada en este momento.
—Diez minutos… Diez minutos faltaban y no… —y no terminó la frase por la angustia atravesada en su cuello, en su boca, en su estómago y en su corazón.
Los segundos en silencio parecían infinitos, pero realmente no había mucho que decir.
Sebas es hincha de Huracán.
Pinchado como un globo se fue a su depto a terminar de realizar el luto por el campeonato perdido.
Vélez fue el campeón y Cris es hincha de este equipo.
Le envié un mensaje felicitándolo por el triunfo.
Su respuesta fue:
“Ah, gracias,
no sabía.
No lo vi el partido”
Así es el fútbol, y cada uno lo vive a su manera.
Y si no lo hacía, respetaría su ausencia, simplemente, porque sé de que se trata.
Durante nuestros encuentros siempre salía el tema obligado de su alma, y lo escuchaba sin poder contradecirlo en nada.
Además yo no tenía mucho por decir de mi parte.
Se trataba de un David contra un Goliat de menor tamaño, pero Goliat al fin.
Y ahí estaba él mostrando su orgullo, sus ganas de gritar y dar a conocer su felicidad por la fidelidad contra viento y marea y el aguante hasta cuando el fondo quedaba más abajo.
Sabía que podía aparecerse de un momento a otro.
La lluvia con granizo fue una señal inentendible que ahora, con el resultado puesto, era más evidente su significado.
Y el maleficio que hizo añicos las cábalas, la fe, y demás sentimientos inexplicables.
Estaba preparado para recibirlo, escucharlo y hacerle pasar rápido el mal trago si decidía compartir su dolor interior.
El golpe en la puerta fue casi imperceptible, pero yo me encontraba atento sabiendo que podía tener esa misma intensidad.
Me apuré a abrir la puerta para terminar rápido con su soledad más extrema, con su aguda desprotección, con su grito ahogado.
Entró al depto sin decir nada, caminando como un zombi despertado de un golpe mortal.
Su mirada perdida dejaba ver el camino de las lágrimas de hombre abatido por la guerra ganada por el otro. No por el enemigo, sino por la injusticia.
Se dejó caer en el sillón sabiendo que el descenso anímico llegaría al dolor del infierno.
Para calmar ese doloroso fuego le alcancé un trago fuerte que le devolviera el ánimo a su cuerpo.
Sin embargo sabía que el tiempo sería, una vez más, el que curaría las heridas, el desaliento, la desilusión, el desconcierto, el sopapo certero.
—No lo puedo creer —dijo con un hilo de voz.
—Sí, lo vi y… y es increíble lo que sucedió —dije teniendo en cuenta que otras palabras no servirían de nada en este momento.
—Diez minutos… Diez minutos faltaban y no… —y no terminó la frase por la angustia atravesada en su cuello, en su boca, en su estómago y en su corazón.
Los segundos en silencio parecían infinitos, pero realmente no había mucho que decir.
Sebas es hincha de Huracán.
Pinchado como un globo se fue a su depto a terminar de realizar el luto por el campeonato perdido.
Vélez fue el campeón y Cris es hincha de este equipo.
Le envié un mensaje felicitándolo por el triunfo.
Su respuesta fue:
“Ah, gracias,
no sabía.
No lo vi el partido”
Así es el fútbol, y cada uno lo vive a su manera.
viernes, 3 de julio de 2009
120. aire puro
Intenté hacer todo lo más rápido posible, pero se sabe que cuando uno necesita avanzar, al mundo se le ocurre tener un embotellamiento en el camino elegido.
Y debo confesar que me cansa más estar clavado en medio de la ciudad y sin salida de emergencia que darle para adelante por el camino infinito.
Mis días están comenzando demasiado temprano e intento no perder la sonrisa por el camino, sobre todo cuando estoy acompañado de Luís.
Y aunque él está confiado en que todo va a salir bien, necesita que el aire esté limpio. No me refiero a las diversas gripes que andan por ahí, sino a que su cabeza no se llene de malos pensamientos.
Entiendo que debe ser difícil no imaginar…
Entonces le digo (convencido) que todo va a salir bien y él, a su manera, me lo agradece.
Hoy necesitaba y quería llegar temprano a casa.
Y cuando finalmente lo hice, mandé un mensaje de texto.
“ya estoy, cuando quieras…”
Comencé a desvestirme y me sumergí en una ducha reparadora.
Estuve media hora dejando que las gotas cayeran con fuerza sobre mi cuerpo, sobre todo mi ser.
Necesita purificarme de la ciudad y de una semana que todavía no termina (mañana sábado será también un largo día de trabajo), pero esta noche tenía y quería estar bien.
Ella vendría a casa y quería estar espléndido para ella.
El celu me avisa que tengo un mensaje:
“en camino”
Me afeité, me perfume y me puse ropa cómoda.
Llamé a la pizzería y encargué la comida y la bebida.
Quería ganar tiempo pero además… conozco sus gustos.
Acomodé la habitación, el sillón, y busqué algunas pelis para que elijamos y podamos mirar juntos.
Ya estaba todo armado para recibirla, y pensando en que esta noche la pasaría con ella, sentía como si me estuviera oxigenando del aire más puro de la región.
Sonó el timbre y sabía que ella ya estaba acá.
Abrí la puerta y junto a su sonrisa se me abalanzó al cuello y me dio un beso hermosamente poderoso.
—¡Hola tío!
—¡Hola Tami!
—Che, ¿y a nosotros no nos saludás? —preguntó Pablo con una sonrisa junto a la sonrisa de Ana.
Ana salía con Pablo y me preguntó si podía quedarme esta noche con Tami.
Mi respuesta positiva era más que obvia.
Hacía tiempo que no estaba con mi adorada sobrina, y su presencia me llenaba de energía.
—Bueno, vayan tranquis y cuídense —les dije despidiéndolos.
—Siempre me cuido y además por ahora no le estamos buscando hermanito a Tami—contestó Pablo sabiendo muy bien que mi “cuídense” se refería a la gripe.
—Ya nos volveremos a encontrar —lo amenacé con dulzura.
—En cualquier momento llega la pizza así es que andá eligiendo la peli que querés que veamos.
—¿Podemos ver “El rey león”? —quiso saber Tami teniendo en cuenta que la vimos unas 28734691356197023485 veces.
—Claro, acordate que vos sos la reina de la casa.
Hay un reino que tiene final feliz…
Hoy, esta noche, es uno de ellos…
Y debo confesar que me cansa más estar clavado en medio de la ciudad y sin salida de emergencia que darle para adelante por el camino infinito.
Mis días están comenzando demasiado temprano e intento no perder la sonrisa por el camino, sobre todo cuando estoy acompañado de Luís.
Y aunque él está confiado en que todo va a salir bien, necesita que el aire esté limpio. No me refiero a las diversas gripes que andan por ahí, sino a que su cabeza no se llene de malos pensamientos.
Entiendo que debe ser difícil no imaginar…
Entonces le digo (convencido) que todo va a salir bien y él, a su manera, me lo agradece.
Hoy necesitaba y quería llegar temprano a casa.
Y cuando finalmente lo hice, mandé un mensaje de texto.
“ya estoy, cuando quieras…”
Comencé a desvestirme y me sumergí en una ducha reparadora.
Estuve media hora dejando que las gotas cayeran con fuerza sobre mi cuerpo, sobre todo mi ser.
Necesita purificarme de la ciudad y de una semana que todavía no termina (mañana sábado será también un largo día de trabajo), pero esta noche tenía y quería estar bien.
Ella vendría a casa y quería estar espléndido para ella.
El celu me avisa que tengo un mensaje:
“en camino”
Me afeité, me perfume y me puse ropa cómoda.
Llamé a la pizzería y encargué la comida y la bebida.
Quería ganar tiempo pero además… conozco sus gustos.
Acomodé la habitación, el sillón, y busqué algunas pelis para que elijamos y podamos mirar juntos.
Ya estaba todo armado para recibirla, y pensando en que esta noche la pasaría con ella, sentía como si me estuviera oxigenando del aire más puro de la región.
Sonó el timbre y sabía que ella ya estaba acá.
Abrí la puerta y junto a su sonrisa se me abalanzó al cuello y me dio un beso hermosamente poderoso.
—¡Hola tío!
—¡Hola Tami!
—Che, ¿y a nosotros no nos saludás? —preguntó Pablo con una sonrisa junto a la sonrisa de Ana.
Ana salía con Pablo y me preguntó si podía quedarme esta noche con Tami.
Mi respuesta positiva era más que obvia.
Hacía tiempo que no estaba con mi adorada sobrina, y su presencia me llenaba de energía.
—Bueno, vayan tranquis y cuídense —les dije despidiéndolos.
—Siempre me cuido y además por ahora no le estamos buscando hermanito a Tami—contestó Pablo sabiendo muy bien que mi “cuídense” se refería a la gripe.
—Ya nos volveremos a encontrar —lo amenacé con dulzura.
—En cualquier momento llega la pizza así es que andá eligiendo la peli que querés que veamos.
—¿Podemos ver “El rey león”? —quiso saber Tami teniendo en cuenta que la vimos unas 28734691356197023485 veces.
—Claro, acordate que vos sos la reina de la casa.
Hay un reino que tiene final feliz…
Hoy, esta noche, es uno de ellos…
miércoles, 1 de julio de 2009
119. en tono gris
Cuando la editorial en la que trabajaba se vio obligada por causas ajenas a cerrar, a irse a esfumarse, apareció un tipo conocido, de nombre Luís, que me ofreció trabajar con él.
Las horas eran muchas y el dinero no tanto, pero las cuentas había que pagarlas y mi cuerpo alimentarse, por lo que acepté transformarme en su chofer hasta que apareciera algo mejor.
Yo nada más manejaba y disfrutaba del paisaje alejado de la ciudad.
Cuando llegábamos a algún comercio, él bajaba de la camioneta a hacer sus negocios y yo me quedaba escuchando la radio, escribiendo en un cuaderno, leyendo algo, o mirando a la gente pasar.
De todas maneras el cansancio se hacía notar por llegar de noche a casa después de un promedio de 200 km diarios.
Pero bue… es lo que hay.
La cosa es que hace unos días, Luís comenzó e tener un dolor intenso en un costado de su pierna.
Comenzó a realizarse estudios y después de varios de ellos, tuvo que someterse a una operación en las vértebras a la que arreglaron con clavos y demás.
Pero esa operación era secundaria…
Lo principal era investigar una mancha que había aparecido en uno de los huesos de la columna.
Y esa mancha, pese a lo que creían a simple vista los médicos y algunos estudios realizados, no es otra cosa que un tumor, y maligno.
Sí, Luís tiene un tumor en el riñón y había dejado sus huellas en uno de los huesos.
Ahora, esta semana, comenzó con una pastilla con la que se intentará encapsular al tumor, más algo de quimio que se hará cada 28 días, y rayos de manera diaria durante un mes por lo menos.
Y Luís está solo.
Ahora está en su casa con su esposa, pero hace de cuenta que está solo.
Y para que él y su esposa coman, paguen sus cuentas y se puedan movilizar, yo tengo que trabajar.
Es decir, me volví esclavo del trabajo que él me dio para poder ayudarlo.
Entonces ahora tuve que aprenderme los comercios y sus recorridos.
También tengo que llevarlo a hacerse estos estudios.
Y hay algún que otro día que después de regresar del hospital, no tengo que ir a ningún lado, entonces no trabajo y ese día no lo cobro.
Es decir, no le voy a cobrar por llevarlo al hospital, estar con él, y traerlo de regreso a su casa, pero es que de todas maneras yo necesito trabajar.
Puedo descansar ese medio día que me queda libre, pero… no es lo mismo.
Y me pregunto…
¿Y si alguien me ofrece un laburo que me conviene?
¿Qué hago?
¿Lo dejo a él justo en este momento?
¿Y quién pagará mis cuentas?
¿Y tiempo para comprar algo para la heladera?
De pronto me vi atrapado sin los carteles que indiquen la salida.
Él está tranquilo, y yo estoy seguro que todo va a salir bien.
Pero hace un tiempo decidí colgar el traje de superman porque no me sentía del todo cómodo para realizar ese papel de superhéroe.
Y sin embargo, cada nuevo día, siento que salgo volando a socorrer a alguien cuando en realidad me siento más Clark Kent que nunca.
Las horas eran muchas y el dinero no tanto, pero las cuentas había que pagarlas y mi cuerpo alimentarse, por lo que acepté transformarme en su chofer hasta que apareciera algo mejor.
Yo nada más manejaba y disfrutaba del paisaje alejado de la ciudad.
Cuando llegábamos a algún comercio, él bajaba de la camioneta a hacer sus negocios y yo me quedaba escuchando la radio, escribiendo en un cuaderno, leyendo algo, o mirando a la gente pasar.
De todas maneras el cansancio se hacía notar por llegar de noche a casa después de un promedio de 200 km diarios.
Pero bue… es lo que hay.
La cosa es que hace unos días, Luís comenzó e tener un dolor intenso en un costado de su pierna.
Comenzó a realizarse estudios y después de varios de ellos, tuvo que someterse a una operación en las vértebras a la que arreglaron con clavos y demás.
Pero esa operación era secundaria…
Lo principal era investigar una mancha que había aparecido en uno de los huesos de la columna.
Y esa mancha, pese a lo que creían a simple vista los médicos y algunos estudios realizados, no es otra cosa que un tumor, y maligno.
Sí, Luís tiene un tumor en el riñón y había dejado sus huellas en uno de los huesos.
Ahora, esta semana, comenzó con una pastilla con la que se intentará encapsular al tumor, más algo de quimio que se hará cada 28 días, y rayos de manera diaria durante un mes por lo menos.
Y Luís está solo.
Ahora está en su casa con su esposa, pero hace de cuenta que está solo.
Y para que él y su esposa coman, paguen sus cuentas y se puedan movilizar, yo tengo que trabajar.
Es decir, me volví esclavo del trabajo que él me dio para poder ayudarlo.
Entonces ahora tuve que aprenderme los comercios y sus recorridos.
También tengo que llevarlo a hacerse estos estudios.
Y hay algún que otro día que después de regresar del hospital, no tengo que ir a ningún lado, entonces no trabajo y ese día no lo cobro.
Es decir, no le voy a cobrar por llevarlo al hospital, estar con él, y traerlo de regreso a su casa, pero es que de todas maneras yo necesito trabajar.
Puedo descansar ese medio día que me queda libre, pero… no es lo mismo.
Y me pregunto…
¿Y si alguien me ofrece un laburo que me conviene?
¿Qué hago?
¿Lo dejo a él justo en este momento?
¿Y quién pagará mis cuentas?
¿Y tiempo para comprar algo para la heladera?
De pronto me vi atrapado sin los carteles que indiquen la salida.
Él está tranquilo, y yo estoy seguro que todo va a salir bien.
Pero hace un tiempo decidí colgar el traje de superman porque no me sentía del todo cómodo para realizar ese papel de superhéroe.
Y sin embargo, cada nuevo día, siento que salgo volando a socorrer a alguien cuando en realidad me siento más Clark Kent que nunca.
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