Todavía falta para la hora exacta del compromiso inquebrantable al cual debo presentarme. Recostado en mi sillón, tan favorito como único, trato de pensar una excusa apropiada para no tener que ir. Un buen disco de jazz entrando por un oído con una copa de algo en la otra mano, va creando el ambiente ideal para mis pensamientos oscuros. Trato de relajarme pero no lo logro. Me encuentro casi en la obligación de asistir a otra estúpida e innecesaria cena de negocios.
Mi querido jefe realizó un par de operaciones malas y gastó un dinero que se fue de sus arcas casi sin llegar a darse cuenta (o tal vez sí, pero no lo quiso ver).
Ahora que estoy metido en el negocio ajeno más de lo que mi cuello desea, no sé cómo pero me vi embarcado por propia voluntad a hablar con una persona para intentar revertir esta situación financiera y apretada. Y esa es la razón exacta por la que hoy viernes tengo que presentarme puntualmente a la exquisita casa del señor Horacio, con mi mejor traje, mi mejor sonrisa, y con mis mejores palabras falsas para que acepte firmar el ansiado y esperado cheque salvador.
Pero yo ya conozco estas cenas de negocios...
Pareciera que, según la cantidad de billetes que se necesitan, menor es la porción de lo que se sirve.
La plata la gastan en copas preciosas pero llenos de vinos mediocres extraídos de bodegas mediocres.
Y en los mejores platos se sirven comidas desconocidas de gustos extraños.
En fin… La humillación es tan aguda como eterna.
Con la ayuda de un pequeño mapa electrónico arribo a la dirección precisa con sólo veinte minutos de retraso. La puerta se abre como por arte de magia y, una alfombra de desordenados pelos grises, me indica el camino hacia la recepción.
Paso por el costado de unas cortinas puestas para la ocasión y al llegar al centro de la sala principal me encuentro con la presencia de una veintena de extraños personajes que por alguna extraña razón, me resultan conocidos.
De pronto y sin ningún disimulo se acerca a mí, con los brazos extendidos y una sonrisa demasiada amplia, el señor Horacio. Me saluda como si nos conociéramos de siempre, de toda la vida y algo más. Agradece mi presencia y me acerca una pequeña copa de un trago que tiene un color que no logro reconocer. Con la ayuda de una respetuosa y fuerte palmada en mi espalda, la bebida pasa con prisa del interior de la copa a mi propio interior sin hacer escala alguna.
El calor se hace sentir y las luces comienzan a girar.
Sentados a una mesa tan larga como las horas de pena, por pedido del anfitrión tomo lugar a su lado y, haciendo sonar una campanilla de voz aguda, se hace presente el personal de cocina con bandejas de plata que esconden en su interior las mejores comidas típicas de los países menos típicos.
Desde jarras infinitas las copas de todos los presentes son desbordadas de vinos sacados de las uvas del Paraíso que traen señoritas de poco ropaje.
Una de las chicas que se encuentra vestida con rouge, se acerca y toma mi saco para colgarlo de una de la centena de estatuas que se encuentran en el corredor del fondo.
Desde un ventanal ubicado de manera estratégica, se puede observar una fuente en la que se encuentra un sinnúmero de angelitos arrojando agua desde sus pequeñas bocas en forma de “o”. Y justo del otro lado, una orquesta de exquisitos músicos y delicados instrumentos ejecutan con excepcional maestría clásicos de jazz para que acompañe de fondo las palabras sin sentido que podemos llegar a decir.
Y mientras me quedo escuchando estas temas jazzeros que tanto disfruto recostado en mi sillón, me doy cuenta gracias al reloj de pared que se encuentra firme delante de mí, que se hizo demasiado tarde para asistir a la cena de negocios en la casa del señor Horacio.
Espero que sepa disculpar mi presente ausencia y que comprenda que, sinceramente, no logro soportar esas aburridas y rutinarias cenas de negocios en las que ciertos favores, se deben pagar a un precio demasiado alto.
Y lo que es peor… Sin que valga verdaderamente la pena.
viernes, 31 de julio de 2009
miércoles, 29 de julio de 2009
124. almanaques cambiados
Llegué a casa queriendo ver si daban la repetición del partido que hoy jugó Boca contra el Manchester al mediodía.
En el ascensor me encuentro con Sebas que justo iba a visitarme sin ninguna razón en especial.
—¿Ibas a hacer algo? —me pregunta sabiendo que mi respuesta no cambiaría su compañía.
—Quería ver si televisaban el partido de Boca.
—Perdió 2 a 1.
—Sí, ya lo sé —contesté, aunque en realidad no sabía el resultado.
Sebas seguía dolido por el campeonato que se le fue a Huracán, y ahora renegaba contra el fútbol y sus simpatizantes. Sabiendo que ese era el humor que traía, que no me iba a dejar mirar tranquilo el partido y que además Boca perdió, lo mejor era dedicarme a otra cosa.
—¿Hacés algo para tomar? —le pregunté invitándolo a la cocina a que vaya a hacer una de las cosas que mejor hace.
No me había terminado de acomodar cuando suena el timbre y adiviné quién estaba del otro lado.
Pablo hizo su entrada protestando mientras agitaba sus brazos en un continuo movimiento frenético y decía:
—¡No puede ser! ¿Quién inventó eso de cambiar las fechas? Al final es todo muy confuso y se pierde la exactitud de la historia y…
—Pará, nene. ¿De qué estás hablando?
—¿Cómo van a pasar el día del amigo para el 20 de agosto por esto de la gripe? Es una locura!!!
—Pero si nosotros nos reunimos en lo de Lore. O acaso no estuvimos viendo el documental ese que trajiste sobre la llegada del hombre a la Luna y toda su ficción.
—Muy bueno, por cierto —acotó Sebas preparando un trago más para el invitado sorpresa.
—Sí, me acuerdo —siguió Pablo con su queja—, pero no puede ser que los cumpleaños se festejen tres días después, que las fechas patrias se corran a los lunes o viernes más próximos, y así todo.
—Pablo, Pablito… ¿Cuál es el problema? —le pregunté queriendo saber la verdadera razón de su problema.
—Es fácil, si esto sigue así, la Navidad la vamos a festejar en enero, el día de la primavera en octubre, los reyes magos vendrán en febrero, el otoño comenzará en julio, la revolución de mayo se celebrará en junio, y así las fechas recordadas no serán las fechas vividas.
Sebas le alcanzó el trago prestándole atención a su teoría almanaquil, pero yo sabía que algo extraño había en todo esto, por lo que indagué un poco más…
—Y… estos cambios de fecha… ¿en qué te perjudican?
—Bueno —dijo Pablo después de vaciarse el trago de un trago—, es que la semana pasada cumplimos meses con tu hermana y… Vos viste lo importante que son estas cosas al principio para ellas, y…
—Y…? —preguntamos Sebas y yo a dúo.
—Y que no entró en razones cuando recién hoy la saludé argumentando que todo el mundo festejaba todo días después.
Hace tiempo que no le doy bolilla a las fechas (más que nada por ausencia de memoria y de agendas) sin embargo aprendí a estar un poquitititto alerta a los tiempos que me tocaron compartir con otras mujeres.
Y aunque tengo fechas guardadas que ya no significan nada (ni siquiera un simple festejo) las sigo guardando en honor a esos tiempos en que fueron tan importantes como para merecer en buen brindis
En el ascensor me encuentro con Sebas que justo iba a visitarme sin ninguna razón en especial.
—¿Ibas a hacer algo? —me pregunta sabiendo que mi respuesta no cambiaría su compañía.
—Quería ver si televisaban el partido de Boca.
—Perdió 2 a 1.
—Sí, ya lo sé —contesté, aunque en realidad no sabía el resultado.
Sebas seguía dolido por el campeonato que se le fue a Huracán, y ahora renegaba contra el fútbol y sus simpatizantes. Sabiendo que ese era el humor que traía, que no me iba a dejar mirar tranquilo el partido y que además Boca perdió, lo mejor era dedicarme a otra cosa.
—¿Hacés algo para tomar? —le pregunté invitándolo a la cocina a que vaya a hacer una de las cosas que mejor hace.
No me había terminado de acomodar cuando suena el timbre y adiviné quién estaba del otro lado.
Pablo hizo su entrada protestando mientras agitaba sus brazos en un continuo movimiento frenético y decía:
—¡No puede ser! ¿Quién inventó eso de cambiar las fechas? Al final es todo muy confuso y se pierde la exactitud de la historia y…
—Pará, nene. ¿De qué estás hablando?
—¿Cómo van a pasar el día del amigo para el 20 de agosto por esto de la gripe? Es una locura!!!
—Pero si nosotros nos reunimos en lo de Lore. O acaso no estuvimos viendo el documental ese que trajiste sobre la llegada del hombre a la Luna y toda su ficción.
—Muy bueno, por cierto —acotó Sebas preparando un trago más para el invitado sorpresa.
—Sí, me acuerdo —siguió Pablo con su queja—, pero no puede ser que los cumpleaños se festejen tres días después, que las fechas patrias se corran a los lunes o viernes más próximos, y así todo.
—Pablo, Pablito… ¿Cuál es el problema? —le pregunté queriendo saber la verdadera razón de su problema.
—Es fácil, si esto sigue así, la Navidad la vamos a festejar en enero, el día de la primavera en octubre, los reyes magos vendrán en febrero, el otoño comenzará en julio, la revolución de mayo se celebrará en junio, y así las fechas recordadas no serán las fechas vividas.
Sebas le alcanzó el trago prestándole atención a su teoría almanaquil, pero yo sabía que algo extraño había en todo esto, por lo que indagué un poco más…
—Y… estos cambios de fecha… ¿en qué te perjudican?
—Bueno —dijo Pablo después de vaciarse el trago de un trago—, es que la semana pasada cumplimos meses con tu hermana y… Vos viste lo importante que son estas cosas al principio para ellas, y…
—Y…? —preguntamos Sebas y yo a dúo.
—Y que no entró en razones cuando recién hoy la saludé argumentando que todo el mundo festejaba todo días después.
Hace tiempo que no le doy bolilla a las fechas (más que nada por ausencia de memoria y de agendas) sin embargo aprendí a estar un poquitititto alerta a los tiempos que me tocaron compartir con otras mujeres.
Y aunque tengo fechas guardadas que ya no significan nada (ni siquiera un simple festejo) las sigo guardando en honor a esos tiempos en que fueron tan importantes como para merecer en buen brindis
lunes, 27 de julio de 2009
123. renovación (& revolución)
El tiempo pasa y nosotros muchas veces con él.
Varios días algo desaparecido de escritura y se puede culpar a cientos de motivos, sin embargo, todo se centra en uno solo.
Los últimos tiempos hubo un quiebre de algo, tanto del lado de afuera como interiormente.
De aquel lado se puede nombrar el cambio de laburo, las extensiones horarias, el tumor de Luís, nuevas responsabilidades, etc. De este otro lado (cerca del cuore) está el darme cuenta que a pesar de la risa sincera, la tristeza me estaba invadiendo.
Algunos amigos cibernéticos y otros de carne y hueso lo notaron y me lo hicieron saber y ver
(queda demostrado que las palabras escritas desnudan el alma)
Después de un tiempo que me pareció más largo del que pasó realmente, después de la paranoia de los barbijos, después de nevadas y nadas, después de las amistades de siempre y algunas nuevas, después de todo y ante la nada, acá voy otra vez con la consigna escrita por un amigo, anotada frente al monitor:
“escribir en el blog como en tu diario personal más salvaje”
—¿Y los lectores? —pregunté yo desconcertado.
—Pero es que no tenés que hacer una terapia pública. Para eso acostate en un diván en medio de la cancha de Boca.
—Bueno, esa es una fantasía pendiente, pero no con un diván, jejeje.
—A vos escribir te hace bien, y en estos tiempos algo densos, tenés que descargar todo eso que tenés adentro y que evidentemente te pesa demasiado.
—¿Vos sos psicólogo?
—No, soy tu amigo.
(¿hace falta agregar algo más?)
Luís sigue con sus estudios combatiendo al maldito tumor.
Dentro de un mes le hacen estudios para ver cómo va todo.
Y más allá de la quimio, rayos y pastillajes, el ánimo por arriba y la fe verdadera son grandes aliados que estoy seguro van a determinar el buen final de esta batalla.
Mientras tanto, alrededor de mi vida y a pesar de la escasez de horas diarias, siguen estando mis amores, mis grandes amores que me acompañan, bancan y demás buenas acciones, y también esas situaciones que sigo viviendo como gratas sorpresas que aparecen en las esquinas menos pensadas.
Acá estoy, nuevamente (nuevospensamientos), reconociendo a la imagen en el espejo, aunque esta sea tan terriblemente sincera por las mañanas.
Acá estoy, aunque algunos juren que me había ido.
Acá estoy, porque siempre hay un regreso.
Acá estoy, simplemente, porque acá estoy.
Varios días algo desaparecido de escritura y se puede culpar a cientos de motivos, sin embargo, todo se centra en uno solo.
Los últimos tiempos hubo un quiebre de algo, tanto del lado de afuera como interiormente.
De aquel lado se puede nombrar el cambio de laburo, las extensiones horarias, el tumor de Luís, nuevas responsabilidades, etc. De este otro lado (cerca del cuore) está el darme cuenta que a pesar de la risa sincera, la tristeza me estaba invadiendo.
Algunos amigos cibernéticos y otros de carne y hueso lo notaron y me lo hicieron saber y ver
(queda demostrado que las palabras escritas desnudan el alma)
Después de un tiempo que me pareció más largo del que pasó realmente, después de la paranoia de los barbijos, después de nevadas y nadas, después de las amistades de siempre y algunas nuevas, después de todo y ante la nada, acá voy otra vez con la consigna escrita por un amigo, anotada frente al monitor:
“escribir en el blog como en tu diario personal más salvaje”
—¿Y los lectores? —pregunté yo desconcertado.
—Pero es que no tenés que hacer una terapia pública. Para eso acostate en un diván en medio de la cancha de Boca.
—Bueno, esa es una fantasía pendiente, pero no con un diván, jejeje.
—A vos escribir te hace bien, y en estos tiempos algo densos, tenés que descargar todo eso que tenés adentro y que evidentemente te pesa demasiado.
—¿Vos sos psicólogo?
—No, soy tu amigo.
(¿hace falta agregar algo más?)
Luís sigue con sus estudios combatiendo al maldito tumor.
Dentro de un mes le hacen estudios para ver cómo va todo.
Y más allá de la quimio, rayos y pastillajes, el ánimo por arriba y la fe verdadera son grandes aliados que estoy seguro van a determinar el buen final de esta batalla.
Mientras tanto, alrededor de mi vida y a pesar de la escasez de horas diarias, siguen estando mis amores, mis grandes amores que me acompañan, bancan y demás buenas acciones, y también esas situaciones que sigo viviendo como gratas sorpresas que aparecen en las esquinas menos pensadas.
Acá estoy, nuevamente (nuevospensamientos), reconociendo a la imagen en el espejo, aunque esta sea tan terriblemente sincera por las mañanas.
Acá estoy, aunque algunos juren que me había ido.
Acá estoy, porque siempre hay un regreso.
Acá estoy, simplemente, porque acá estoy.
sábado, 11 de julio de 2009
122. desde el diván (II)
Últimamente los tiempos no me acompañan. O mejor dicho, están todo el tiempo conmigo, manteniéndome ocupadísimo.
Anoche, trece horas y media después de salir de casa, pensaba en la contradicción del 9 de julio patrio y su “Día de la Independencia”.
Por lo menos cuando yo estaba buscando la vuelta de meterme en un proyecto propio y no depender de terceros en discordia, de cuartos encerrados, de quintas ajenas, de sextos repletos, y séptimos regimientos, me encontré con mi vida atada con un triple nudo marinero.
Por suerte, sigo contando con la bendición de los amigos, de la buena música de fondo, y de mi balcón a siete pisos de la realidad.
El miércoles por la noche, sabiendo que el feriado me regalaba un poco de oxígeno y descanso, me preparé un trago de “nomeacuerdoqué” y me senté frente a la compu con la intención de releer un trabajito de escritura que tenía pendiente. Sin embargo, tenía algo más interesante que leer…
Entre los mensajes de correo había uno de mi psico, que según parece está muy bien instalado en el viejo continente. Y aunque por mi parte yo lo tenía olvidado, parece que él sigue con su extraña terapia de leer “mi vida a diario” y cada mil años mandarme una devolución psicológica.
Es la segunda en el año, y ahí van los párrafos más interesantes de su análisis:
“La situación que se le presentó de manera tan repentina a Luís te desestabilizó en varios sentidos. Por una parte el lado laboral, en el que no te encontrás satisfecho económicamente ni haciendo lo que te gusta o más sabés hacer; y por otra parte tu estilo de vida, en el que te sentís lejos de tus seres queridos y cargando una mochila de la que te hiciste cargo pero te sentís un tanto ajeno a ella como a su carga.
“Las balanzas son creencias de cada uno. En las malas nos hacen creer que anteriormente tuvimos un buen período de vida y ahora nos merecemos esta parte del sendero. O también actúa como esperanza, sintiendo que luego de pasar esta parte oscura, vendrán las luces de colores a poner buen ritmo y obligarnos a cambiar el paso. Sin embargo, con sus riesgos, seguimos siendo libres en las elecciones y vos elegiste dar una enorme mano aunque sientas que con ella se fue también tu codo, tu hombro y otras partes importantes y valiosas de vos.
“La energía la llenan esos seres maravillosos que tenés tan cerca y que llamás amigos. Y la ausencia de ese tiempo personal no logra el descuido entre ustedes. Se siguen buscando y, lo que es aún mejor, encontrando.
“Sin darte cuenta, o dejándolo pasar por alto, estás en plena abstinencia del sexo femenino. Pero no hago total referencia a relaciones sexuales, sino a que me resulta muy llamativo que no expreses (si es que lo has hecho y no escrito) comunicación-preocupación alguna por: Lucía y su embarazo – Valeria y su novio del sur – Julieta y su desaparición mediática – Fernanda y su vida, etc.
“Seguís actuando con el corazón y pese a los problemas que sentís que este te ha causado, también es el que te acompaña en las acciones que realizás y que te convierten, muy a tu pesar, en una persona de bien.
“Estás buscando tiempo. Mejor dicho, TU TIEMPO, que es el que sentís ausente. Sin embargo, no dejás por un minuto de ser vos, por más que no escribas diariamente, por más que te quedes en silencio, por más que sientas que el aire oxigenado no te llega a los pulmones. El tiempo también sos vos. Vos sos el tiempo en que estás. Es cuestión de que no pierdas la imagen frente al espejo, tu propia y exclusiva identidad, tu valiosa forma de ser, tu valiosa forma de ser vos mismo.
La terapia a distancia tiene de bueno que uno ya se encuentra en su casa, con el segundo trago casi vacío, con música que acompañe, con la mirada desde la altura del séptimo piso, con algunas lágrimas de descarga a solas y a escondidas de la imagen en el espejo.
Anoche, trece horas y media después de salir de casa, pensaba en la contradicción del 9 de julio patrio y su “Día de la Independencia”.
Por lo menos cuando yo estaba buscando la vuelta de meterme en un proyecto propio y no depender de terceros en discordia, de cuartos encerrados, de quintas ajenas, de sextos repletos, y séptimos regimientos, me encontré con mi vida atada con un triple nudo marinero.
Por suerte, sigo contando con la bendición de los amigos, de la buena música de fondo, y de mi balcón a siete pisos de la realidad.
El miércoles por la noche, sabiendo que el feriado me regalaba un poco de oxígeno y descanso, me preparé un trago de “nomeacuerdoqué” y me senté frente a la compu con la intención de releer un trabajito de escritura que tenía pendiente. Sin embargo, tenía algo más interesante que leer…
Entre los mensajes de correo había uno de mi psico, que según parece está muy bien instalado en el viejo continente. Y aunque por mi parte yo lo tenía olvidado, parece que él sigue con su extraña terapia de leer “mi vida a diario” y cada mil años mandarme una devolución psicológica.
Es la segunda en el año, y ahí van los párrafos más interesantes de su análisis:
“La situación que se le presentó de manera tan repentina a Luís te desestabilizó en varios sentidos. Por una parte el lado laboral, en el que no te encontrás satisfecho económicamente ni haciendo lo que te gusta o más sabés hacer; y por otra parte tu estilo de vida, en el que te sentís lejos de tus seres queridos y cargando una mochila de la que te hiciste cargo pero te sentís un tanto ajeno a ella como a su carga.
“Las balanzas son creencias de cada uno. En las malas nos hacen creer que anteriormente tuvimos un buen período de vida y ahora nos merecemos esta parte del sendero. O también actúa como esperanza, sintiendo que luego de pasar esta parte oscura, vendrán las luces de colores a poner buen ritmo y obligarnos a cambiar el paso. Sin embargo, con sus riesgos, seguimos siendo libres en las elecciones y vos elegiste dar una enorme mano aunque sientas que con ella se fue también tu codo, tu hombro y otras partes importantes y valiosas de vos.
“La energía la llenan esos seres maravillosos que tenés tan cerca y que llamás amigos. Y la ausencia de ese tiempo personal no logra el descuido entre ustedes. Se siguen buscando y, lo que es aún mejor, encontrando.
“Sin darte cuenta, o dejándolo pasar por alto, estás en plena abstinencia del sexo femenino. Pero no hago total referencia a relaciones sexuales, sino a que me resulta muy llamativo que no expreses (si es que lo has hecho y no escrito) comunicación-preocupación alguna por: Lucía y su embarazo – Valeria y su novio del sur – Julieta y su desaparición mediática – Fernanda y su vida, etc.
“Seguís actuando con el corazón y pese a los problemas que sentís que este te ha causado, también es el que te acompaña en las acciones que realizás y que te convierten, muy a tu pesar, en una persona de bien.
“Estás buscando tiempo. Mejor dicho, TU TIEMPO, que es el que sentís ausente. Sin embargo, no dejás por un minuto de ser vos, por más que no escribas diariamente, por más que te quedes en silencio, por más que sientas que el aire oxigenado no te llega a los pulmones. El tiempo también sos vos. Vos sos el tiempo en que estás. Es cuestión de que no pierdas la imagen frente al espejo, tu propia y exclusiva identidad, tu valiosa forma de ser, tu valiosa forma de ser vos mismo.
La terapia a distancia tiene de bueno que uno ya se encuentra en su casa, con el segundo trago casi vacío, con música que acompañe, con la mirada desde la altura del séptimo piso, con algunas lágrimas de descarga a solas y a escondidas de la imagen en el espejo.
domingo, 5 de julio de 2009
121. globo pinchado
Sabía que en cualquier momento iba a aparecer.
Y si no lo hacía, respetaría su ausencia, simplemente, porque sé de que se trata.
Durante nuestros encuentros siempre salía el tema obligado de su alma, y lo escuchaba sin poder contradecirlo en nada.
Además yo no tenía mucho por decir de mi parte.
Se trataba de un David contra un Goliat de menor tamaño, pero Goliat al fin.
Y ahí estaba él mostrando su orgullo, sus ganas de gritar y dar a conocer su felicidad por la fidelidad contra viento y marea y el aguante hasta cuando el fondo quedaba más abajo.
Sabía que podía aparecerse de un momento a otro.
La lluvia con granizo fue una señal inentendible que ahora, con el resultado puesto, era más evidente su significado.
Y el maleficio que hizo añicos las cábalas, la fe, y demás sentimientos inexplicables.
Estaba preparado para recibirlo, escucharlo y hacerle pasar rápido el mal trago si decidía compartir su dolor interior.
El golpe en la puerta fue casi imperceptible, pero yo me encontraba atento sabiendo que podía tener esa misma intensidad.
Me apuré a abrir la puerta para terminar rápido con su soledad más extrema, con su aguda desprotección, con su grito ahogado.
Entró al depto sin decir nada, caminando como un zombi despertado de un golpe mortal.
Su mirada perdida dejaba ver el camino de las lágrimas de hombre abatido por la guerra ganada por el otro. No por el enemigo, sino por la injusticia.
Se dejó caer en el sillón sabiendo que el descenso anímico llegaría al dolor del infierno.
Para calmar ese doloroso fuego le alcancé un trago fuerte que le devolviera el ánimo a su cuerpo.
Sin embargo sabía que el tiempo sería, una vez más, el que curaría las heridas, el desaliento, la desilusión, el desconcierto, el sopapo certero.
—No lo puedo creer —dijo con un hilo de voz.
—Sí, lo vi y… y es increíble lo que sucedió —dije teniendo en cuenta que otras palabras no servirían de nada en este momento.
—Diez minutos… Diez minutos faltaban y no… —y no terminó la frase por la angustia atravesada en su cuello, en su boca, en su estómago y en su corazón.
Los segundos en silencio parecían infinitos, pero realmente no había mucho que decir.
Sebas es hincha de Huracán.
Pinchado como un globo se fue a su depto a terminar de realizar el luto por el campeonato perdido.
Vélez fue el campeón y Cris es hincha de este equipo.
Le envié un mensaje felicitándolo por el triunfo.
Su respuesta fue:
“Ah, gracias,
no sabía.
No lo vi el partido”
Así es el fútbol, y cada uno lo vive a su manera.
Y si no lo hacía, respetaría su ausencia, simplemente, porque sé de que se trata.
Durante nuestros encuentros siempre salía el tema obligado de su alma, y lo escuchaba sin poder contradecirlo en nada.
Además yo no tenía mucho por decir de mi parte.
Se trataba de un David contra un Goliat de menor tamaño, pero Goliat al fin.
Y ahí estaba él mostrando su orgullo, sus ganas de gritar y dar a conocer su felicidad por la fidelidad contra viento y marea y el aguante hasta cuando el fondo quedaba más abajo.
Sabía que podía aparecerse de un momento a otro.
La lluvia con granizo fue una señal inentendible que ahora, con el resultado puesto, era más evidente su significado.
Y el maleficio que hizo añicos las cábalas, la fe, y demás sentimientos inexplicables.
Estaba preparado para recibirlo, escucharlo y hacerle pasar rápido el mal trago si decidía compartir su dolor interior.
El golpe en la puerta fue casi imperceptible, pero yo me encontraba atento sabiendo que podía tener esa misma intensidad.
Me apuré a abrir la puerta para terminar rápido con su soledad más extrema, con su aguda desprotección, con su grito ahogado.
Entró al depto sin decir nada, caminando como un zombi despertado de un golpe mortal.
Su mirada perdida dejaba ver el camino de las lágrimas de hombre abatido por la guerra ganada por el otro. No por el enemigo, sino por la injusticia.
Se dejó caer en el sillón sabiendo que el descenso anímico llegaría al dolor del infierno.
Para calmar ese doloroso fuego le alcancé un trago fuerte que le devolviera el ánimo a su cuerpo.
Sin embargo sabía que el tiempo sería, una vez más, el que curaría las heridas, el desaliento, la desilusión, el desconcierto, el sopapo certero.
—No lo puedo creer —dijo con un hilo de voz.
—Sí, lo vi y… y es increíble lo que sucedió —dije teniendo en cuenta que otras palabras no servirían de nada en este momento.
—Diez minutos… Diez minutos faltaban y no… —y no terminó la frase por la angustia atravesada en su cuello, en su boca, en su estómago y en su corazón.
Los segundos en silencio parecían infinitos, pero realmente no había mucho que decir.
Sebas es hincha de Huracán.
Pinchado como un globo se fue a su depto a terminar de realizar el luto por el campeonato perdido.
Vélez fue el campeón y Cris es hincha de este equipo.
Le envié un mensaje felicitándolo por el triunfo.
Su respuesta fue:
“Ah, gracias,
no sabía.
No lo vi el partido”
Así es el fútbol, y cada uno lo vive a su manera.
viernes, 3 de julio de 2009
120. aire puro
Intenté hacer todo lo más rápido posible, pero se sabe que cuando uno necesita avanzar, al mundo se le ocurre tener un embotellamiento en el camino elegido.
Y debo confesar que me cansa más estar clavado en medio de la ciudad y sin salida de emergencia que darle para adelante por el camino infinito.
Mis días están comenzando demasiado temprano e intento no perder la sonrisa por el camino, sobre todo cuando estoy acompañado de Luís.
Y aunque él está confiado en que todo va a salir bien, necesita que el aire esté limpio. No me refiero a las diversas gripes que andan por ahí, sino a que su cabeza no se llene de malos pensamientos.
Entiendo que debe ser difícil no imaginar…
Entonces le digo (convencido) que todo va a salir bien y él, a su manera, me lo agradece.
Hoy necesitaba y quería llegar temprano a casa.
Y cuando finalmente lo hice, mandé un mensaje de texto.
“ya estoy, cuando quieras…”
Comencé a desvestirme y me sumergí en una ducha reparadora.
Estuve media hora dejando que las gotas cayeran con fuerza sobre mi cuerpo, sobre todo mi ser.
Necesita purificarme de la ciudad y de una semana que todavía no termina (mañana sábado será también un largo día de trabajo), pero esta noche tenía y quería estar bien.
Ella vendría a casa y quería estar espléndido para ella.
El celu me avisa que tengo un mensaje:
“en camino”
Me afeité, me perfume y me puse ropa cómoda.
Llamé a la pizzería y encargué la comida y la bebida.
Quería ganar tiempo pero además… conozco sus gustos.
Acomodé la habitación, el sillón, y busqué algunas pelis para que elijamos y podamos mirar juntos.
Ya estaba todo armado para recibirla, y pensando en que esta noche la pasaría con ella, sentía como si me estuviera oxigenando del aire más puro de la región.
Sonó el timbre y sabía que ella ya estaba acá.
Abrí la puerta y junto a su sonrisa se me abalanzó al cuello y me dio un beso hermosamente poderoso.
—¡Hola tío!
—¡Hola Tami!
—Che, ¿y a nosotros no nos saludás? —preguntó Pablo con una sonrisa junto a la sonrisa de Ana.
Ana salía con Pablo y me preguntó si podía quedarme esta noche con Tami.
Mi respuesta positiva era más que obvia.
Hacía tiempo que no estaba con mi adorada sobrina, y su presencia me llenaba de energía.
—Bueno, vayan tranquis y cuídense —les dije despidiéndolos.
—Siempre me cuido y además por ahora no le estamos buscando hermanito a Tami—contestó Pablo sabiendo muy bien que mi “cuídense” se refería a la gripe.
—Ya nos volveremos a encontrar —lo amenacé con dulzura.
—En cualquier momento llega la pizza así es que andá eligiendo la peli que querés que veamos.
—¿Podemos ver “El rey león”? —quiso saber Tami teniendo en cuenta que la vimos unas 28734691356197023485 veces.
—Claro, acordate que vos sos la reina de la casa.
Hay un reino que tiene final feliz…
Hoy, esta noche, es uno de ellos…
Y debo confesar que me cansa más estar clavado en medio de la ciudad y sin salida de emergencia que darle para adelante por el camino infinito.
Mis días están comenzando demasiado temprano e intento no perder la sonrisa por el camino, sobre todo cuando estoy acompañado de Luís.
Y aunque él está confiado en que todo va a salir bien, necesita que el aire esté limpio. No me refiero a las diversas gripes que andan por ahí, sino a que su cabeza no se llene de malos pensamientos.
Entiendo que debe ser difícil no imaginar…
Entonces le digo (convencido) que todo va a salir bien y él, a su manera, me lo agradece.
Hoy necesitaba y quería llegar temprano a casa.
Y cuando finalmente lo hice, mandé un mensaje de texto.
“ya estoy, cuando quieras…”
Comencé a desvestirme y me sumergí en una ducha reparadora.
Estuve media hora dejando que las gotas cayeran con fuerza sobre mi cuerpo, sobre todo mi ser.
Necesita purificarme de la ciudad y de una semana que todavía no termina (mañana sábado será también un largo día de trabajo), pero esta noche tenía y quería estar bien.
Ella vendría a casa y quería estar espléndido para ella.
El celu me avisa que tengo un mensaje:
“en camino”
Me afeité, me perfume y me puse ropa cómoda.
Llamé a la pizzería y encargué la comida y la bebida.
Quería ganar tiempo pero además… conozco sus gustos.
Acomodé la habitación, el sillón, y busqué algunas pelis para que elijamos y podamos mirar juntos.
Ya estaba todo armado para recibirla, y pensando en que esta noche la pasaría con ella, sentía como si me estuviera oxigenando del aire más puro de la región.
Sonó el timbre y sabía que ella ya estaba acá.
Abrí la puerta y junto a su sonrisa se me abalanzó al cuello y me dio un beso hermosamente poderoso.
—¡Hola tío!
—¡Hola Tami!
—Che, ¿y a nosotros no nos saludás? —preguntó Pablo con una sonrisa junto a la sonrisa de Ana.
Ana salía con Pablo y me preguntó si podía quedarme esta noche con Tami.
Mi respuesta positiva era más que obvia.
Hacía tiempo que no estaba con mi adorada sobrina, y su presencia me llenaba de energía.
—Bueno, vayan tranquis y cuídense —les dije despidiéndolos.
—Siempre me cuido y además por ahora no le estamos buscando hermanito a Tami—contestó Pablo sabiendo muy bien que mi “cuídense” se refería a la gripe.
—Ya nos volveremos a encontrar —lo amenacé con dulzura.
—En cualquier momento llega la pizza así es que andá eligiendo la peli que querés que veamos.
—¿Podemos ver “El rey león”? —quiso saber Tami teniendo en cuenta que la vimos unas 28734691356197023485 veces.
—Claro, acordate que vos sos la reina de la casa.
Hay un reino que tiene final feliz…
Hoy, esta noche, es uno de ellos…
miércoles, 1 de julio de 2009
119. en tono gris
Cuando la editorial en la que trabajaba se vio obligada por causas ajenas a cerrar, a irse a esfumarse, apareció un tipo conocido, de nombre Luís, que me ofreció trabajar con él.
Las horas eran muchas y el dinero no tanto, pero las cuentas había que pagarlas y mi cuerpo alimentarse, por lo que acepté transformarme en su chofer hasta que apareciera algo mejor.
Yo nada más manejaba y disfrutaba del paisaje alejado de la ciudad.
Cuando llegábamos a algún comercio, él bajaba de la camioneta a hacer sus negocios y yo me quedaba escuchando la radio, escribiendo en un cuaderno, leyendo algo, o mirando a la gente pasar.
De todas maneras el cansancio se hacía notar por llegar de noche a casa después de un promedio de 200 km diarios.
Pero bue… es lo que hay.
La cosa es que hace unos días, Luís comenzó e tener un dolor intenso en un costado de su pierna.
Comenzó a realizarse estudios y después de varios de ellos, tuvo que someterse a una operación en las vértebras a la que arreglaron con clavos y demás.
Pero esa operación era secundaria…
Lo principal era investigar una mancha que había aparecido en uno de los huesos de la columna.
Y esa mancha, pese a lo que creían a simple vista los médicos y algunos estudios realizados, no es otra cosa que un tumor, y maligno.
Sí, Luís tiene un tumor en el riñón y había dejado sus huellas en uno de los huesos.
Ahora, esta semana, comenzó con una pastilla con la que se intentará encapsular al tumor, más algo de quimio que se hará cada 28 días, y rayos de manera diaria durante un mes por lo menos.
Y Luís está solo.
Ahora está en su casa con su esposa, pero hace de cuenta que está solo.
Y para que él y su esposa coman, paguen sus cuentas y se puedan movilizar, yo tengo que trabajar.
Es decir, me volví esclavo del trabajo que él me dio para poder ayudarlo.
Entonces ahora tuve que aprenderme los comercios y sus recorridos.
También tengo que llevarlo a hacerse estos estudios.
Y hay algún que otro día que después de regresar del hospital, no tengo que ir a ningún lado, entonces no trabajo y ese día no lo cobro.
Es decir, no le voy a cobrar por llevarlo al hospital, estar con él, y traerlo de regreso a su casa, pero es que de todas maneras yo necesito trabajar.
Puedo descansar ese medio día que me queda libre, pero… no es lo mismo.
Y me pregunto…
¿Y si alguien me ofrece un laburo que me conviene?
¿Qué hago?
¿Lo dejo a él justo en este momento?
¿Y quién pagará mis cuentas?
¿Y tiempo para comprar algo para la heladera?
De pronto me vi atrapado sin los carteles que indiquen la salida.
Él está tranquilo, y yo estoy seguro que todo va a salir bien.
Pero hace un tiempo decidí colgar el traje de superman porque no me sentía del todo cómodo para realizar ese papel de superhéroe.
Y sin embargo, cada nuevo día, siento que salgo volando a socorrer a alguien cuando en realidad me siento más Clark Kent que nunca.
Las horas eran muchas y el dinero no tanto, pero las cuentas había que pagarlas y mi cuerpo alimentarse, por lo que acepté transformarme en su chofer hasta que apareciera algo mejor.
Yo nada más manejaba y disfrutaba del paisaje alejado de la ciudad.
Cuando llegábamos a algún comercio, él bajaba de la camioneta a hacer sus negocios y yo me quedaba escuchando la radio, escribiendo en un cuaderno, leyendo algo, o mirando a la gente pasar.
De todas maneras el cansancio se hacía notar por llegar de noche a casa después de un promedio de 200 km diarios.
Pero bue… es lo que hay.
La cosa es que hace unos días, Luís comenzó e tener un dolor intenso en un costado de su pierna.
Comenzó a realizarse estudios y después de varios de ellos, tuvo que someterse a una operación en las vértebras a la que arreglaron con clavos y demás.
Pero esa operación era secundaria…
Lo principal era investigar una mancha que había aparecido en uno de los huesos de la columna.
Y esa mancha, pese a lo que creían a simple vista los médicos y algunos estudios realizados, no es otra cosa que un tumor, y maligno.
Sí, Luís tiene un tumor en el riñón y había dejado sus huellas en uno de los huesos.
Ahora, esta semana, comenzó con una pastilla con la que se intentará encapsular al tumor, más algo de quimio que se hará cada 28 días, y rayos de manera diaria durante un mes por lo menos.
Y Luís está solo.
Ahora está en su casa con su esposa, pero hace de cuenta que está solo.
Y para que él y su esposa coman, paguen sus cuentas y se puedan movilizar, yo tengo que trabajar.
Es decir, me volví esclavo del trabajo que él me dio para poder ayudarlo.
Entonces ahora tuve que aprenderme los comercios y sus recorridos.
También tengo que llevarlo a hacerse estos estudios.
Y hay algún que otro día que después de regresar del hospital, no tengo que ir a ningún lado, entonces no trabajo y ese día no lo cobro.
Es decir, no le voy a cobrar por llevarlo al hospital, estar con él, y traerlo de regreso a su casa, pero es que de todas maneras yo necesito trabajar.
Puedo descansar ese medio día que me queda libre, pero… no es lo mismo.
Y me pregunto…
¿Y si alguien me ofrece un laburo que me conviene?
¿Qué hago?
¿Lo dejo a él justo en este momento?
¿Y quién pagará mis cuentas?
¿Y tiempo para comprar algo para la heladera?
De pronto me vi atrapado sin los carteles que indiquen la salida.
Él está tranquilo, y yo estoy seguro que todo va a salir bien.
Pero hace un tiempo decidí colgar el traje de superman porque no me sentía del todo cómodo para realizar ese papel de superhéroe.
Y sin embargo, cada nuevo día, siento que salgo volando a socorrer a alguien cuando en realidad me siento más Clark Kent que nunca.
lunes, 29 de junio de 2009
118. volver al futuro
Los últimos días de ausencias (por lo menos por estos lugares) me encontraron demasiado presente en otras cuestiones.
Lamentablemente no se trató de alguna nueva y buena aventura, o de algo que valga la pena contar.
De hecho estuve pensando en dejar mi vida a diario…
(epa, sonó a suicidio, pero me refería a la escritura de “Mi vida a diario”)
Pero claro, la vida no es siempre de color rosa… a no ser que uno sea la pantera.
Y aunque muchas veces ustedes (leyendo) y yo (escribiendo) nos divertimos con las cosas que (me) suceden, en algunas ocasiones el despertar no es del todo divertido.
Sin embargo, la vida continúa y el último primero de enero me propuse escribir todo lo que me iba sucediendo, sin discriminar entre lo bueno y lo malo.
Creo que el semestre que pasó fue muy bueno, y ahora la balanza de la vida comienza a colocar piedritas del otro lado.
¿La ley de la vida?
Si es así, seré un transgresor de esta normativa vidal e intentaré quebrar la balanza para el lado de las sonrisas.
Mientras tanto… acá estoy!!!
Y hablando de estar y transgredir, el sábado nos juntamos la barra en lo de Lore.
Nada especial salvo las pizzas y ninguna excusa para estar reunidos.
Algunas bromas obvias sobre Miguelito Jackson, algunas paranoias sobre la gripe porcina, una votación sobre la película a mirar (ganó “La duda” y después de terminar de verla dudamos sobre la buena elección realizada), y cuando nos despert…, digo, cuando nos dimos cuenta, ya la mañana estaba sobre nosotros y sus alrededores.
Mateamos, charlamos (en voz baja para respetar un poco la veda política) sobre las elecciones de este domingo y de a poco nos fuimos despidiendo.
Cris se fue temprano porque quería votar ídem.
La mayoría lo haría a la hora del almuerzo en la que creían habría menos gente.
Y yo lo haría cuando encontrase mi documento.
Claro, soy de los que sacan su D.N.I. nada más que cuando hay que votar, y después del sufragio lo vuelvo a guardar tan bien que para la próxima elección no sé dónde lo puse.
Lo busqué por todas partes sin éxito alguno.
El mediodía se acercaba y me llama mi hermana Ana.
—Gastón, ¿ya votaste?
—No, estoy buscando el docu.
—¿Lo buscaste bien?
—Evidentemente no porque no lo encuentro —dije algo enojado por su preguntonta.
—Ok, buscalo un rato más y después venite para casa así te lo doy y vas a votar.
—¿Cómo? ¿Lo tenés vos?
—Sí, me lo diste para que después no estés todo el día buscando dónde lo dejaste.
Después de pasar por lo de Ana, retirar el docu e ir con Sebas a votar (lo hacemos en la misma escuela), me llama Pablo para decirme que a Cris, por ir temprano, lo engancharon para estar como presidente de mesa o fiscal, por lo que terminamos de votar y nos fuimos a llevarle un termo con café y a hacerle un poco el aguante.
Cuando todo terminó, volví a casa y me puse a hacer zapping por todos los noticieros para enterarme cómo iba la cosa.
Me quedé dormido cuando los que perdieron se adjudicaban el triunfo (como hacen siempre).
De todas maneras, espero que de una buena vez, todos ganemos.
(por lo menos siempre voto con ese deseo furtivo y esa convicción tan alejada de la realidad)
Lamentablemente no se trató de alguna nueva y buena aventura, o de algo que valga la pena contar.
De hecho estuve pensando en dejar mi vida a diario…
(epa, sonó a suicidio, pero me refería a la escritura de “Mi vida a diario”)
Pero claro, la vida no es siempre de color rosa… a no ser que uno sea la pantera.
Y aunque muchas veces ustedes (leyendo) y yo (escribiendo) nos divertimos con las cosas que (me) suceden, en algunas ocasiones el despertar no es del todo divertido.
Sin embargo, la vida continúa y el último primero de enero me propuse escribir todo lo que me iba sucediendo, sin discriminar entre lo bueno y lo malo.
Creo que el semestre que pasó fue muy bueno, y ahora la balanza de la vida comienza a colocar piedritas del otro lado.
¿La ley de la vida?
Si es así, seré un transgresor de esta normativa vidal e intentaré quebrar la balanza para el lado de las sonrisas.
Mientras tanto… acá estoy!!!
Y hablando de estar y transgredir, el sábado nos juntamos la barra en lo de Lore.
Nada especial salvo las pizzas y ninguna excusa para estar reunidos.
Algunas bromas obvias sobre Miguelito Jackson, algunas paranoias sobre la gripe porcina, una votación sobre la película a mirar (ganó “La duda” y después de terminar de verla dudamos sobre la buena elección realizada), y cuando nos despert…, digo, cuando nos dimos cuenta, ya la mañana estaba sobre nosotros y sus alrededores.
Mateamos, charlamos (en voz baja para respetar un poco la veda política) sobre las elecciones de este domingo y de a poco nos fuimos despidiendo.
Cris se fue temprano porque quería votar ídem.
La mayoría lo haría a la hora del almuerzo en la que creían habría menos gente.
Y yo lo haría cuando encontrase mi documento.
Claro, soy de los que sacan su D.N.I. nada más que cuando hay que votar, y después del sufragio lo vuelvo a guardar tan bien que para la próxima elección no sé dónde lo puse.
Lo busqué por todas partes sin éxito alguno.
El mediodía se acercaba y me llama mi hermana Ana.
—Gastón, ¿ya votaste?
—No, estoy buscando el docu.
—¿Lo buscaste bien?
—Evidentemente no porque no lo encuentro —dije algo enojado por su preguntonta.
—Ok, buscalo un rato más y después venite para casa así te lo doy y vas a votar.
—¿Cómo? ¿Lo tenés vos?
—Sí, me lo diste para que después no estés todo el día buscando dónde lo dejaste.
Después de pasar por lo de Ana, retirar el docu e ir con Sebas a votar (lo hacemos en la misma escuela), me llama Pablo para decirme que a Cris, por ir temprano, lo engancharon para estar como presidente de mesa o fiscal, por lo que terminamos de votar y nos fuimos a llevarle un termo con café y a hacerle un poco el aguante.
Cuando todo terminó, volví a casa y me puse a hacer zapping por todos los noticieros para enterarme cómo iba la cosa.
Me quedé dormido cuando los que perdieron se adjudicaban el triunfo (como hacen siempre).
De todas maneras, espero que de una buena vez, todos ganemos.
(por lo menos siempre voto con ese deseo furtivo y esa convicción tan alejada de la realidad)
domingo, 21 de junio de 2009
117. en el día del padre
Formas de vida que son transmitidas
Esas enseñanzas que nunca se olvidan
Las huellas de sus amores en nuestras casas
Intensamente marcadas por sus
Zapatos gastados en los caminos ya recorridos
Después el tiempo traerá los recuerdos
Irrepetibles momentos junto a ellos
Anclados en los corazones valientes
Dios siendo el Padre de todos nosotros
Exigió que en la Tierra también tengamos un padre
La mejor de las ofrendas recibidas
Pero no olvidemos que nuestros corazones
Almas coloradas de mismo ritmo
Descuentan de nuestras mentes las distancias
Recordemos y tengamos siempre presente
Ellos jamás estarán lejos de nosotros
En nuestras vidas descansan nuestros padres
Nosotros lo hacemos en sus atentas miradas
Es verdad que siempre es el día del padre
Sólo que algunos necesitan de esta fecha
Para tener la oportunidad de decir: "Te quiero, papá"
Entonces hay que intentar demostrarlo
Cada día a cada instante
Inolvidable será para nuestros padres
A la vez que se vuelve
Loable también para nosotros
Ahora trataré de seguir la línea personal
Muchas veces estuvimos juntos y separados
Infiernos transformados en Paraísos
Vos siempre estuviste conmigo
Igual que el abuelo
Ejemplos de vida para mi vida
Juntos fuimos aprendiendo
Orgullo de la relación de un padre con su hijo
Esas enseñanzas que nunca se olvidan
Las huellas de sus amores en nuestras casas
Intensamente marcadas por sus
Zapatos gastados en los caminos ya recorridos
Después el tiempo traerá los recuerdos
Irrepetibles momentos junto a ellos
Anclados en los corazones valientes
Dios siendo el Padre de todos nosotros
Exigió que en la Tierra también tengamos un padre
La mejor de las ofrendas recibidas
Pero no olvidemos que nuestros corazones
Almas coloradas de mismo ritmo
Descuentan de nuestras mentes las distancias
Recordemos y tengamos siempre presente
Ellos jamás estarán lejos de nosotros
En nuestras vidas descansan nuestros padres
Nosotros lo hacemos en sus atentas miradas
Es verdad que siempre es el día del padre
Sólo que algunos necesitan de esta fecha
Para tener la oportunidad de decir: "Te quiero, papá"
Entonces hay que intentar demostrarlo
Cada día a cada instante
Inolvidable será para nuestros padres
A la vez que se vuelve
Loable también para nosotros
Ahora trataré de seguir la línea personal
Muchas veces estuvimos juntos y separados
Infiernos transformados en Paraísos
Vos siempre estuviste conmigo
Igual que el abuelo
Ejemplos de vida para mi vida
Juntos fuimos aprendiendo
Orgullo de la relación de un padre con su hijo
viernes, 19 de junio de 2009
116. ...y la vida sigue
Reunión en casa.
Estábamos todos juntos sin ninguna excusa.
Simplemente apareció Pablo para llamarme y decirme que venía con Ana. Ana le avisó a Lore, y así se fue haciendo la cadena amigable.
El ambiente estaba raro…
Esta mañana mientras unía Baires con La Plata, puse la radio de siempre sabiendo que esta vez, como nunca antes, sólo habría música.
Me puse mal y se me empañó la mirada.
—¿Es para tanto? —me preguntó Luís sin entender mi sensación interna y externa.
—No es para tanto. Es lo suficiente. Es lo obvio. Es lo natural. Es lo que me pasa.
No dije más nada… Y él tampoco.
La música continuaba sonando de fondo pero no llenando un silencio, sino acompañando un sentimiento.
Pablo, Sebas, Ana, Pato, Pamela, Valeria, Fernanda y Natalia éramos fieles escuchas de su programa. Los demás alguna vez lo habían escuchado o nunca, como era el caso de Cris.
Sin embargo el tema nos tocó de alguna manera a todos.
Es que la muerte es parte de la vida, pero algunas idas tempraneras no dejan de provocarnos un sacudón, por saber que nadie leyó las letras mínimas del contrato de la vida y su final anunciado.
Pero no fue una reunión de bajón, sino de plantearnos ciertas realidades desconocidas y saber que hay que disfrutar hasta el último minuto de todo lo que hagamos.
Alguna vez leí que “las lágrimas más dolorosas son las que caen sobre una lápida mientras se dicen las palabras que no se dijeron antes”.
Esa frase me dejo marcado lo suficiente como para disfrutar de mis amigos, de mis amores, de los pequeños y grandes placeres de la vida como ir a pescar con mi viejo, como hacer renegar a mi vieja, como amar con locura a Tami, como decirles a mis amigos cuánto los quiero, como escribir cada vez que la cabeza y los dedos responden, como escuchar la música que me gusta y también la que desconozco, como leer buenas historias, como enamorarme de las sonrisas, como quedarme hipnotizado mirando un cielo estrellado, como disfrutar un buen trago de algo, como mis respiros a siete pisos de la realidad, como ser pasional con mis razones, como un buen mate cuando tengo ganas y puedo, como recordar los buenos recuerdos, como cuidar mi corazón por más que se me escapen latidos, como tantas otras cosas que valen la pena vivir… sobre todo mientras seguimos con vida.
Y entonces fue Pablo quien sacó, no un conejo de la galera, pero sí el dvd con los últimos capítulos de Lost, que por alguna extraña razón todavía no habíamos visto.
Cuando la picada estaba preparada y las pizzas recién llegadas, todos juntos nos pusimos a disfrutar de este pequeño ritual (uno de los tantos) que compartimos y que nos hace tan felices, por lo menos durante esta vida.
Estábamos todos juntos sin ninguna excusa.
Simplemente apareció Pablo para llamarme y decirme que venía con Ana. Ana le avisó a Lore, y así se fue haciendo la cadena amigable.
El ambiente estaba raro…
Esta mañana mientras unía Baires con La Plata, puse la radio de siempre sabiendo que esta vez, como nunca antes, sólo habría música.
Me puse mal y se me empañó la mirada.
—¿Es para tanto? —me preguntó Luís sin entender mi sensación interna y externa.
—No es para tanto. Es lo suficiente. Es lo obvio. Es lo natural. Es lo que me pasa.
No dije más nada… Y él tampoco.
La música continuaba sonando de fondo pero no llenando un silencio, sino acompañando un sentimiento.
Pablo, Sebas, Ana, Pato, Pamela, Valeria, Fernanda y Natalia éramos fieles escuchas de su programa. Los demás alguna vez lo habían escuchado o nunca, como era el caso de Cris.
Sin embargo el tema nos tocó de alguna manera a todos.
Es que la muerte es parte de la vida, pero algunas idas tempraneras no dejan de provocarnos un sacudón, por saber que nadie leyó las letras mínimas del contrato de la vida y su final anunciado.
Pero no fue una reunión de bajón, sino de plantearnos ciertas realidades desconocidas y saber que hay que disfrutar hasta el último minuto de todo lo que hagamos.
Alguna vez leí que “las lágrimas más dolorosas son las que caen sobre una lápida mientras se dicen las palabras que no se dijeron antes”.
Esa frase me dejo marcado lo suficiente como para disfrutar de mis amigos, de mis amores, de los pequeños y grandes placeres de la vida como ir a pescar con mi viejo, como hacer renegar a mi vieja, como amar con locura a Tami, como decirles a mis amigos cuánto los quiero, como escribir cada vez que la cabeza y los dedos responden, como escuchar la música que me gusta y también la que desconozco, como leer buenas historias, como enamorarme de las sonrisas, como quedarme hipnotizado mirando un cielo estrellado, como disfrutar un buen trago de algo, como mis respiros a siete pisos de la realidad, como ser pasional con mis razones, como un buen mate cuando tengo ganas y puedo, como recordar los buenos recuerdos, como cuidar mi corazón por más que se me escapen latidos, como tantas otras cosas que valen la pena vivir… sobre todo mientras seguimos con vida.
Y entonces fue Pablo quien sacó, no un conejo de la galera, pero sí el dvd con los últimos capítulos de Lost, que por alguna extraña razón todavía no habíamos visto.
Cuando la picada estaba preparada y las pizzas recién llegadas, todos juntos nos pusimos a disfrutar de este pequeño ritual (uno de los tantos) que compartimos y que nos hace tan felices, por lo menos durante esta vida.
miércoles, 17 de junio de 2009
115. silencio de radio
Ustedes ya saben…
Intento contar mi vida a diario aunque los tiempos, aunque otras obligaciones, aunque algunos olvidos, aunque pequeñas exageraciones me desvíen del camino escrito.
Estos tiempos son así.
Llego a casa tarde, cansado, y sintiendo que el espacio frente en la compu escribiendo y leyendo se me escurre entre los dedos y la cibernética.
De todas maneras, acá estoy, combatiendo mis abandonos y llevando este diario al extremo de mostrarme (a mí mismo) las cosas que muchas veces me pasan.
Bueno, no sé porqué esta extraña introducción, pero también soy parte de estas confusiones, de mis propias contradicciones, y de mis caminos desviados e ideas perdidas.
Ustedes ya conocen a mis amigos.
Los conocen por lo que yo cuento de ellos.
Tanto a los chicos (sergio, sebas, cris, pablito) como a las chicas (lore, vale, fernanda, pato, natalia) ustedes ya los reconocen cuando los nombro, y saben muy bien lo que siento por cada uno de ellos.
Que cuando nos juntamos estamos más unidos que antes y podemos estar con la risa eterna, entre filosofías baratas y esquinas de adoquines.
Pero también siento como amigo a aquellos seres a los que no conozco y sin embargo me acompañan, me hacen reír, emocionar, y demás, en cada día de mi vida.
Esta tarde, manejando por una autopista algo monótona, durante un respiro casi sin aire, enciendo la radio de la camioneta y me entero de la noticia:
“Falleció Fernando Peña”
Y para mí es Fernando, y también cada uno de sus personajes.
Pero también sus realidades con las que podía coincidir u opinar contrariamente, aunque siempre respetando sus ideas e intentando entender sus razones pasionales.
Como lo hago con cualquier amigo, con cualquier persona.
Pero Fernando, desde hace años me acompaña por radio.
Me acompañó durante esas mañanas tempraneras en las que trabajaba en otra parte y hasta lograba que habiendo salido con tiempo de casa, llegara tarde por querer terminar de escuchar sus frases, sus locuras, sus verdades.
Hoy, ahora, estoy triste.
Seguramente como muchos otros.
Pero en este momento estoy triste, porque es un amigo que se va, un amigo que se fue.
Por más que los recuerdos, que el tenerlo presente, que los homenajes, que las palabras…
Nada, estoy triste y se me nota en las palabras.
Pero mucho más en las futuras mañanas de radio… sin radio.
Chau Fernando…
Chau puto lindo…
Intento contar mi vida a diario aunque los tiempos, aunque otras obligaciones, aunque algunos olvidos, aunque pequeñas exageraciones me desvíen del camino escrito.
Estos tiempos son así.
Llego a casa tarde, cansado, y sintiendo que el espacio frente en la compu escribiendo y leyendo se me escurre entre los dedos y la cibernética.
De todas maneras, acá estoy, combatiendo mis abandonos y llevando este diario al extremo de mostrarme (a mí mismo) las cosas que muchas veces me pasan.
Bueno, no sé porqué esta extraña introducción, pero también soy parte de estas confusiones, de mis propias contradicciones, y de mis caminos desviados e ideas perdidas.
Ustedes ya conocen a mis amigos.
Los conocen por lo que yo cuento de ellos.
Tanto a los chicos (sergio, sebas, cris, pablito) como a las chicas (lore, vale, fernanda, pato, natalia) ustedes ya los reconocen cuando los nombro, y saben muy bien lo que siento por cada uno de ellos.
Que cuando nos juntamos estamos más unidos que antes y podemos estar con la risa eterna, entre filosofías baratas y esquinas de adoquines.
Pero también siento como amigo a aquellos seres a los que no conozco y sin embargo me acompañan, me hacen reír, emocionar, y demás, en cada día de mi vida.
Esta tarde, manejando por una autopista algo monótona, durante un respiro casi sin aire, enciendo la radio de la camioneta y me entero de la noticia:
“Falleció Fernando Peña”
Y para mí es Fernando, y también cada uno de sus personajes.
Pero también sus realidades con las que podía coincidir u opinar contrariamente, aunque siempre respetando sus ideas e intentando entender sus razones pasionales.
Como lo hago con cualquier amigo, con cualquier persona.
Pero Fernando, desde hace años me acompaña por radio.
Me acompañó durante esas mañanas tempraneras en las que trabajaba en otra parte y hasta lograba que habiendo salido con tiempo de casa, llegara tarde por querer terminar de escuchar sus frases, sus locuras, sus verdades.
Hoy, ahora, estoy triste.
Seguramente como muchos otros.
Pero en este momento estoy triste, porque es un amigo que se va, un amigo que se fue.
Por más que los recuerdos, que el tenerlo presente, que los homenajes, que las palabras…
Nada, estoy triste y se me nota en las palabras.
Pero mucho más en las futuras mañanas de radio… sin radio.
Chau Fernando…
Chau puto lindo…
martes, 16 de junio de 2009
114. cartas marcadas
El fin de semana tomé la firma decisión de realizar un poco de limpieza en lo que hasta el viernes era la cara oculta del depto. La determinación la tomé porque, simplemente, era el único ser que habita el lugar y que tiene la propiedad de tomar esta clase de decisiones.
Pero además estaba buscando algo que sabía que se encontraba en algún impreciso lugar, pero después de un buen rato de búsqueda inútil llegué a la conclusión de que si no ponía un poco de orden, el caos terminaría desbordándolo todo, acá y en otros lugares.
Me puse ropa cómoda y comencé con la faena…
Mientras revisaba y ordenaba la parte de arriba del placard encontré un cofre grande, azul, artesanal, y cerrado con un candado mediano y sin indicación del lugar exacto de su llave mágica.
En un momento de iluminación recordé que en el llavero que uso todos los días hay una llave muy pequeña que está ahí junto a las demás. Como no me molestaba y me caía simpática, nunca me preocupé por averiguar a dónde pertenecía, pero ahora me pareció descubrir el secreto de su existencia. Fui en su búsqueda y al regresar comprobé con cierta felicidad que pertenecía sin duda alguna al candado oxidado. Costó un poco el giro, pero con una suficiente dosis de paciencia y fuerza pude levantar la tapa que cubría quién sabe qué cosas del mundo exterior.
Me sumergí en su interior y encontré un libro de Alfonsina Storni con una extraña dedicatoria hacia mi persona. También una bolsa llena de bolitas ganadas seguramente en alguna antigua competencia en un patio de escuela primaria.
Pero lo más importante es que, entre otros varios objetos diversos, encontré una pequeña caja rectangular de madera que al hallarla me provocó un cosquilleo interior difícil de describir. La saqué con cuidado y la puse sobre la mesa.
Después de soplar para sacar el polvo que, pese al encierro, tenía sobre sí, la abrí y me encontré con un tesoro incalculable. En su interior se encontraban ordenadas sin orden alguno un montón de sobres con sus respectivas cartas. Los remitentes ya me emocionaron. Había cartas de mamá (realizando sin querer un pequeñito homenaje a mi querido Julio), cartas de papá desde aquellas lejanas y áridas tierras, cartas de antiguas novias que cada tanto me visitan en forma de recuerdos, cartas de amigos aprovechando las fiestas de fin de año para contarme algo de sus vidas.
Encontré también algunas cartas de mis abuelos diciéndome que esperaban mi visita para el próximo verano ya pasado.
También había cartas que mandé pero que regresaron a mis manos por problemas ajenos a la empresa.
La verdad es que fue muy emocionante leer y releer frases y oraciones como: "...pero pese a las distancias existentes, nuestros corazones siguen juntos.", escrita en esa letra que heredé de papá.
O mi vieja recordándome con humor que "...como siempre decís, madre hay una sola y justo te vino a tocar a vos. Pero así será hasta que se demuestre lo contrario...".
Ahora, a la distancia, me dio risa la parte en que Verónica me escribe que "...estaremos juntos durante toda la eternidad.", evidentemente escrito sin saber que la eternidad llegaba a su fin justo una semana después.
Y Sergio que desde su cubana visita me aseguraba que "...no deja de ser paradójico que acá existan mejores aires que en Buenos Aires...".
Así me pasé el fin de semana, por momentos riendo, en otras ocasiones dejando que se caigan algunas lágrimas emocionadas, a veces recordando lo peligroso de algunos recuerdos olvidados, y otras reflexionando sobre las causas y razones de ciertas palabras escritas.
La verdad es que el tiempo que duraron las diferentes lecturas en forma de cartas fue tan intenso que cuando quise despertar de ese maravilloso viaje por el camino de la memoria, ya era martes y quedaba por delante toda una semanita de trabajo.
Por suerte, el feriado logra que falte menos para el fin de semana y así me iré preparando con cuadernos en blanco y varias lapiceras con las cuales escribiré las nuevas cartas que el correo se encargará de distribuir a las personas que quiero, que amo, que extraño.
Pero además estaba buscando algo que sabía que se encontraba en algún impreciso lugar, pero después de un buen rato de búsqueda inútil llegué a la conclusión de que si no ponía un poco de orden, el caos terminaría desbordándolo todo, acá y en otros lugares.
Me puse ropa cómoda y comencé con la faena…
Mientras revisaba y ordenaba la parte de arriba del placard encontré un cofre grande, azul, artesanal, y cerrado con un candado mediano y sin indicación del lugar exacto de su llave mágica.
En un momento de iluminación recordé que en el llavero que uso todos los días hay una llave muy pequeña que está ahí junto a las demás. Como no me molestaba y me caía simpática, nunca me preocupé por averiguar a dónde pertenecía, pero ahora me pareció descubrir el secreto de su existencia. Fui en su búsqueda y al regresar comprobé con cierta felicidad que pertenecía sin duda alguna al candado oxidado. Costó un poco el giro, pero con una suficiente dosis de paciencia y fuerza pude levantar la tapa que cubría quién sabe qué cosas del mundo exterior.
Me sumergí en su interior y encontré un libro de Alfonsina Storni con una extraña dedicatoria hacia mi persona. También una bolsa llena de bolitas ganadas seguramente en alguna antigua competencia en un patio de escuela primaria.
Pero lo más importante es que, entre otros varios objetos diversos, encontré una pequeña caja rectangular de madera que al hallarla me provocó un cosquilleo interior difícil de describir. La saqué con cuidado y la puse sobre la mesa.
Después de soplar para sacar el polvo que, pese al encierro, tenía sobre sí, la abrí y me encontré con un tesoro incalculable. En su interior se encontraban ordenadas sin orden alguno un montón de sobres con sus respectivas cartas. Los remitentes ya me emocionaron. Había cartas de mamá (realizando sin querer un pequeñito homenaje a mi querido Julio), cartas de papá desde aquellas lejanas y áridas tierras, cartas de antiguas novias que cada tanto me visitan en forma de recuerdos, cartas de amigos aprovechando las fiestas de fin de año para contarme algo de sus vidas.
Encontré también algunas cartas de mis abuelos diciéndome que esperaban mi visita para el próximo verano ya pasado.
También había cartas que mandé pero que regresaron a mis manos por problemas ajenos a la empresa.
La verdad es que fue muy emocionante leer y releer frases y oraciones como: "...pero pese a las distancias existentes, nuestros corazones siguen juntos.", escrita en esa letra que heredé de papá.
O mi vieja recordándome con humor que "...como siempre decís, madre hay una sola y justo te vino a tocar a vos. Pero así será hasta que se demuestre lo contrario...".
Ahora, a la distancia, me dio risa la parte en que Verónica me escribe que "...estaremos juntos durante toda la eternidad.", evidentemente escrito sin saber que la eternidad llegaba a su fin justo una semana después.
Y Sergio que desde su cubana visita me aseguraba que "...no deja de ser paradójico que acá existan mejores aires que en Buenos Aires...".
Así me pasé el fin de semana, por momentos riendo, en otras ocasiones dejando que se caigan algunas lágrimas emocionadas, a veces recordando lo peligroso de algunos recuerdos olvidados, y otras reflexionando sobre las causas y razones de ciertas palabras escritas.
La verdad es que el tiempo que duraron las diferentes lecturas en forma de cartas fue tan intenso que cuando quise despertar de ese maravilloso viaje por el camino de la memoria, ya era martes y quedaba por delante toda una semanita de trabajo.
Por suerte, el feriado logra que falte menos para el fin de semana y así me iré preparando con cuadernos en blanco y varias lapiceras con las cuales escribiré las nuevas cartas que el correo se encargará de distribuir a las personas que quiero, que amo, que extraño.
jueves, 11 de junio de 2009
113. lo que queda
Hay recuerdos imposibles de olvidar, pero algunos detalles algunas veces logran escaparse y se quedan escondidos detrás del olvido selectivo.
La cuestión es que cuando el cielo comenzaba a cambiar sus colores mañaneros, me tuve que ir.
Me vestí en silencio mientras ella me miraba desde la cama.
Cuando ya casi estaba listo, ella se levantó y se envolvió en una enorme remera.
Bajamos en silencio por las escaleras, abrió la puerta del edificio y después de un beso breve de despedida, me dijo algo que nunca pude olvidar…
—No te borres.
Eran tres palabras que decían mucho más que esas tres simples palabras.
El “no te borres” no era porque pensara que yo desaparecería, sino para dejar bien en claro que quería que nos volviéramos a ver, a encontrar, a pasarla juntos.
El “no te borres” era una forma de decirme que más allá de la inocencia del pasado, y un presente ocupado, los dos tiempos se podrían cambiar por un futuro mejor. O aunque sea intentarlo…
“No te borres” era también decir que así como se nos esfumaron buenos tiempos, sería bueno aprovechar estos que se están presentando, más allá del bien y del mal.
Y las tres palabras lanzadas con cariño y delicadeza por Fabiana sobre mis hombros, pesaron más de lo que uno podría haber imaginado.
Es que por alguna extraña razón, por alguna nefasta conjunción de planetas desalineados, por alguna broma inentendible del destino, por alguna trampa en el azar, por alguna resolución sin validez por quién sabe quién, algo falló.
Algo pasó, algo sucedió, algo se interpuso en el camino recién pavimentado que hizo que sin querer termine borrándome.
Un trabajo nuevo, horarios esclavos, tiempos sin tiempos, compromisos urgentes, desvíos desvariados y muchos otros percances presentados, hicieron que nunca más nos crucemos con Fabiana.
Sí, aquella noche multiplicada y con chocolates empalagosos, aquella noche de sueños despiertos, aquella noche de encuentros de almas y cuerpos, aquella noche inmortalizada en algún latido preciso, terminó siendo la última noche, la única noche que compartimos ella y yo.
Años después de aquella vez, los recuerdos me invaden porque por esas vueltas del planeta y las vidas del mismo planeta giratorio, en una breve parada del trabajo, quedé estacionado por unos minutos frente a la puerta de ese mismo edificio que me vio entrar dos veces y salir para siempre.
Mi jefe Luís buscaba un kiosco y justo me fui a encontrar con el mismo en que me vendieron aquellos dulces afrodisíacos.
¿Seguirá Fabiana viviendo ahí?
Mi mente se preguntó eso y mucho más.
¿Cómo podría explicarle que no fue mi intención borrarme, aunque haya sido exactamente eso lo que sucedió?
¿Habría manera de explicar algo inexplicable después de tanto tiempo?
Todo esto me sigo preguntando mientras decido bajarme de la camioneta y tocar el timbre, el del segundo piso.
Pero antes de poner un pie sobre la calle, la puerta del edificio se abre y…
Fabiana sale por la misma. Distinta a la de los primeros años y también diferente a la de la noche inmortal. Aunque su belleza, sus formas, su sonrisa entre los labios siguen demostrando que se trata de ella.
Quise gritar su nombre pero mi voz se ahogó.
Y menos mal porque detrás de ella apareció un cochecito de bebé empujado por un hombre… que estaba con ella.
Lo sé porque Fabiana se acercó al bebé y le acomodó la manta, y después le dio un beso en la boca ese mismo hombre mientras comenzaban a caminar tomado de su brazo mientras juntos empujaban el carrito por la vereda otoñal.
Me quedo mirando esa figura familiar e inesperada hasta que desaparecen en la esquina.
Luís entra a la camioneta y me entrega mi cepita de litro de naranja.
En silencio, sin decir absolutamente nada, brindo con un trajo frutal por la felicidad de Fabiana en su rol de madre y esposa, sabiendo que tiene a alguien a su lado que, evidentemente, no se borró.
Y unas cuadras más, brindo con un nuevo trago y una carcajada, al darme cuenta que su marido no es el flaco de las flores adicto a la televisión.
La cuestión es que cuando el cielo comenzaba a cambiar sus colores mañaneros, me tuve que ir.
Me vestí en silencio mientras ella me miraba desde la cama.
Cuando ya casi estaba listo, ella se levantó y se envolvió en una enorme remera.
Bajamos en silencio por las escaleras, abrió la puerta del edificio y después de un beso breve de despedida, me dijo algo que nunca pude olvidar…
—No te borres.
Eran tres palabras que decían mucho más que esas tres simples palabras.
El “no te borres” no era porque pensara que yo desaparecería, sino para dejar bien en claro que quería que nos volviéramos a ver, a encontrar, a pasarla juntos.
El “no te borres” era una forma de decirme que más allá de la inocencia del pasado, y un presente ocupado, los dos tiempos se podrían cambiar por un futuro mejor. O aunque sea intentarlo…
“No te borres” era también decir que así como se nos esfumaron buenos tiempos, sería bueno aprovechar estos que se están presentando, más allá del bien y del mal.
Y las tres palabras lanzadas con cariño y delicadeza por Fabiana sobre mis hombros, pesaron más de lo que uno podría haber imaginado.
Es que por alguna extraña razón, por alguna nefasta conjunción de planetas desalineados, por alguna broma inentendible del destino, por alguna trampa en el azar, por alguna resolución sin validez por quién sabe quién, algo falló.
Algo pasó, algo sucedió, algo se interpuso en el camino recién pavimentado que hizo que sin querer termine borrándome.
Un trabajo nuevo, horarios esclavos, tiempos sin tiempos, compromisos urgentes, desvíos desvariados y muchos otros percances presentados, hicieron que nunca más nos crucemos con Fabiana.
Sí, aquella noche multiplicada y con chocolates empalagosos, aquella noche de sueños despiertos, aquella noche de encuentros de almas y cuerpos, aquella noche inmortalizada en algún latido preciso, terminó siendo la última noche, la única noche que compartimos ella y yo.
Años después de aquella vez, los recuerdos me invaden porque por esas vueltas del planeta y las vidas del mismo planeta giratorio, en una breve parada del trabajo, quedé estacionado por unos minutos frente a la puerta de ese mismo edificio que me vio entrar dos veces y salir para siempre.
Mi jefe Luís buscaba un kiosco y justo me fui a encontrar con el mismo en que me vendieron aquellos dulces afrodisíacos.
¿Seguirá Fabiana viviendo ahí?
Mi mente se preguntó eso y mucho más.
¿Cómo podría explicarle que no fue mi intención borrarme, aunque haya sido exactamente eso lo que sucedió?
¿Habría manera de explicar algo inexplicable después de tanto tiempo?
Todo esto me sigo preguntando mientras decido bajarme de la camioneta y tocar el timbre, el del segundo piso.
Pero antes de poner un pie sobre la calle, la puerta del edificio se abre y…
Fabiana sale por la misma. Distinta a la de los primeros años y también diferente a la de la noche inmortal. Aunque su belleza, sus formas, su sonrisa entre los labios siguen demostrando que se trata de ella.
Quise gritar su nombre pero mi voz se ahogó.
Y menos mal porque detrás de ella apareció un cochecito de bebé empujado por un hombre… que estaba con ella.
Lo sé porque Fabiana se acercó al bebé y le acomodó la manta, y después le dio un beso en la boca ese mismo hombre mientras comenzaban a caminar tomado de su brazo mientras juntos empujaban el carrito por la vereda otoñal.
Me quedo mirando esa figura familiar e inesperada hasta que desaparecen en la esquina.
Luís entra a la camioneta y me entrega mi cepita de litro de naranja.
En silencio, sin decir absolutamente nada, brindo con un trajo frutal por la felicidad de Fabiana en su rol de madre y esposa, sabiendo que tiene a alguien a su lado que, evidentemente, no se borró.
Y unas cuadras más, brindo con un nuevo trago y una carcajada, al darme cuenta que su marido no es el flaco de las flores adicto a la televisión.
martes, 9 de junio de 2009
112. dulce (re)encuentro
Teniendo en cuenta que Fabiana es muy linda, que tenía el dedo en la boca, y que tomé su pregunta fuera de contexto, me parece que es lógico que ante la sonoridad de su frase haya realizado el movimiento preciso como para empujar al suelo un enorme jarrón que estaba a un costado de mi costado haciéndolo añicos contra el suelo.
—¿Querés que te vaya a comprar otro chocolate?
En esa época tenía la costumbre de fumarme alguna Gitana, por lo que aprovechando que fui al kiosco a comparar otro choco para Fabiana, compré un paquete azul de Gitanes.
Y mientras me fumaba un cigarrillo haciendo tiempo a que se limpiara el desorden ocasionado y a que guardase alguna otras cosas “rompibles”, pensaba en lo tonto que había estado al percibir alguna señal sexual con Fabiana.
Sobre todo teniendo en cuenta que tiene novio (un florero, pero novio al fin), que hacía mil años que no nos veíamos, y sobre todo que nunca fuimos más allá de aquellos exquisitos besos medianamente prolongados en la puerta de su casa.
Con el choco en un bolsillo y mi paquete de cigarrillos en el otro, utilizo las llaves que me dio y abro la puerta de entrada. Subo, una vez más, las escaleras hasta el segundo piso y cuando golpeo la puerta del depto, obviamente la que abre es Fabiana.
Pero no es la misma Fabiana…
Es decir, era pero no.
Me explico (o lo intento)…
Era la Fabiana de antes, la que me volvía loco cuando la acompañaba del boliche a su casa.
Era la Fabiana con la que me ponía recontra tímido cuando me miraba, cuando me hablaba, y que por eso tardaba las veinte cuadras del recorrido para acercarme lo suficiente como para acercar mi boca a su boca.
Era la Fabiana que me miraba diciéndome todo sin decirme nada.
Pero…
Era también la Fabiana de ahora que tiene la edad justa y el cuerpo adecuado.
Era la Fabiana de ahora que me miraba con una intensidad que hacía enmudecer cualquier cosa que se pudiera llegar a decir.
Era la Fabiana de ahora que me obligaba a compartir el chocolate, labios contra labios.
Era la Fabiana que se había cambiado de ropa, y estaba más… cómoda.
Era Fabiana, sí, pero con una dosis y mezcla exacta de Fabiana. La de ayer y la de ahora. La chica de los primeros pasos y la mujer con cierta experiencia. La amigovia de los besos inocentes y la mujer invitándome a quemarme con su fuego.
Y yo…
Bueno, también con mis años, con mis empedrados caminados, con mis días de enseñanzas a cada paso, y con los recuerdos sin olvidos que me provocaba verla así, tan real como la hermosa e interesante mujer que alguna vez imaginé que se convertiría ella.
Llegaron los besos, el chocolate derretido entre nuestras bocas, la guía de turismo hacia su dormitorio, el recorrido entre sus nuevas curvas, las palabras que no hacían falta decir, la ropa aterrizando en un rincón de la habitación, los pelos revueltos, las manos juguetonas, las miradas desde nuevos ángulos, el ir y venir de nuestros cuerpos, las palabras que no hacían falta decir, los sonidos del placer rebotando entre las paredes, el grito del final, el temblor de los cuerpos, el feliz cansancio, un cigarrillo compartido, la sorpresa de otro chocolate esperando en un bolsillo y la sorpresa de una segunda vuelta entre la llegada de los besos y el chocolate derretido entre nuestras bocas.
—¿Querés que te vaya a comprar otro chocolate?
En esa época tenía la costumbre de fumarme alguna Gitana, por lo que aprovechando que fui al kiosco a comparar otro choco para Fabiana, compré un paquete azul de Gitanes.
Y mientras me fumaba un cigarrillo haciendo tiempo a que se limpiara el desorden ocasionado y a que guardase alguna otras cosas “rompibles”, pensaba en lo tonto que había estado al percibir alguna señal sexual con Fabiana.
Sobre todo teniendo en cuenta que tiene novio (un florero, pero novio al fin), que hacía mil años que no nos veíamos, y sobre todo que nunca fuimos más allá de aquellos exquisitos besos medianamente prolongados en la puerta de su casa.
Con el choco en un bolsillo y mi paquete de cigarrillos en el otro, utilizo las llaves que me dio y abro la puerta de entrada. Subo, una vez más, las escaleras hasta el segundo piso y cuando golpeo la puerta del depto, obviamente la que abre es Fabiana.
Pero no es la misma Fabiana…
Es decir, era pero no.
Me explico (o lo intento)…
Era la Fabiana de antes, la que me volvía loco cuando la acompañaba del boliche a su casa.
Era la Fabiana con la que me ponía recontra tímido cuando me miraba, cuando me hablaba, y que por eso tardaba las veinte cuadras del recorrido para acercarme lo suficiente como para acercar mi boca a su boca.
Era la Fabiana que me miraba diciéndome todo sin decirme nada.
Pero…
Era también la Fabiana de ahora que tiene la edad justa y el cuerpo adecuado.
Era la Fabiana de ahora que me miraba con una intensidad que hacía enmudecer cualquier cosa que se pudiera llegar a decir.
Era la Fabiana de ahora que me obligaba a compartir el chocolate, labios contra labios.
Era la Fabiana que se había cambiado de ropa, y estaba más… cómoda.
Era Fabiana, sí, pero con una dosis y mezcla exacta de Fabiana. La de ayer y la de ahora. La chica de los primeros pasos y la mujer con cierta experiencia. La amigovia de los besos inocentes y la mujer invitándome a quemarme con su fuego.
Y yo…
Bueno, también con mis años, con mis empedrados caminados, con mis días de enseñanzas a cada paso, y con los recuerdos sin olvidos que me provocaba verla así, tan real como la hermosa e interesante mujer que alguna vez imaginé que se convertiría ella.
Llegaron los besos, el chocolate derretido entre nuestras bocas, la guía de turismo hacia su dormitorio, el recorrido entre sus nuevas curvas, las palabras que no hacían falta decir, la ropa aterrizando en un rincón de la habitación, los pelos revueltos, las manos juguetonas, las miradas desde nuevos ángulos, el ir y venir de nuestros cuerpos, las palabras que no hacían falta decir, los sonidos del placer rebotando entre las paredes, el grito del final, el temblor de los cuerpos, el feliz cansancio, un cigarrillo compartido, la sorpresa de otro chocolate esperando en un bolsillo y la sorpresa de una segunda vuelta entre la llegada de los besos y el chocolate derretido entre nuestras bocas.
sábado, 6 de junio de 2009
111. puede fallar
—¿Hola?
—Hola, soy yo, Gastón.
—¿Dónde estás?
—En el kiosco de enfrente.
—Jajajajaja…
—¿Qué querés que haga?
—Comprame un Tofi y venite para acá..
Pagué el llamado, compré el chocolate, crucé la calle, entré nuevamente al edificio y subí las escaleras hasta el segundo piso.
Fabiana abrió con una sonrisa la puerta y yo me perdí en el interior del departamento mientras me volví a acomodar para, ahora sí, ponernos al día… con todo y a solas.
Entre viejas charlas y nuevos mates, fuimos recorriendo parte de la historia dejada atrás.
—Siempre me gustaste —le dije envalentonado sin ninguna causa.
—Sí, lo sé —me contestó ella clavándome la mirada.
—Ah, lo disimulé bien entonces, jejejeje.
—No, para nada, jajajaja. En eso siempre fuimos muy parecidos. Yo también te demostré cada vez que nos veíamos que me gustabas.
—Sí… Algo sospechaba…
La charla entre los dos era natural. No había tonos eróticos o gestos que buscasen algunas provocación en el otro. Simplemente nos contábamos algo que, obviamente, ya sabíamos pero que nunca tuvimos el espacio para compartirlo.
Y ahora, había llegado el momento…
—¿Te acordás cuando íbamos a bailar? —me preguntó ella sabiendo que no podría olvidarme de esas salidas.
—En realidad no me acuerdo de ir a bailar, sino cuando salíamos del boliche.
—Jajaja, es verdad. Muchas veces me acompañabas hasta mi casa caminando esas 20 cuadras y cuando terminábamos el recorrido me besabas.
—La frutilla del postre, jejeje.
—Muy dulces tus besos. Siempre me besaste muy bien…
Algo pasó en ese momento porque mi codo realizó un movimiento rápido y torpe y golpeó el florero que estaba sobre la mesa, haciendo que caiga al suelo y se autodestruya en mil pedazos.
Fabiana fue a buscar un trapo para secar el piso y una pala para juntar las partes del florero.
—Esperá que traigo la escoba —me dijo al ver que estaba juntando los vidrios con la mano.
Nos pusimos los dos juntos a limpiar el desastre causado mientras nos reíamos por la situación, hasta que…
—¡Augh!
—¿Qué pasó?
—Nada una espina de estas flores de mierd…
—Pará que te la saco —me ofrecí y en dos segundos y cuarto ya estaba el aguijón fuera aunque su dedo sangrado un poco.
Y fue ahí cuando…
Bueno, hizo el gesto que la mayoría hace cuando le sangra un poco el dedo, es decir, se lo llevó a la boca y…
Extasiado con la imagen presentada me apoyo en la punta de la mesa y hago volar el cenicero de vidrio que se había salvado del desastre, hasta ese momento.
—Gastón, ¿acaso querés romperme todo?
Su pregunta fue inocente pero en mí tomó un significado alejado de toda inocencia.
Teniendo en cuenta que Fabiana es muy linda, que tenía el dedo en la boca, y que tomé su pregunta fuera de contexto, me parece que es lógico que ante la sonoridad de su frase haya realizado el movimiento preciso como para empujar al suelo un enorme jarrón que estaba a un costado de mi costado haciéndolo añicos contra el suelo.
—¿Querés que te vaya a comprar otro chocolate?
—Hola, soy yo, Gastón.
—¿Dónde estás?
—En el kiosco de enfrente.
—Jajajajaja…
—¿Qué querés que haga?
—Comprame un Tofi y venite para acá..
Pagué el llamado, compré el chocolate, crucé la calle, entré nuevamente al edificio y subí las escaleras hasta el segundo piso.
Fabiana abrió con una sonrisa la puerta y yo me perdí en el interior del departamento mientras me volví a acomodar para, ahora sí, ponernos al día… con todo y a solas.
Entre viejas charlas y nuevos mates, fuimos recorriendo parte de la historia dejada atrás.
—Siempre me gustaste —le dije envalentonado sin ninguna causa.
—Sí, lo sé —me contestó ella clavándome la mirada.
—Ah, lo disimulé bien entonces, jejejeje.
—No, para nada, jajajaja. En eso siempre fuimos muy parecidos. Yo también te demostré cada vez que nos veíamos que me gustabas.
—Sí… Algo sospechaba…
La charla entre los dos era natural. No había tonos eróticos o gestos que buscasen algunas provocación en el otro. Simplemente nos contábamos algo que, obviamente, ya sabíamos pero que nunca tuvimos el espacio para compartirlo.
Y ahora, había llegado el momento…
—¿Te acordás cuando íbamos a bailar? —me preguntó ella sabiendo que no podría olvidarme de esas salidas.
—En realidad no me acuerdo de ir a bailar, sino cuando salíamos del boliche.
—Jajaja, es verdad. Muchas veces me acompañabas hasta mi casa caminando esas 20 cuadras y cuando terminábamos el recorrido me besabas.
—La frutilla del postre, jejeje.
—Muy dulces tus besos. Siempre me besaste muy bien…
Algo pasó en ese momento porque mi codo realizó un movimiento rápido y torpe y golpeó el florero que estaba sobre la mesa, haciendo que caiga al suelo y se autodestruya en mil pedazos.
Fabiana fue a buscar un trapo para secar el piso y una pala para juntar las partes del florero.
—Esperá que traigo la escoba —me dijo al ver que estaba juntando los vidrios con la mano.
Nos pusimos los dos juntos a limpiar el desastre causado mientras nos reíamos por la situación, hasta que…
—¡Augh!
—¿Qué pasó?
—Nada una espina de estas flores de mierd…
—Pará que te la saco —me ofrecí y en dos segundos y cuarto ya estaba el aguijón fuera aunque su dedo sangrado un poco.
Y fue ahí cuando…
Bueno, hizo el gesto que la mayoría hace cuando le sangra un poco el dedo, es decir, se lo llevó a la boca y…
Extasiado con la imagen presentada me apoyo en la punta de la mesa y hago volar el cenicero de vidrio que se había salvado del desastre, hasta ese momento.
—Gastón, ¿acaso querés romperme todo?
Su pregunta fue inocente pero en mí tomó un significado alejado de toda inocencia.
Teniendo en cuenta que Fabiana es muy linda, que tenía el dedo en la boca, y que tomé su pregunta fuera de contexto, me parece que es lógico que ante la sonoridad de su frase haya realizado el movimiento preciso como para empujar al suelo un enorme jarrón que estaba a un costado de mi costado haciéndolo añicos contra el suelo.
—¿Querés que te vaya a comprar otro chocolate?
viernes, 5 de junio de 2009
110. quitando las sobras del plato
—¿A quién esperás?
—No, no te voy a decir —me dijo para mi sorpresa el flaco.
Con la evidencia de que, efectivamente, estábamos esperando a la misma persona, saco enseguida el escudo protector.
—Yo estoy esperando a una amiga de mi pueblo, que nos conocemos hace mil años y hacía quinientos que no nos veíamos. Se llama Fabiana. Fabiana V. ¿La conocés?
—Sí, vive en el segundo piso… Y es mi novia.
Apenas pasada la evidente sorpresa, le conté al apesadumbrado novio que a Fabiana la conocía desde hacía demasiado tiempo.
Éramos amigos que, por los diferentes caminos de la vida, estábamos distanciados geográficamente, y habíamos arreglado para vernos e intentar ponernos un poco al día.
La verdad es que no sé si me creyó, pero le dije la verdad.
Más allá de que siempre me había gustado, no había venido con ninguna intención física, y menos ahora que estaba su novio al lado mío.
Pasaron tres minutos y aparece en la puerta de entrada apurada e intentando embocar la llave en la cerradura sin mucha suerte, Fabiana. Entonces abro la puerta y al levantar la mirada se encuentra conmigo y con él. No sé qué habrá pensado al tener esa imagen frente a ella, pero viendo que empalidecía un poco me apuré a saludarla con un beso y un abrazo y así decirle al oído que se quedara tranquila que ya le avisé a su media naranja que soy su amigo.
Realizados los saludos y las nuevas presentaciones un tanto más formales, subimos los tres juntos por la escalera al segundo piso. Fabiana abrió la puerta y se dispuso a preparar unos mates para compartir.
Mientras ella Iba a la cocina y volvía al comedor donde me encontraba sentado junto a su novio y sus flores sin florero, explicaba que se retrasó porque justo cuando salía del trabajo al jefe se le ocurrió pedirle un trabajo extra y no le quedó más remedio, que perdón por la demora y demás disculpas grupales.
Finalmente ahí estábamos los tres en una mini ronda de mate.
El novio en silencio mirando algo en la tele (?) mientras Fabi y yo charlando pero seleccionando los temas por conversar para que no se presente inconveniente alguno.
La verdad es que el ambiente no era el más acorde.
Ella sin poder hablar demasiado conmigo, el novio hipnotizado con la tele, y yo más incómodo que las flores en ese diminuto florero.
En un momento Fabiana se levanta y se va con la pava a calentar más agua y yo aprovecho a tomar el mismo rumbo pon la excusa de preparar un nuevo mate.
—Che, me voy —le digo mientras vacío el mate.
—¿Por? —me pregunta con el mismo tono bajo de voz con el que yo le hablaba.
—Porque estoy incómodo, por más que tu novio haya venido a ver la tele.
—Esperá, hacé una cosa —dijo sorpresivamente ella y yo escuché atento la propuesta—. Andate si querés, pero llamame en media hora.
Al salir de la cocina, aprovechando un silencio en la tele anuncié que me iba.
Pero la sorpresa mayor fue cuando el novio habló y dijo:
—Yo también me voy.
Saludé rápidamente a Fabiana, despedí con un apretón de mano al novio y me fui en cualquier dirección sin alejarme demasiado.
Al llegar a la esquina me di vuelta y pude ver como el flaco se subía a un taxi y se alejaba del lugar.
Esperé unos diez minutos sentado sobre el cordón de la vereda por si al tipo se le ocurría regresar.
Comencé a caminar lentamente hacia lo de Fabiana y, justo frente al edificio de pocos pisos, había un kiosco con cabinas de teléfono. Entro a uno y marco el número de ella.
—¿Hola?
—Hola, soy yo, Gastón.
—¿Dónde estás?
—En el kiosco de enfrente.
—Jajajajaja…
—¿Qué querés que haga?
—Comprame un Tofi y venite para acá..
Pagué el llamado, compré el chocolate, crucé la calle, entré nuevamente al edificio y subí las escaleras hasta el segundo piso.
Fabiana abrió con una sonrisa la puerta y yo me perdí en el interior del departamento mientras me volvía a acomodar para, ahora sí, ponernos al día… con todo y a solas.
—No, no te voy a decir —me dijo para mi sorpresa el flaco.
Con la evidencia de que, efectivamente, estábamos esperando a la misma persona, saco enseguida el escudo protector.
—Yo estoy esperando a una amiga de mi pueblo, que nos conocemos hace mil años y hacía quinientos que no nos veíamos. Se llama Fabiana. Fabiana V. ¿La conocés?
—Sí, vive en el segundo piso… Y es mi novia.
Apenas pasada la evidente sorpresa, le conté al apesadumbrado novio que a Fabiana la conocía desde hacía demasiado tiempo.
Éramos amigos que, por los diferentes caminos de la vida, estábamos distanciados geográficamente, y habíamos arreglado para vernos e intentar ponernos un poco al día.
La verdad es que no sé si me creyó, pero le dije la verdad.
Más allá de que siempre me había gustado, no había venido con ninguna intención física, y menos ahora que estaba su novio al lado mío.
Pasaron tres minutos y aparece en la puerta de entrada apurada e intentando embocar la llave en la cerradura sin mucha suerte, Fabiana. Entonces abro la puerta y al levantar la mirada se encuentra conmigo y con él. No sé qué habrá pensado al tener esa imagen frente a ella, pero viendo que empalidecía un poco me apuré a saludarla con un beso y un abrazo y así decirle al oído que se quedara tranquila que ya le avisé a su media naranja que soy su amigo.
Realizados los saludos y las nuevas presentaciones un tanto más formales, subimos los tres juntos por la escalera al segundo piso. Fabiana abrió la puerta y se dispuso a preparar unos mates para compartir.
Mientras ella Iba a la cocina y volvía al comedor donde me encontraba sentado junto a su novio y sus flores sin florero, explicaba que se retrasó porque justo cuando salía del trabajo al jefe se le ocurrió pedirle un trabajo extra y no le quedó más remedio, que perdón por la demora y demás disculpas grupales.
Finalmente ahí estábamos los tres en una mini ronda de mate.
El novio en silencio mirando algo en la tele (?) mientras Fabi y yo charlando pero seleccionando los temas por conversar para que no se presente inconveniente alguno.
La verdad es que el ambiente no era el más acorde.
Ella sin poder hablar demasiado conmigo, el novio hipnotizado con la tele, y yo más incómodo que las flores en ese diminuto florero.
En un momento Fabiana se levanta y se va con la pava a calentar más agua y yo aprovecho a tomar el mismo rumbo pon la excusa de preparar un nuevo mate.
—Che, me voy —le digo mientras vacío el mate.
—¿Por? —me pregunta con el mismo tono bajo de voz con el que yo le hablaba.
—Porque estoy incómodo, por más que tu novio haya venido a ver la tele.
—Esperá, hacé una cosa —dijo sorpresivamente ella y yo escuché atento la propuesta—. Andate si querés, pero llamame en media hora.
Al salir de la cocina, aprovechando un silencio en la tele anuncié que me iba.
Pero la sorpresa mayor fue cuando el novio habló y dijo:
—Yo también me voy.
Saludé rápidamente a Fabiana, despedí con un apretón de mano al novio y me fui en cualquier dirección sin alejarme demasiado.
Al llegar a la esquina me di vuelta y pude ver como el flaco se subía a un taxi y se alejaba del lugar.
Esperé unos diez minutos sentado sobre el cordón de la vereda por si al tipo se le ocurría regresar.
Comencé a caminar lentamente hacia lo de Fabiana y, justo frente al edificio de pocos pisos, había un kiosco con cabinas de teléfono. Entro a uno y marco el número de ella.
—¿Hola?
—Hola, soy yo, Gastón.
—¿Dónde estás?
—En el kiosco de enfrente.
—Jajajajaja…
—¿Qué querés que haga?
—Comprame un Tofi y venite para acá..
Pagué el llamado, compré el chocolate, crucé la calle, entré nuevamente al edificio y subí las escaleras hasta el segundo piso.
Fabiana abrió con una sonrisa la puerta y yo me perdí en el interior del departamento mientras me volvía a acomodar para, ahora sí, ponernos al día… con todo y a solas.
jueves, 4 de junio de 2009
109. cita a oscuras
Mi memoria es de olvidar los nombres de rostros conocidos, calles por las que frecuento, fechas de almanaques y horarios de relojes.
Por otra parte mi olvido puede recordar pequeñas frases dichas al oído de nadie, datos sin importancia, e historias lejanas.
Esto que digo quedó demostrado con el olvido del cumple de mi hermana Ana, pero también con el recuerdo que tuve hoy…
Estaba moviéndome sobre ruedas cuando mi jefe y copiloto me pide que en el próximo kiosco me detenga. Tres cuadras adelante encuentro uno y estaciono en doble fila.
—Voy a comprar unas galletitas, ¿vos querés algo?
—Sí, una Cepita de naranja… de litro.
No entendí porqué Luís me miró raro, pero es lógico que no iba a pedir una cerveza sabiendo que todavía me quedan demasiados kilómetros por recorrer antes de terminar la jornada laboral.
Es entonces que miro distraídamente hacia la calle de enfrente y veo la entrada de un edificio de pocos pisos que me llama la atención. No porque tuviese algo extraño, sino porque me resultaba conocido…
Como en otra oportunidad conté (por si lo olvidaron, jejeje) los amigos y sobre todo amigas de mi adolescencia y de mis pagos, una vez que terminaron la secundaria, la mayoría, decidió seguir estudiando y para eso debían instalarse en La Plata.
Más que el amor por el estudio, era la seria posibilidad presentada de vivir solo en un departamentito (o en alguna pensión) con los padres a unos 300 km de distancia y la adrenalina de los pasos sin sombras familiares, aunque con la responsabilidad del estudio y de algún trabajo que se presentara.
Y en esa nueva vida estaba ella, Fabiana, con quien teníamos una relación de besos sin compromisos, dados únicamente cuando salíamos del único boliche que había en mi ciudad.
El tiempo pasó y cuatro años después consigo por algunas personas conocidas en común, el teléfono de su casa. La llamo y en breve quedamos que el viernes iba a visitarla.
El día llegó y como nunca en mi vida, la puntualidad me tenía tocando el timbre correspondiente sin que nadie me contestara o me abriera la puerta.
Esperé sabiendo que ella iba a aparecer… en algún momento.
Media hora después una señora que salía del edificio me dejó pasar y así esperar en la entrada.
Una hora y pico de incertidumbre, aburrido y sin saber qué hacer.
Hasta que un flaco, con ramo de flores en la mano, se acerca al portero eléctrico y toca timbre.
Nadie contesta.
Con absolutamente tooooooodaaaaaaaa mi inocencia le abro la puerta y le digo:
—Quizás no anda o cortaron la luz. Si querés pasá.
El flaco, de flores abundantes y pocas palabras, agradeció con un gesto y subió las escaleras.
A los dos minutos bajó por el mismo lugar y con las mismas flores en la mano a esperar a su novia.
Si hay algo que no soporto son esos silencios incómodos, y menos cuando estás con alguien compartiendo un reducido lugar.
—Parece que nos dejaron plantado —comenté como para romper el hielo.
—Se…
Entonces, apelando a mi humor de selección, dije la estupidez más grande de los últimos tiempos de mis tiempos…
—Espero que no estemos esperando a la misma persona, jejeje.
El flaco me miró y, cuando pensé que me iba a lanzar con las espinas de sus flores, sólo bajó la cabeza, sonrojado, y se rió de manera nerviosa.
Y ese gesto no me pasó desapercibido…
—¿A quién esperás?
—No, no te voy a decir —me dijo para mi sorpresa el flaco.
Con la evidencia de que, efectivamente, estábamos esperando a la misma persona, saco enseguida el escudo protector.
—Yo estoy esperando a una amiga de mi pueblo, que nos conocemos hace mil años y hacía quinientos que no nos veíamos. Se llama Fabiana. Fabiana V. ¿La conocés?
—Sí, vive en el segundo piso… Y es mi novia.
(ups!)
Por otra parte mi olvido puede recordar pequeñas frases dichas al oído de nadie, datos sin importancia, e historias lejanas.
Esto que digo quedó demostrado con el olvido del cumple de mi hermana Ana, pero también con el recuerdo que tuve hoy…
Estaba moviéndome sobre ruedas cuando mi jefe y copiloto me pide que en el próximo kiosco me detenga. Tres cuadras adelante encuentro uno y estaciono en doble fila.
—Voy a comprar unas galletitas, ¿vos querés algo?
—Sí, una Cepita de naranja… de litro.
No entendí porqué Luís me miró raro, pero es lógico que no iba a pedir una cerveza sabiendo que todavía me quedan demasiados kilómetros por recorrer antes de terminar la jornada laboral.
Es entonces que miro distraídamente hacia la calle de enfrente y veo la entrada de un edificio de pocos pisos que me llama la atención. No porque tuviese algo extraño, sino porque me resultaba conocido…
Como en otra oportunidad conté (por si lo olvidaron, jejeje) los amigos y sobre todo amigas de mi adolescencia y de mis pagos, una vez que terminaron la secundaria, la mayoría, decidió seguir estudiando y para eso debían instalarse en La Plata.
Más que el amor por el estudio, era la seria posibilidad presentada de vivir solo en un departamentito (o en alguna pensión) con los padres a unos 300 km de distancia y la adrenalina de los pasos sin sombras familiares, aunque con la responsabilidad del estudio y de algún trabajo que se presentara.
Y en esa nueva vida estaba ella, Fabiana, con quien teníamos una relación de besos sin compromisos, dados únicamente cuando salíamos del único boliche que había en mi ciudad.
El tiempo pasó y cuatro años después consigo por algunas personas conocidas en común, el teléfono de su casa. La llamo y en breve quedamos que el viernes iba a visitarla.
El día llegó y como nunca en mi vida, la puntualidad me tenía tocando el timbre correspondiente sin que nadie me contestara o me abriera la puerta.
Esperé sabiendo que ella iba a aparecer… en algún momento.
Media hora después una señora que salía del edificio me dejó pasar y así esperar en la entrada.
Una hora y pico de incertidumbre, aburrido y sin saber qué hacer.
Hasta que un flaco, con ramo de flores en la mano, se acerca al portero eléctrico y toca timbre.
Nadie contesta.
Con absolutamente tooooooodaaaaaaaa mi inocencia le abro la puerta y le digo:
—Quizás no anda o cortaron la luz. Si querés pasá.
El flaco, de flores abundantes y pocas palabras, agradeció con un gesto y subió las escaleras.
A los dos minutos bajó por el mismo lugar y con las mismas flores en la mano a esperar a su novia.
Si hay algo que no soporto son esos silencios incómodos, y menos cuando estás con alguien compartiendo un reducido lugar.
—Parece que nos dejaron plantado —comenté como para romper el hielo.
—Se…
Entonces, apelando a mi humor de selección, dije la estupidez más grande de los últimos tiempos de mis tiempos…
—Espero que no estemos esperando a la misma persona, jejeje.
El flaco me miró y, cuando pensé que me iba a lanzar con las espinas de sus flores, sólo bajó la cabeza, sonrojado, y se rió de manera nerviosa.
Y ese gesto no me pasó desapercibido…
—¿A quién esperás?
—No, no te voy a decir —me dijo para mi sorpresa el flaco.
Con la evidencia de que, efectivamente, estábamos esperando a la misma persona, saco enseguida el escudo protector.
—Yo estoy esperando a una amiga de mi pueblo, que nos conocemos hace mil años y hacía quinientos que no nos veíamos. Se llama Fabiana. Fabiana V. ¿La conocés?
—Sí, vive en el segundo piso… Y es mi novia.
(ups!)
miércoles, 3 de junio de 2009
108. mensajes de alerta
Tarde, ya no de noche, con mucho frío e igual de cansado, haciendo por fin el camino de regreso a casa.
Por suerte la autopista está despejada y puedo apretar el acelerador hasta la máxima velocidad permitida.
Mientras manejo voy pensando en 29572003484121287984121687 cosas y media al mismo tiempo cuando de pronto suena el celular y el hechizo se rompe. Es Pablo.
—Che Gastón, espero que no te hayas olvidado del día que es hoy. Mirá que ahora la cara de culo de tu hermana me la tengo que bancar yo, jajajajajaja.
—¿Por? No entiendo…
—Es el cumple de Ana. ¿Estás loco?
—Pablín, realmente me extraña araña que siendo mosca no me conozca. Lo que pasa es que hoy tuve un día de locura y todavía no llegué a casa. En cuarenta y cuatro minutos estoy en casa y la llamo.
—No te vayas a olvidar, eh?
—¿Cómo me voy a olvidar del cumple de mi hermana? Qudate tranquilo que después la llamo. Ahora estoy manejando, por eso. Dale… Ok. Chau.
Apenas corté el celu vuelve a sonar, pero esta vez es Lore.
—Hola Lore, ¿cómo estás? ¿Pasó algo?
—No, todo bien, lindo. Nada más te llamaba para recordarte que hoy es el cumpleaños de Ana, y como sé que estás medio tapado de trabajo, simplemente te llamo por si lo habías olvidado.
—Para nada. De todas maneras te agradezco el llamado. La verdad es que todavía no la llamé porque hoy no paré un minuto y recién ahora estoy pegando la vuelta. Pero en cuanto llegara a casa la iba a llamar y darle el tirón de orejas por teléfono, jejeje.
—Bueno nene, no te molesto más porque estás manejando. Viajá tranquilo y ciudate. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero mucho.
—Besitos.
—Chau nena.
No pasó ni medio segundo que nuevamente el celular sonando.
—Hola Sergio.
—Hola Gastón, ¿cómo va todo?
—Bien, ¿vos? ¿Mucho frío en esa cabeza despejada?
—No, tengo puesto un gorrito de lana, jajajajaja.
—Che, estoy manejando ahora ya volviendo para casa. ¿Querés que después te llame?
—No, está bien. Era para recordarte que hoy es…
—El cumpleaños de Ana.
—Ah, te acordaste.
—Sí, ya sabía pero gracias igual por preocuparte.
—Para eso están los amigos. Bueno, era eso nada más. Chau Gastón.
—Chau Sergio, y no te despeines.
Fui a tirar el celular en la guantera cuando me llega un mensaje de Cris.
“Se que tas manejando.
Hoy es cumple de Ana.
Llamala porque se enoja.
Chau”
Logro apagar el celular y me voy riendo de los llamados y los mensajes recibidos.
Pero después la risa se va desdibujando mientras miro la hora y se me escapa un “queloparió”.
—¿Qué pasa? —me pregunta Luís, mi copiloto, que escuchó y observó toda la escena.
—Me olvidé que hoy era el cumpleaños de mi hermana…
—¿Y qué tiene?
—¡¡¡Me va a matar!!!
Por suerte la autopista está despejada y puedo apretar el acelerador hasta la máxima velocidad permitida.
Mientras manejo voy pensando en 29572003484121287984121687 cosas y media al mismo tiempo cuando de pronto suena el celular y el hechizo se rompe. Es Pablo.
—Che Gastón, espero que no te hayas olvidado del día que es hoy. Mirá que ahora la cara de culo de tu hermana me la tengo que bancar yo, jajajajajaja.
—¿Por? No entiendo…
—Es el cumple de Ana. ¿Estás loco?
—Pablín, realmente me extraña araña que siendo mosca no me conozca. Lo que pasa es que hoy tuve un día de locura y todavía no llegué a casa. En cuarenta y cuatro minutos estoy en casa y la llamo.
—No te vayas a olvidar, eh?
—¿Cómo me voy a olvidar del cumple de mi hermana? Qudate tranquilo que después la llamo. Ahora estoy manejando, por eso. Dale… Ok. Chau.
Apenas corté el celu vuelve a sonar, pero esta vez es Lore.
—Hola Lore, ¿cómo estás? ¿Pasó algo?
—No, todo bien, lindo. Nada más te llamaba para recordarte que hoy es el cumpleaños de Ana, y como sé que estás medio tapado de trabajo, simplemente te llamo por si lo habías olvidado.
—Para nada. De todas maneras te agradezco el llamado. La verdad es que todavía no la llamé porque hoy no paré un minuto y recién ahora estoy pegando la vuelta. Pero en cuanto llegara a casa la iba a llamar y darle el tirón de orejas por teléfono, jejeje.
—Bueno nene, no te molesto más porque estás manejando. Viajá tranquilo y ciudate. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero mucho.
—Besitos.
—Chau nena.
No pasó ni medio segundo que nuevamente el celular sonando.
—Hola Sergio.
—Hola Gastón, ¿cómo va todo?
—Bien, ¿vos? ¿Mucho frío en esa cabeza despejada?
—No, tengo puesto un gorrito de lana, jajajajaja.
—Che, estoy manejando ahora ya volviendo para casa. ¿Querés que después te llame?
—No, está bien. Era para recordarte que hoy es…
—El cumpleaños de Ana.
—Ah, te acordaste.
—Sí, ya sabía pero gracias igual por preocuparte.
—Para eso están los amigos. Bueno, era eso nada más. Chau Gastón.
—Chau Sergio, y no te despeines.
Fui a tirar el celular en la guantera cuando me llega un mensaje de Cris.
“Se que tas manejando.
Hoy es cumple de Ana.
Llamala porque se enoja.
Chau”
Logro apagar el celular y me voy riendo de los llamados y los mensajes recibidos.
Pero después la risa se va desdibujando mientras miro la hora y se me escapa un “queloparió”.
—¿Qué pasa? —me pregunta Luís, mi copiloto, que escuchó y observó toda la escena.
—Me olvidé que hoy era el cumpleaños de mi hermana…
—¿Y qué tiene?
—¡¡¡Me va a matar!!!
martes, 2 de junio de 2009
107. a los empujones
Por cuestiones del tiempo y de la vida (me refiero más precisamente a estar harto de los cambios climáticos y los sopapos a la vuelta de cualquier esquina) es que estoy pensando (muy) seriamente en depender de mis propios errores y no de los aciertos ajenos.
Siempre pendiente de terceros de cuarta me olvido de mis segundos de primera.
Ayer lunes (y pese a ser lunes) comencé a realizar algunas cuentas, estudios de mercado, sacando posibilidades, y tramando mil y una formas de poder cumplir con mi cometido…
Un petit emprendimiento que no sea tan petit.
Y casualmente, o por esas jugarretas del autor del destino, anoche me llegó por correo una historia que me dejó casi sin dormir del entusiasmo, y buscando la solución para el problema primario de la pequeña suma para el puntapié inicial.
Comparto con ustedes la historia que me mandaron:
Un millonario estaba dando en su mansión una de sus habituales fiestas en la que no falta nada y por esa razón no falta nadie a las mismas.
El tipo (como para que se hagan una idea) tenía un auto para cada día de la semana, casas en distintas partes del mundo, y demás gustos monetarios. Pero una de los más extravagantes que poseía, era un estanque disfrazado de laguna pantanal, donde criaba sus admirados (y salvajes) cocodrilos.
Como los exquisitos vinos y el champagne frío y burbujeante no tenían fin y ya habían logrado su efecto, el anfitrión tomó la palabra y ante la aguda atención de sus invitados anunció que aquel que se atreva a cruzar a nado la piscina y llegar sano y salvo al otro lado, se hará acreedor de gran parte de sus autos, casas, y demás fortunas.
En eso se escucha el sonido de alguien que se zambulle y comienza una furiosa pelea entre la vida y la muerte.
Los cocodrilos avanzan para alcanzarlo y el hombre lucha por sobrevivir.
Sus fuerzas parecen desvanecerse pero consigue golpear a las bestias que quieren saciar su apetito carnívoro.
Finalmente, y luego de unos minutos eternos, el hombre llega, deteriorado pero con vida, al otro extremo de la orilla.
El excéntrico millonario lo saluda y felicita por su valentía y le ofrece sus premios. Pero este, para sorpresa de todos, anuncia que no quiere ni sus autos, ni sus casas, ni sus millones.
—Pero entonces, ¿qué es lo que quiere?
Empapado y casi sin poder hablar, responde:
—Encontrar al pedazo de hijoderemilputa que me empujó al agua.
La moraleja sería que somos capaces de realizar muchas cosas que no imaginamos.
Sólo necesitamos de un empujoncito.
(y a veces también de algún hijoderemilputa)
Ahora habrá que ver que sale de todo esto, ya que estoy muy entusiasmado, y además…
¡¡¡Siento que me andan empujando!!!
Siempre pendiente de terceros de cuarta me olvido de mis segundos de primera.
Ayer lunes (y pese a ser lunes) comencé a realizar algunas cuentas, estudios de mercado, sacando posibilidades, y tramando mil y una formas de poder cumplir con mi cometido…
Un petit emprendimiento que no sea tan petit.
Y casualmente, o por esas jugarretas del autor del destino, anoche me llegó por correo una historia que me dejó casi sin dormir del entusiasmo, y buscando la solución para el problema primario de la pequeña suma para el puntapié inicial.
Comparto con ustedes la historia que me mandaron:
Un millonario estaba dando en su mansión una de sus habituales fiestas en la que no falta nada y por esa razón no falta nadie a las mismas.
El tipo (como para que se hagan una idea) tenía un auto para cada día de la semana, casas en distintas partes del mundo, y demás gustos monetarios. Pero una de los más extravagantes que poseía, era un estanque disfrazado de laguna pantanal, donde criaba sus admirados (y salvajes) cocodrilos.
Como los exquisitos vinos y el champagne frío y burbujeante no tenían fin y ya habían logrado su efecto, el anfitrión tomó la palabra y ante la aguda atención de sus invitados anunció que aquel que se atreva a cruzar a nado la piscina y llegar sano y salvo al otro lado, se hará acreedor de gran parte de sus autos, casas, y demás fortunas.
En eso se escucha el sonido de alguien que se zambulle y comienza una furiosa pelea entre la vida y la muerte.
Los cocodrilos avanzan para alcanzarlo y el hombre lucha por sobrevivir.
Sus fuerzas parecen desvanecerse pero consigue golpear a las bestias que quieren saciar su apetito carnívoro.
Finalmente, y luego de unos minutos eternos, el hombre llega, deteriorado pero con vida, al otro extremo de la orilla.
El excéntrico millonario lo saluda y felicita por su valentía y le ofrece sus premios. Pero este, para sorpresa de todos, anuncia que no quiere ni sus autos, ni sus casas, ni sus millones.
—Pero entonces, ¿qué es lo que quiere?
Empapado y casi sin poder hablar, responde:
—Encontrar al pedazo de hijoderemilputa que me empujó al agua.
La moraleja sería que somos capaces de realizar muchas cosas que no imaginamos.
Sólo necesitamos de un empujoncito.
(y a veces también de algún hijoderemilputa)
Ahora habrá que ver que sale de todo esto, ya que estoy muy entusiasmado, y además…
¡¡¡Siento que me andan empujando!!!
domingo, 31 de mayo de 2009
106. con las botas puestas
Mucho trabajo, la lluvia persistente, el camino resbaladizo, la precaución al volante, y el agotamiento de toda una semana, me dejaron tarde en casa, con una pizza de delivery y una peli frente al monitor de la compu.
Cerca de las tres de la mañana, todo a oscuras y yo sumergiéndome en la cama bajo el calor de las frazadas y el acolchado.
Todavía no eran las nueve de la mañana de este domingo cambiante y tranquilo cuando golpean a la puerta. Para tranquilidad de mi alma, no se trataba de la visita de problemas, sino de mi amigo Sebas.
Como en alguna otra ocasión les conté, Sebas es fanático de asistir a casamientos de desconocidos. Tiene la curiosa virtud de meterse en las fiestas y disfrutarlas al máximo mientras baila el vals con la novia y se saca fotos divertidas con el novio.
Ahora se encuentra viviendo un tiempo de alegrías compartidas gracias a su amor deportivo por la camiseta de Huracán.
Pero Sebas, que es sobre todo un AMIGO con mayúsculas (ya hablé de él en el día 57. mi amigo sebas) tiene también la increíble e impredecible capacidad de elaborar teorías sobre el fascinante y enigmático universo femenino.
Y ahí estaba Sebas, enfundado en su mejor traje, con huellas del descarrilado carnaval carioca al que asistió anoche sin invitación alguna.
—Hola Sebas, es temprano… ¿Estás borracho o pasó algo?
—Ninguna de las dos. Simplemente vengo a tomar unos mates con vos y a contarte mi último descubrimiento —dijo mientras abría el paquete de facturas que traía de alguna confitería y varias porciones de torta de los desconocidos y felices recién casados.
Mientras ponía a calentar el agua y preparaba el mate, Sebas me seguía hablando con el entusiasmo del científico loco que descubre una pócima secreta.
—Hace tiempo que estaba investigando sobre el tema. Y después de realizar algunas encuestas a mi alrededor, anoche pude hablar con mujeres que no conocía y que validaron mi descubrimiento.
—¿Y de qué se trata, che? —quise apurar mientras le daba el primer mordiscón a una medialuna.
—Es algo que va a revolucionar la vida de todos… Bueno, no sé si de todos, pero sí de varios.
—Te escucho…
—Pero no sé si contártelo a vos —dijo de pronto poniendo un freno y acrecentando el misterio.
—Mirá, te agradezco por el desayuno y la visita, pero si estás acá y comenzaste a hablar, mejor que termines con tu teoría y me pongas al tanto de la misma.
—Sí, te voy a contar, pero es que sé que va a ser un antes y un después.
—¿Un antes y un después de qué?
—Es que este descubrimiento que acabo de hacer puede cambiar el destino de muchas vidas.
—Vos sabés que mi destino cambia a cada día, así es que tomá un mate y contame ya de qué trata todo.
—Ok… Ahí va… —se preparó después de pasarme el mate, tomar aire, y asegurarse de que le estaba prestando de manera absoluta toda mi atención—. Según observaciones agudas, experiencias personales y ajenas, y testimonios altamente confiables de primeras personas, puedo asegurar en este último domingo de mayo que…
—Que…
—Que las mujeres que usan botas largas por encima del jean o del pantalón que usen en ese momento, disfrutan, gozan y/o tienen predilección por el sexo anal.
Al escuchar esto volqué el mate y me atraganté con la crema pastelera de una exquisita factura.
—¿Qué decís?
—Lo que acabas de escuchar… Las mujeres que llevan botas por encima de sus pantalones o con estas dentro de las botas, les gusta el sexo anal.
—¿Pero vos estás seguro?
—Claro —contestó Sebas con la seguridad y seriedad con las que siempre exponía sus teorías naturales al mismo tiempo que lograba levantar una sola ceja.
—Y… ¿entonces? —pregunté con mi inocencia de un domingo tempranero.
—Y entonces nada. Simplemente eso —contestó Sebas dando por finalizado el tema y comenzando a comer un cañoncito de dulce de leche.
—Y bue…
A media mañana Sebas se fue a dormir a su depto y yo me quedé haciendo algunos trabajitos en la compu mientras de fondo sonaba un disco de The Beatles.
Cada tanto me asomaba al balcón pero desde la altura de un séptimo piso no se alcanza a ver con qué pisan las baldosas las mujeres del barrio.
Y bue…
Cerca de las tres de la mañana, todo a oscuras y yo sumergiéndome en la cama bajo el calor de las frazadas y el acolchado.
Todavía no eran las nueve de la mañana de este domingo cambiante y tranquilo cuando golpean a la puerta. Para tranquilidad de mi alma, no se trataba de la visita de problemas, sino de mi amigo Sebas.
Como en alguna otra ocasión les conté, Sebas es fanático de asistir a casamientos de desconocidos. Tiene la curiosa virtud de meterse en las fiestas y disfrutarlas al máximo mientras baila el vals con la novia y se saca fotos divertidas con el novio.
Ahora se encuentra viviendo un tiempo de alegrías compartidas gracias a su amor deportivo por la camiseta de Huracán.
Pero Sebas, que es sobre todo un AMIGO con mayúsculas (ya hablé de él en el día 57. mi amigo sebas) tiene también la increíble e impredecible capacidad de elaborar teorías sobre el fascinante y enigmático universo femenino.
Y ahí estaba Sebas, enfundado en su mejor traje, con huellas del descarrilado carnaval carioca al que asistió anoche sin invitación alguna.
—Hola Sebas, es temprano… ¿Estás borracho o pasó algo?
—Ninguna de las dos. Simplemente vengo a tomar unos mates con vos y a contarte mi último descubrimiento —dijo mientras abría el paquete de facturas que traía de alguna confitería y varias porciones de torta de los desconocidos y felices recién casados.
Mientras ponía a calentar el agua y preparaba el mate, Sebas me seguía hablando con el entusiasmo del científico loco que descubre una pócima secreta.
—Hace tiempo que estaba investigando sobre el tema. Y después de realizar algunas encuestas a mi alrededor, anoche pude hablar con mujeres que no conocía y que validaron mi descubrimiento.
—¿Y de qué se trata, che? —quise apurar mientras le daba el primer mordiscón a una medialuna.
—Es algo que va a revolucionar la vida de todos… Bueno, no sé si de todos, pero sí de varios.
—Te escucho…
—Pero no sé si contártelo a vos —dijo de pronto poniendo un freno y acrecentando el misterio.
—Mirá, te agradezco por el desayuno y la visita, pero si estás acá y comenzaste a hablar, mejor que termines con tu teoría y me pongas al tanto de la misma.
—Sí, te voy a contar, pero es que sé que va a ser un antes y un después.
—¿Un antes y un después de qué?
—Es que este descubrimiento que acabo de hacer puede cambiar el destino de muchas vidas.
—Vos sabés que mi destino cambia a cada día, así es que tomá un mate y contame ya de qué trata todo.
—Ok… Ahí va… —se preparó después de pasarme el mate, tomar aire, y asegurarse de que le estaba prestando de manera absoluta toda mi atención—. Según observaciones agudas, experiencias personales y ajenas, y testimonios altamente confiables de primeras personas, puedo asegurar en este último domingo de mayo que…
—Que…
—Que las mujeres que usan botas largas por encima del jean o del pantalón que usen en ese momento, disfrutan, gozan y/o tienen predilección por el sexo anal.
Al escuchar esto volqué el mate y me atraganté con la crema pastelera de una exquisita factura.
—¿Qué decís?
—Lo que acabas de escuchar… Las mujeres que llevan botas por encima de sus pantalones o con estas dentro de las botas, les gusta el sexo anal.
—¿Pero vos estás seguro?
—Claro —contestó Sebas con la seguridad y seriedad con las que siempre exponía sus teorías naturales al mismo tiempo que lograba levantar una sola ceja.
—Y… ¿entonces? —pregunté con mi inocencia de un domingo tempranero.
—Y entonces nada. Simplemente eso —contestó Sebas dando por finalizado el tema y comenzando a comer un cañoncito de dulce de leche.
—Y bue…
A media mañana Sebas se fue a dormir a su depto y yo me quedé haciendo algunos trabajitos en la compu mientras de fondo sonaba un disco de The Beatles.
Cada tanto me asomaba al balcón pero desde la altura de un séptimo piso no se alcanza a ver con qué pisan las baldosas las mujeres del barrio.
Y bue…
viernes, 29 de mayo de 2009
105. soñando con ella
Anoche llegué a casa extremadamente fusilado y bastante tarde.
No sé si en ese orden pero bue…
La cuestión es que me fui a dormir y antes de caer sobre la cama ya estaba dormido.
Lo último que recuerdo fue mirar la pantalla apagada del monitor, y haber dado un bostezo para el libro de los records.
Y entonces apareció ella…
No sé si estaba en una isla perdida o pedido en una isla.
Tampoco sé si era del estilo mágico de Lost pero la realidad que estaba viviendo daba para varios capítulos.
La cuestión es que me encontraba bajo un sol de mediodía pero que no molestaba.
Seguramente eso se debiera a la sombra de una enorme palmera que me cubría casi por completo.
Tenía la mirada clavada en nada en particular cuando ella apareció particularmente de la nada.
—Me gusta como te queda esa barba desprolija —me dijo a modo de saludo al mismo tiempo que pasaba su mano por mi cara.
—Me da fiaca —contesté con mi honestidad al natural.
Ella se rió de una manera que favorecía al paisaje que nos rodeaba.
Por momentos su rostro se me volvía difuso, pero mientras conversábamos, parecía que nos conocíamos desde siempre y ahí su cara comenzaba a dibujarse con finos trozos.
El ruido de las olas indecisas hacía juego con su pelo que parecía gustarle el juego de la brisa.
—¿Dónde estamos? —pregunté por preguntar algo.
—Donde vos quieras —me contestó ella clavándome una mirada que quedaba dibujada en la arena.
—¿Y vos sos…?
Ella no me contestó. Simplemente corrió hacia el mar y me dejó ver que también era linda cuando se iba.
Pero cuando se fue, o mejor dicho, cuando desapareció de mi vista, sentí cierta desesperación porque quería saber quién era ella.
Porque ella me hablaba de la manera que me gusta… con una sonrisa en la boca.
Porque ella parecía independiente… más allá de que yo sea de otro equipo.
Porque ella tenía esa clase de mirada que me gusta desafiar.
Porque ella era un misterio que quería descifrar.
¿Quién era ella?
De pronto su figura reapareció frente a mí y sentí cierto alivio.
—Ya está la comida.
—¿De verdad? ¡Qué bueno! —dije incorporando a mi inconsciente las milanesas sin probar de la noche anterior —. ¿Y qué hay?
—Pescado, ¿qué otra cosa puede haber?
—Pero a mí no me gusta el pescado —protesté sin vergüenza ni espinas.
—Si no querés comer, no comas. Pero yo por eso no me voy a quedar sin comer.
Lo que pasó después fue extraño (bah… no tanto).
Ella dejó el pescado a un lado, se quitó la poca ropa que tenía y…
Lo bueno de los sueños es que la arena no pica al estar desnudo haciendo el amor sobre ella.
Esta mañana al despertar, y durante el resto del día, tuve una sola inquietud recorriéndome la mente, el cuerpo, el alma…
¿Quién era ella?
No sé si en ese orden pero bue…
La cuestión es que me fui a dormir y antes de caer sobre la cama ya estaba dormido.
Lo último que recuerdo fue mirar la pantalla apagada del monitor, y haber dado un bostezo para el libro de los records.
Y entonces apareció ella…
No sé si estaba en una isla perdida o pedido en una isla.
Tampoco sé si era del estilo mágico de Lost pero la realidad que estaba viviendo daba para varios capítulos.
La cuestión es que me encontraba bajo un sol de mediodía pero que no molestaba.
Seguramente eso se debiera a la sombra de una enorme palmera que me cubría casi por completo.
Tenía la mirada clavada en nada en particular cuando ella apareció particularmente de la nada.
—Me gusta como te queda esa barba desprolija —me dijo a modo de saludo al mismo tiempo que pasaba su mano por mi cara.
—Me da fiaca —contesté con mi honestidad al natural.
Ella se rió de una manera que favorecía al paisaje que nos rodeaba.
Por momentos su rostro se me volvía difuso, pero mientras conversábamos, parecía que nos conocíamos desde siempre y ahí su cara comenzaba a dibujarse con finos trozos.
El ruido de las olas indecisas hacía juego con su pelo que parecía gustarle el juego de la brisa.
—¿Dónde estamos? —pregunté por preguntar algo.
—Donde vos quieras —me contestó ella clavándome una mirada que quedaba dibujada en la arena.
—¿Y vos sos…?
Ella no me contestó. Simplemente corrió hacia el mar y me dejó ver que también era linda cuando se iba.
Pero cuando se fue, o mejor dicho, cuando desapareció de mi vista, sentí cierta desesperación porque quería saber quién era ella.
Porque ella me hablaba de la manera que me gusta… con una sonrisa en la boca.
Porque ella parecía independiente… más allá de que yo sea de otro equipo.
Porque ella tenía esa clase de mirada que me gusta desafiar.
Porque ella era un misterio que quería descifrar.
¿Quién era ella?
De pronto su figura reapareció frente a mí y sentí cierto alivio.
—Ya está la comida.
—¿De verdad? ¡Qué bueno! —dije incorporando a mi inconsciente las milanesas sin probar de la noche anterior —. ¿Y qué hay?
—Pescado, ¿qué otra cosa puede haber?
—Pero a mí no me gusta el pescado —protesté sin vergüenza ni espinas.
—Si no querés comer, no comas. Pero yo por eso no me voy a quedar sin comer.
Lo que pasó después fue extraño (bah… no tanto).
Ella dejó el pescado a un lado, se quitó la poca ropa que tenía y…
Lo bueno de los sueños es que la arena no pica al estar desnudo haciendo el amor sobre ella.
Esta mañana al despertar, y durante el resto del día, tuve una sola inquietud recorriéndome la mente, el cuerpo, el alma…
¿Quién era ella?
miércoles, 27 de mayo de 2009
104. muchas gracias de nada
—Gastón, te queríamos agradecer el gesto del otro día —me dijo Ana.
—Más bien de la otra noche —agregó Pablo.
—Dije simplemente lo que sentí y sigo sintiendo —les dije a los dos.
Cuando llegué del trabajo, fui directamente a darme una ducha y tranquilizarme del día cargado de cortes, retrasos, bocinas, y conductores de ceños fruncidos.
Ya cambiado y metiendo una milanesa en el horno para cenar, sonó el timbre.
Era Ana y Pablo que venían a visitarme.
—De verdad, no hacía falta que vengan, chicos.
—Es que nos sentimos mal por no habértelo contado antes —se disculpó Ana.
—En realidad yo intenté varias veces contártelo pero siempre hubo una buena excusa para postergarlo —se sinceró Pablo.
—A decir verdad no sé cuál era el problema en que me lo digan.
—Bueno, es tu amigo —dijo Ana.
—Bueno, es tu hermana —dijo Pablo.
Entiendo que una situación o, mejor dicho, una relación así a alguno le puede molestar un poco.
Pero yo sé por las cosas que ha pasado Ana, cómo ha cuidado a Tami, y creo que se merece estar con alguien.
Y Pablo puede ser un tiro loco, pero sé que si decide ponerse de novio, es porque siente algo muy importante.
Y además sabe que no podría joder con mi hermana, y menos con Tami en el medio.
—Ana, Pablo, la verdad es que cuando Tami me lo contó sin querer queriendo, un poco me chocó, pero después me di cuenta que está buenísimo que ustedes dos estén juntos, porque son personas excepcionales. Además verlos bien, felices, a mí me producen exactamente lo mismo.
Mi hermana se acercó y me dio un beso.
Pablo me abrazó y me dio unas palmadas.
—Entonces…
—Entonces, ¿qué? —le pregunté a Pablo.
—Entonces te vas a poner más contento ahora que vas a ser tío de nuevo.
—¿¿¿QUÉ???
—No, mentira —intercedió Ana—. Pablo, no le hagas esas bromas a Gastón. Sobre todo si estamos cerca del balcón.
Ana y Pablo finalmente se fueron mientras él no paraba de reírse y yo intentaba que mis piernas no se terminen de aflojar.
Sobre todo ahora que tuve que correr a la cocina al sentir el humo que venía del interior del horno.
—¡Las milanesas!
El corazón contento… pero el estómago vacío.
Ups!
—Más bien de la otra noche —agregó Pablo.
—Dije simplemente lo que sentí y sigo sintiendo —les dije a los dos.
Cuando llegué del trabajo, fui directamente a darme una ducha y tranquilizarme del día cargado de cortes, retrasos, bocinas, y conductores de ceños fruncidos.
Ya cambiado y metiendo una milanesa en el horno para cenar, sonó el timbre.
Era Ana y Pablo que venían a visitarme.
—De verdad, no hacía falta que vengan, chicos.
—Es que nos sentimos mal por no habértelo contado antes —se disculpó Ana.
—En realidad yo intenté varias veces contártelo pero siempre hubo una buena excusa para postergarlo —se sinceró Pablo.
—A decir verdad no sé cuál era el problema en que me lo digan.
—Bueno, es tu amigo —dijo Ana.
—Bueno, es tu hermana —dijo Pablo.
Entiendo que una situación o, mejor dicho, una relación así a alguno le puede molestar un poco.
Pero yo sé por las cosas que ha pasado Ana, cómo ha cuidado a Tami, y creo que se merece estar con alguien.
Y Pablo puede ser un tiro loco, pero sé que si decide ponerse de novio, es porque siente algo muy importante.
Y además sabe que no podría joder con mi hermana, y menos con Tami en el medio.
—Ana, Pablo, la verdad es que cuando Tami me lo contó sin querer queriendo, un poco me chocó, pero después me di cuenta que está buenísimo que ustedes dos estén juntos, porque son personas excepcionales. Además verlos bien, felices, a mí me producen exactamente lo mismo.
Mi hermana se acercó y me dio un beso.
Pablo me abrazó y me dio unas palmadas.
—Entonces…
—Entonces, ¿qué? —le pregunté a Pablo.
—Entonces te vas a poner más contento ahora que vas a ser tío de nuevo.
—¿¿¿QUÉ???
—No, mentira —intercedió Ana—. Pablo, no le hagas esas bromas a Gastón. Sobre todo si estamos cerca del balcón.
Ana y Pablo finalmente se fueron mientras él no paraba de reírse y yo intentaba que mis piernas no se terminen de aflojar.
Sobre todo ahora que tuve que correr a la cocina al sentir el humo que venía del interior del horno.
—¡Las milanesas!
El corazón contento… pero el estómago vacío.
Ups!
martes, 26 de mayo de 2009
103. tres de amor
Llegué al lugar del encuentro en el Tigre, y todos se sorprendieron de mi breve impuntualidad.
Entre besos y abrazos llegó el saludo más lindo…
—¡¡¡Hola tío!!! —me saludó con efusividad y trepando de un salto a mi cuello mi querida sobrina.
—Hola Tami, ¿cómo estás?
—Bien, pero no viniste a verme al acto —me dijo haciéndome puchero.
—Es que estuve trabajando. Y además nadie me dijo que ibas a actuar. Imaginate que si yo sab…
—Igual no me enojo tío.
—Me alegro chiquita. ¿Y de qué hiciste?
—De dama antigua.
—¿Antigua como la abuela?
Se acercó Ana a saludarme y le dije que me alegraba mucho que se hubiera prendido a la salida.
—Sí, yo también me alegro.
Nos embarcamos y partimos todos hacia la isla mientras Marcelo oficiaba de guía, Pablo hacía sus habituales chistes, y Cris se comenzaba a poner un poco verde con el movimiento marino.
Después de una hora de viaje, pisamos tierra firme y nos encontramos con la casa escondida entre la naturaleza.
Sergio investigó el quincho y Sebas fue poniendo las bebidas en una enorme heladera.
El anfitrión resultó ser un tipo piola que aunque parecía tener dinero, no quería pasar el finde largo solo, por lo que ahí estaba el grupo reunido y divirtiéndose, gracias al contacto de Lore.
Comimos un señor asado (con perdón de la señora vaca) entre charlas sin profundidades y risas eternas.
Pamela comenzó a bombardear con su cámara de fotos y Pato la miraba sonriente mientras la alentaba a no dejar un solo momento sin inmortalizar.
A la siesta el sol estaba con su deliciosa calidez por lo que las mujeres se dedicaron a quitarse prendas y broncear pieles, y los hombres a sentarnos en el muelle a mirar las distintas embarcaciones y algunas que otra tripulación interesante que pasaba.
Tami se había quedado con ganas de contarme más cosas por lo que se sentó al lado mío y continuamos con la charla.
—¿Sabés quién vino a verme actuar?
—¿Una señora fea que tiene un hermano lindo y una hija preciosa?
—No le digas así a mamá porque ella es muy linda.
—Tenés razón. Y eso se lo debe a que salió a su querido y único hermano.
—Sí, pero no adivinaste quién vino a verme además de mamá.
—No se me ocurre… Decime.
—El tío Pablo.
—¿El tío Pab…? ¿Qué tío Pablo? El único que conozco es a él —dije señalando precisamente a Pablo que estaba haciendo reír a Sergio con alguno de sus chistes malos.
—Y sí, él vino a verme.
—Ahhh… No sabía… ¿Y por qué?
—Porque me quiere mucho y también a mamá.
—Sí, a mí también me quiere mucho porque somos todos amigos.
—Sí, pero ellos…
—¿Ellos qué?
—Ellos se dan besos así —me explicó haciendo una morisqueta que entendí a la perfección.
—Vos me estás diciendo que el tío Pablo y Ana…
—Sí, se quieren mucho y mamá siempre lo invita a casa y él viene y miramos una peli y nos hace reír mucho.
Al llegar la noche, hicimos un fogón y Marcelo resultó ser un buen guitarrista.
Cantamos las canciones que todos sabemos y desafinamos alegremente.
Y entre las llamas pude ver las miradas que se cruzaban entre Ana y Pablo.
Al finalizar la última canción, les pedía todos que tengan un vaso lleno con algo y que los levanten.
—Quiero brindar porque siempre es un placer que podamos estar juntos. La amistad cada vez adquiere más valor en mi vida. Y también me gusta que Ana y Tami hayan podido sumarse a la salida dominguera. Y quiero decirles a mi hermana y mi sobrinita que me gusta verlas felices, sonrientes, alegres. Pero sobre todo sabiendo que esa buena sensación es producto del bienestar que les provoca un buen amigo mío. Respeto que no me lo hayan contado, pero quiero que sepan que estoy feliz de que Ana y Pablo anden juntos. Y es por eso que levanto mi vaso y brindo por ellos.
Todos hicieron lo mismo y la mayoría se sorprendió por la noticia, salvo Lore, Sebas y Sergio que ya sabían del noviazgo.
Ana me dio un abrazo grande y Pablo me agradeció por las palabras.
Algunas nubes comenzaron a aparecer en el cielo nocturno, pero para nosotros, era una de esas noches inolvidables que valen la pena vivir.
Entre besos y abrazos llegó el saludo más lindo…
—¡¡¡Hola tío!!! —me saludó con efusividad y trepando de un salto a mi cuello mi querida sobrina.
—Hola Tami, ¿cómo estás?
—Bien, pero no viniste a verme al acto —me dijo haciéndome puchero.
—Es que estuve trabajando. Y además nadie me dijo que ibas a actuar. Imaginate que si yo sab…
—Igual no me enojo tío.
—Me alegro chiquita. ¿Y de qué hiciste?
—De dama antigua.
—¿Antigua como la abuela?
Se acercó Ana a saludarme y le dije que me alegraba mucho que se hubiera prendido a la salida.
—Sí, yo también me alegro.
Nos embarcamos y partimos todos hacia la isla mientras Marcelo oficiaba de guía, Pablo hacía sus habituales chistes, y Cris se comenzaba a poner un poco verde con el movimiento marino.
Después de una hora de viaje, pisamos tierra firme y nos encontramos con la casa escondida entre la naturaleza.
Sergio investigó el quincho y Sebas fue poniendo las bebidas en una enorme heladera.
El anfitrión resultó ser un tipo piola que aunque parecía tener dinero, no quería pasar el finde largo solo, por lo que ahí estaba el grupo reunido y divirtiéndose, gracias al contacto de Lore.
Comimos un señor asado (con perdón de la señora vaca) entre charlas sin profundidades y risas eternas.
Pamela comenzó a bombardear con su cámara de fotos y Pato la miraba sonriente mientras la alentaba a no dejar un solo momento sin inmortalizar.
A la siesta el sol estaba con su deliciosa calidez por lo que las mujeres se dedicaron a quitarse prendas y broncear pieles, y los hombres a sentarnos en el muelle a mirar las distintas embarcaciones y algunas que otra tripulación interesante que pasaba.
Tami se había quedado con ganas de contarme más cosas por lo que se sentó al lado mío y continuamos con la charla.
—¿Sabés quién vino a verme actuar?
—¿Una señora fea que tiene un hermano lindo y una hija preciosa?
—No le digas así a mamá porque ella es muy linda.
—Tenés razón. Y eso se lo debe a que salió a su querido y único hermano.
—Sí, pero no adivinaste quién vino a verme además de mamá.
—No se me ocurre… Decime.
—El tío Pablo.
—¿El tío Pab…? ¿Qué tío Pablo? El único que conozco es a él —dije señalando precisamente a Pablo que estaba haciendo reír a Sergio con alguno de sus chistes malos.
—Y sí, él vino a verme.
—Ahhh… No sabía… ¿Y por qué?
—Porque me quiere mucho y también a mamá.
—Sí, a mí también me quiere mucho porque somos todos amigos.
—Sí, pero ellos…
—¿Ellos qué?
—Ellos se dan besos así —me explicó haciendo una morisqueta que entendí a la perfección.
—Vos me estás diciendo que el tío Pablo y Ana…
—Sí, se quieren mucho y mamá siempre lo invita a casa y él viene y miramos una peli y nos hace reír mucho.
Al llegar la noche, hicimos un fogón y Marcelo resultó ser un buen guitarrista.
Cantamos las canciones que todos sabemos y desafinamos alegremente.
Y entre las llamas pude ver las miradas que se cruzaban entre Ana y Pablo.
Al finalizar la última canción, les pedía todos que tengan un vaso lleno con algo y que los levanten.
—Quiero brindar porque siempre es un placer que podamos estar juntos. La amistad cada vez adquiere más valor en mi vida. Y también me gusta que Ana y Tami hayan podido sumarse a la salida dominguera. Y quiero decirles a mi hermana y mi sobrinita que me gusta verlas felices, sonrientes, alegres. Pero sobre todo sabiendo que esa buena sensación es producto del bienestar que les provoca un buen amigo mío. Respeto que no me lo hayan contado, pero quiero que sepan que estoy feliz de que Ana y Pablo anden juntos. Y es por eso que levanto mi vaso y brindo por ellos.
Todos hicieron lo mismo y la mayoría se sorprendió por la noticia, salvo Lore, Sebas y Sergio que ya sabían del noviazgo.
Ana me dio un abrazo grande y Pablo me agradeció por las palabras.
Algunas nubes comenzaron a aparecer en el cielo nocturno, pero para nosotros, era una de esas noches inolvidables que valen la pena vivir.
sábado, 23 de mayo de 2009
102. invitación dominguera
Suena el celular a media mañana.
Estaciono sobre la banquina y atiendo…
—Hola Lore, ¿cómo estás?
—Bien, ¿vos? ¿Estás laburando? ¿Podés hablar?
—Sí, dale.
—¿Te acordás de Marcelo?
—¿Me llamaste para hacerme ese chiste?
—No, te hablo del flaco que estudiaba conmigo en la facultad.
—Hmmm… No, la verdad que no.
—El que tiene la casa en El Tigre.
—Ahhh, sí… ¿Cómo olvidarlo?
—Bueno, el otro día estábamos hablando del finde largo y me propuso pasarlo allá.
—¡Qué suerte! Pero… ¿a vos no te gustaba el flaco este?
—No, es re bueno pero no es mi tipo. De todas maneras la invitación no fue para mí sola, sino que me dijo que les avise a ustedes.
—¿De verdad? ¡Buenísimo!
—Sí, está buena la oportunidad de pasar el domingo allá, sobre todo teniendo en cuenta que el lunes no trabajamos.
—Claro. Y… ¿ya les avisaste a los demás? ¿Van todos?
—Sí, van todos… Ana y Tami también vienen.
—¿An…? ¿Mi hermana también va?
—Sí, van todos. ¡Va a estar bueno! Y vos, si querés, podés invitar a alguien más.
—¿Alguien más? ¿Como a quién?
—No sé… A Fernanda o a Julieta o a Sandra o a…
—Ok, ya entendí. Después a la noche hablamos y arreglamos bien.
—Dale… Chau. Besitos. Te quiero.
¿Invitar a alguien más?
A Julieta imposible porque la última noticia que tuve de ella fue que estaba en algún lugar de la Florida buceando entre tiburones.
A Sandra tampoco… No quiero que siga con el jueguito de los casados.
Fernanda… No sé… Además quizás vaya sin necesidad de que yo la invite.
Silvina tampoco… Me parece que no queda bien que después de tanto tiempo sin vernos la invite así sin más a pasar un día en el Tigre.
Hmmm… Me parece que lo mejor es que no invite a nadie.
Van a estar mis amigos, mi hermana, mi sobrinita y ya con todos ellos me aseguro de pasar un muy lindo domingo sin tener que meterme en problemas con rostro de mujer.
Ya está decidido…
Me voy solo… pero con todos ellos.
¿Qué más?
Estaciono sobre la banquina y atiendo…
—Hola Lore, ¿cómo estás?
—Bien, ¿vos? ¿Estás laburando? ¿Podés hablar?
—Sí, dale.
—¿Te acordás de Marcelo?
—¿Me llamaste para hacerme ese chiste?
—No, te hablo del flaco que estudiaba conmigo en la facultad.
—Hmmm… No, la verdad que no.
—El que tiene la casa en El Tigre.
—Ahhh, sí… ¿Cómo olvidarlo?
—Bueno, el otro día estábamos hablando del finde largo y me propuso pasarlo allá.
—¡Qué suerte! Pero… ¿a vos no te gustaba el flaco este?
—No, es re bueno pero no es mi tipo. De todas maneras la invitación no fue para mí sola, sino que me dijo que les avise a ustedes.
—¿De verdad? ¡Buenísimo!
—Sí, está buena la oportunidad de pasar el domingo allá, sobre todo teniendo en cuenta que el lunes no trabajamos.
—Claro. Y… ¿ya les avisaste a los demás? ¿Van todos?
—Sí, van todos… Ana y Tami también vienen.
—¿An…? ¿Mi hermana también va?
—Sí, van todos. ¡Va a estar bueno! Y vos, si querés, podés invitar a alguien más.
—¿Alguien más? ¿Como a quién?
—No sé… A Fernanda o a Julieta o a Sandra o a…
—Ok, ya entendí. Después a la noche hablamos y arreglamos bien.
—Dale… Chau. Besitos. Te quiero.
¿Invitar a alguien más?
A Julieta imposible porque la última noticia que tuve de ella fue que estaba en algún lugar de la Florida buceando entre tiburones.
A Sandra tampoco… No quiero que siga con el jueguito de los casados.
Fernanda… No sé… Además quizás vaya sin necesidad de que yo la invite.
Silvina tampoco… Me parece que no queda bien que después de tanto tiempo sin vernos la invite así sin más a pasar un día en el Tigre.
Hmmm… Me parece que lo mejor es que no invite a nadie.
Van a estar mis amigos, mi hermana, mi sobrinita y ya con todos ellos me aseguro de pasar un muy lindo domingo sin tener que meterme en problemas con rostro de mujer.
Ya está decidido…
Me voy solo… pero con todos ellos.
¿Qué más?
viernes, 22 de mayo de 2009
101. día equivocado
El reloj cayó desde la mesita de luz con ayuda de mi mano dormida.
Una tuerca interna se desprendió y en venganza no sonó a la hora establecida.
El timbre suena con insistencia y me pregunto quién puede ser a esta hora de la madrugada.
—Gastón, soy yo, Luís. ¿Qué pasó? ¿Te quedaste dormido? Dale, bajá que tenemos que ir urgente para La Plata.
Merde! Me quedé dormido.
Intento vestirme lo más rápido posible mientras hago pipí, me lavo la cara, me cepillo los dientes, me peino (bah…), desisto de un desayuno, y busco ropa para ponerme.
No tengo una sola remera lista por lo que miro a un costado de mi costado y ahí está la ropa de ayer.
No está taaannnn arrugada, además tengo ese saquito liviano que me pongo encima y listo.
Pero claro, cómo podía saber que hoy iba a ser el día otoñal más caluroso de los últimos siete mil años mientras iba por la ruta acalorado por culpa de mi remera arrugada de mangas largas.
Cuando estamos llegando a La Plata, Luís atiende un llamado al celular.
—Puta, me había olvidado. Bueno, ahora pegamos la vuelta.
—¿Qué pasó? —pregunto desconcertado.
—Se me pasó que tenía que llevar a mi esposa a hacerse unos estudios en el médico. Allá en la rotonda pegá la vuelta que nos volvemos para Buenos Aires.
Aprovecho que entonces voy a tener la mañana libre para hacer algunas cosas.
Pero antes a desayunar. Por lo que pongo el agua a calentar y cuando voy a preparar el mate descubro con horror que no tengo yerba.
(y lo peor es que estoy solo)
Voy a pagar algunos impuestos y el dinero se me escurre entre los dedos… ajenos.
Es entonces que regreso a casa en busca de más dinero…
Ya pasó el mediodía y pico algo que encontré en la heladera.
Antes había intentado llamar a un delivery pero descubro que tenía el celular desactivado para realizar cualquier llamado.
Me comunico con la empresa para preguntarle por qué me habían desconectado el teléfono y me dan como respuesta que era por la ausencia de pago.
—Pero si está pago —protesto intentando no perder la calma perdida.
—¿Cuándo pagó? —me pregunta del otro lado de la línea.
—Y… Hoy es jueves… Creo que hace unos diez días —contesto con fino sarcasmo.
—¿Tiene el número de cliente?
—¿El qué? ¿De dónde saco eso?
—De la boleta señor.
—Gastón me llamo, señora, y no tengo la boleta en la mano.
—Entonces comuníquese a la tarde.
—Pero si ya es la tarde.
—Entonces más tarde.
Tarde después me pasé toda la tarde intentando comunicarme y escuchando la estúpida canción que ponen durante la espera eterna.
Cuando la tarde ya comenzaba a hacerse tardecita logro comunicarme y explicar (una vez más) la causa de mi llamado.
—¿Tiene la boleta a mano? —me pregunta esta vez un tipo.
—Sí, acá tengo la boleta, ¿quiere que le diga mi número de cliente?
—No es necesario. Dígame la fecha en que abonó el importe correspondiente.
—Once de mayo de este año a media mañana.
—Aguarde un momento… A ver… Muy bien, en una hora le damos nuevamente la línea.
Me fui a La Plata y hubo que hacer todo a velocidad supersónica.
Por suerte me había cambiado la remera y el calor siguió sobre la ciudad.
Pero los trámites de esta mañana me impidieron regresar a casa un poco más temprano para ver el partido de mi equipo favorito.
Llego cuando faltaban quince minutos, y un cuarto de hora después, la cruel derrota queda consumada.
Me voy a dormir y mientras intentaba hacerlo, recuerdo que no escribí las desdichas del día de hoy.
Me siento en la compu al mismo tiempo que preparo unos mates gracias al pack de diez paquetes que compré hoy en el almacén amigo.
Mañana tengo que recontra madrugar y tengo los ojos abiertos como dibujo chino.
¿No estará mal el almanaque y se encuentra marcando un día equivocado?
Porque presiento que, por cómo estuvo la jornada de hoy, debe ser lunes.
Una tuerca interna se desprendió y en venganza no sonó a la hora establecida.
El timbre suena con insistencia y me pregunto quién puede ser a esta hora de la madrugada.
—Gastón, soy yo, Luís. ¿Qué pasó? ¿Te quedaste dormido? Dale, bajá que tenemos que ir urgente para La Plata.
Merde! Me quedé dormido.
Intento vestirme lo más rápido posible mientras hago pipí, me lavo la cara, me cepillo los dientes, me peino (bah…), desisto de un desayuno, y busco ropa para ponerme.
No tengo una sola remera lista por lo que miro a un costado de mi costado y ahí está la ropa de ayer.
No está taaannnn arrugada, además tengo ese saquito liviano que me pongo encima y listo.
Pero claro, cómo podía saber que hoy iba a ser el día otoñal más caluroso de los últimos siete mil años mientras iba por la ruta acalorado por culpa de mi remera arrugada de mangas largas.
Cuando estamos llegando a La Plata, Luís atiende un llamado al celular.
—Puta, me había olvidado. Bueno, ahora pegamos la vuelta.
—¿Qué pasó? —pregunto desconcertado.
—Se me pasó que tenía que llevar a mi esposa a hacerse unos estudios en el médico. Allá en la rotonda pegá la vuelta que nos volvemos para Buenos Aires.
Aprovecho que entonces voy a tener la mañana libre para hacer algunas cosas.
Pero antes a desayunar. Por lo que pongo el agua a calentar y cuando voy a preparar el mate descubro con horror que no tengo yerba.
(y lo peor es que estoy solo)
Voy a pagar algunos impuestos y el dinero se me escurre entre los dedos… ajenos.
Es entonces que regreso a casa en busca de más dinero…
Ya pasó el mediodía y pico algo que encontré en la heladera.
Antes había intentado llamar a un delivery pero descubro que tenía el celular desactivado para realizar cualquier llamado.
Me comunico con la empresa para preguntarle por qué me habían desconectado el teléfono y me dan como respuesta que era por la ausencia de pago.
—Pero si está pago —protesto intentando no perder la calma perdida.
—¿Cuándo pagó? —me pregunta del otro lado de la línea.
—Y… Hoy es jueves… Creo que hace unos diez días —contesto con fino sarcasmo.
—¿Tiene el número de cliente?
—¿El qué? ¿De dónde saco eso?
—De la boleta señor.
—Gastón me llamo, señora, y no tengo la boleta en la mano.
—Entonces comuníquese a la tarde.
—Pero si ya es la tarde.
—Entonces más tarde.
Tarde después me pasé toda la tarde intentando comunicarme y escuchando la estúpida canción que ponen durante la espera eterna.
Cuando la tarde ya comenzaba a hacerse tardecita logro comunicarme y explicar (una vez más) la causa de mi llamado.
—¿Tiene la boleta a mano? —me pregunta esta vez un tipo.
—Sí, acá tengo la boleta, ¿quiere que le diga mi número de cliente?
—No es necesario. Dígame la fecha en que abonó el importe correspondiente.
—Once de mayo de este año a media mañana.
—Aguarde un momento… A ver… Muy bien, en una hora le damos nuevamente la línea.
Me fui a La Plata y hubo que hacer todo a velocidad supersónica.
Por suerte me había cambiado la remera y el calor siguió sobre la ciudad.
Pero los trámites de esta mañana me impidieron regresar a casa un poco más temprano para ver el partido de mi equipo favorito.
Llego cuando faltaban quince minutos, y un cuarto de hora después, la cruel derrota queda consumada.
Me voy a dormir y mientras intentaba hacerlo, recuerdo que no escribí las desdichas del día de hoy.
Me siento en la compu al mismo tiempo que preparo unos mates gracias al pack de diez paquetes que compré hoy en el almacén amigo.
Mañana tengo que recontra madrugar y tengo los ojos abiertos como dibujo chino.
¿No estará mal el almanaque y se encuentra marcando un día equivocado?
Porque presiento que, por cómo estuvo la jornada de hoy, debe ser lunes.
martes, 19 de mayo de 2009
100. efeméride
Podría mentir y decir que recién cuando me levanté a la hora de los regresos borrachos de otros tiempos, al ir a buscar el desayuno en cuotas a la cocina, al arrancar la hoja del almanaque, me di cuenta que hoy era el día de un (posible) nuevo aniversario.
Es que hace ya varios años, dentro de un tiempo incalculable e inestable, sin cálculo ni redes me encontré de manera sorpresiva con tu mirada chocando con la mía.
Tu sonrisa dulce, mi gesto exagerado, tu pelo en movimiento, mi saludo caballero, tus palabras suaves, mi respuesta sincera, tu perfume invasor, mi piropo improvisado, tu timidez fingida, mi paso hacia delante, y finalmente nuestro encuentro en forma de beso y el comienzo sin final a la vista de cualquier horizonte lejano.
El cielo se encontraba totalmente despejado al igual que tu mirada inmortal y la primavera, a la que todavía le faltaban un par de estaciones para llegar, se dejaba sentir en el aire que respirábamos y nos envolvía.
Sí, un día como hoy fue el comienzo de nuestra relación, tan intensa, tan inocente, tan dolorosa, tan cruel, tan verdadera, tan especial. Los diarios con sus titulares color sangre no nos interesaban. La burbuja andaba a la perfección y en ella recorríamos un mundo armado a nuestra medida y gustos. Los libros empezaban a acumularse formando una montaña de trabajos atrasados, y desde ahí arriba nos podían ver los demás mortales que nos arrojaban sus envidias inmortales como afiladas jabalinas de juegos griegos.
Y nosotros, ocupados en otras cuestiones que tenían que ver nada más que con nosotros, no alcanzábamos a esquivar algunos lanzamientos certeros y las heridas comenzaban a desnudarse. Pero seguimos avanzando por un camino que de pronto se hizo cuesta arriba y nosotros empecinados en ascender mientras nos divertíamos con las cosas sencillas de este universo complicado.
Una estrella fugaz, un café con crema, una plaza deshabitada, un llamado interrumpido, un disco acompañado, una canción desesperada, una mascota de peluche, un caramelo sin envoltorio, un chocolate relleno, un bar de mesas reservadas, un paseo en colectivo, una caminata lunar, un beso sin explicación.
Un día como hoy, y durante un tiempo sin cuentas, arrojamos los relojes al fuego. Los días, las tardes y sus iluminadas noches eran nuestras por contrato. Las dos firmas y la letra chica sin necesidad de lectura. El comienzo de una nueva época que no alcanzó a dar inicio nos encontró envueltos entre sábanas y rodeados por paredes blancas. De fondo, una radio olvidada anunciaba un nuevo gol que luego sería anulado por posición adelantada. Pero nosotros lo festejamos de igual manera saltando por entre los adoquines, sentados en un escalón que no lleva a ninguna parte, hablando durante largas horas a larga distancia, con algunos sueños convertidos en sueños para siempre, con el abrigo de la soledad durante las noches que llegaban con un frío de inviernos crudos.
El abismo nos invitaba a pasar y tan inconscientes como nuestros paracaídas sin usar, dimos un paso al frente y en caída libre. Otras hinchadas festejaron y nos mezclaron con sus falsas banderas. Un nuevo mundo de multitudes nos separaron. Quedamos muy lejos el uno del otro. Las llamadas no eran contestadas. Las cartas no eran leídas. Los gritos no eran escuchados. Las palabras no eran comprendidas. Las miradas no se alcanzaban a encontrar.
Y todo se agudizó cuando una sombra te cubrió con una realidad que no era la que buscabas (a lo largo de la historia de la humanidad siempre existieron buenos vendedores de espejitos) y vos te fuiste con tus lentes de sol.
A diferencia de aquel día que dio principio a tantos finales, ahora por la ventana veo llover. Cuando no hay música acorde, siempre la lluvia pone su sonido de fondo, húmedo y oportuno, para momentos de esta naturaleza. Y esta escenografía que ahora me acompaña me obliga a preguntarme por vos… ¿Dónde estás? ¿Qué es de tu vida? ¿Alguna vez volví a pasar por tu mente? ¿Te acordaste de algo cuando descubriste la fecha de hoy en el almanaque? ¿Pensaste alguna vez en…?
Hoy me levanté pensando que iba a ser un día igual a los demás días sin distinción alguna, pero el almanaque me demostró lo contrario. Hoy es el aniversario de una fecha especial para nosotros, pero por suerte ya no le doy importancia. Después de mucho tiempo, por fin logré sacarte completamente de mi cabeza, de mi vida, de mi alma.
Después de ver la fecha marcada en el almanaque y mientras por la ventana se puede observar la lluvia que continúa cayendo en forma de lágrimas (vaya coincidencia), puedo asegurar que ya no me afectan los días, como el de hoy, en los que tu imagen se aparece nuevamente en mi vida para recordarme mis supuestos olvidos sobre aquel pasado que alguna vez tuvimos en común.
Aunque el almanaque, aunque la fecha, aunque la lluvia, aunque los recuerdos, aunque estas lágrimas insistan en querer demostrar… todo lo contrario.
Es que hace ya varios años, dentro de un tiempo incalculable e inestable, sin cálculo ni redes me encontré de manera sorpresiva con tu mirada chocando con la mía.
Tu sonrisa dulce, mi gesto exagerado, tu pelo en movimiento, mi saludo caballero, tus palabras suaves, mi respuesta sincera, tu perfume invasor, mi piropo improvisado, tu timidez fingida, mi paso hacia delante, y finalmente nuestro encuentro en forma de beso y el comienzo sin final a la vista de cualquier horizonte lejano.
El cielo se encontraba totalmente despejado al igual que tu mirada inmortal y la primavera, a la que todavía le faltaban un par de estaciones para llegar, se dejaba sentir en el aire que respirábamos y nos envolvía.
Sí, un día como hoy fue el comienzo de nuestra relación, tan intensa, tan inocente, tan dolorosa, tan cruel, tan verdadera, tan especial. Los diarios con sus titulares color sangre no nos interesaban. La burbuja andaba a la perfección y en ella recorríamos un mundo armado a nuestra medida y gustos. Los libros empezaban a acumularse formando una montaña de trabajos atrasados, y desde ahí arriba nos podían ver los demás mortales que nos arrojaban sus envidias inmortales como afiladas jabalinas de juegos griegos.
Y nosotros, ocupados en otras cuestiones que tenían que ver nada más que con nosotros, no alcanzábamos a esquivar algunos lanzamientos certeros y las heridas comenzaban a desnudarse. Pero seguimos avanzando por un camino que de pronto se hizo cuesta arriba y nosotros empecinados en ascender mientras nos divertíamos con las cosas sencillas de este universo complicado.
Una estrella fugaz, un café con crema, una plaza deshabitada, un llamado interrumpido, un disco acompañado, una canción desesperada, una mascota de peluche, un caramelo sin envoltorio, un chocolate relleno, un bar de mesas reservadas, un paseo en colectivo, una caminata lunar, un beso sin explicación.
Un día como hoy, y durante un tiempo sin cuentas, arrojamos los relojes al fuego. Los días, las tardes y sus iluminadas noches eran nuestras por contrato. Las dos firmas y la letra chica sin necesidad de lectura. El comienzo de una nueva época que no alcanzó a dar inicio nos encontró envueltos entre sábanas y rodeados por paredes blancas. De fondo, una radio olvidada anunciaba un nuevo gol que luego sería anulado por posición adelantada. Pero nosotros lo festejamos de igual manera saltando por entre los adoquines, sentados en un escalón que no lleva a ninguna parte, hablando durante largas horas a larga distancia, con algunos sueños convertidos en sueños para siempre, con el abrigo de la soledad durante las noches que llegaban con un frío de inviernos crudos.
El abismo nos invitaba a pasar y tan inconscientes como nuestros paracaídas sin usar, dimos un paso al frente y en caída libre. Otras hinchadas festejaron y nos mezclaron con sus falsas banderas. Un nuevo mundo de multitudes nos separaron. Quedamos muy lejos el uno del otro. Las llamadas no eran contestadas. Las cartas no eran leídas. Los gritos no eran escuchados. Las palabras no eran comprendidas. Las miradas no se alcanzaban a encontrar.
Y todo se agudizó cuando una sombra te cubrió con una realidad que no era la que buscabas (a lo largo de la historia de la humanidad siempre existieron buenos vendedores de espejitos) y vos te fuiste con tus lentes de sol.
A diferencia de aquel día que dio principio a tantos finales, ahora por la ventana veo llover. Cuando no hay música acorde, siempre la lluvia pone su sonido de fondo, húmedo y oportuno, para momentos de esta naturaleza. Y esta escenografía que ahora me acompaña me obliga a preguntarme por vos… ¿Dónde estás? ¿Qué es de tu vida? ¿Alguna vez volví a pasar por tu mente? ¿Te acordaste de algo cuando descubriste la fecha de hoy en el almanaque? ¿Pensaste alguna vez en…?
Hoy me levanté pensando que iba a ser un día igual a los demás días sin distinción alguna, pero el almanaque me demostró lo contrario. Hoy es el aniversario de una fecha especial para nosotros, pero por suerte ya no le doy importancia. Después de mucho tiempo, por fin logré sacarte completamente de mi cabeza, de mi vida, de mi alma.
Después de ver la fecha marcada en el almanaque y mientras por la ventana se puede observar la lluvia que continúa cayendo en forma de lágrimas (vaya coincidencia), puedo asegurar que ya no me afectan los días, como el de hoy, en los que tu imagen se aparece nuevamente en mi vida para recordarme mis supuestos olvidos sobre aquel pasado que alguna vez tuvimos en común.
Aunque el almanaque, aunque la fecha, aunque la lluvia, aunque los recuerdos, aunque estas lágrimas insistan en querer demostrar… todo lo contrario.
lunes, 18 de mayo de 2009
99. gracias por el fuego
Recuerdo cuando iba de visita a lo de mi abuela y a la hora de la siesta, si no se acostaba un rato, compartíamos unos mates mientras mirábamos alguna película nacional en blanco y negro por el canal Volver.
Y con la aparición de cada actor o actriz en escena, siempre escuchaba de su voz la misma frase: “Ese ya se murió”.
A decir verdad a mí no me causaba nada ya que no los conocía. O sí tenía visto a alguno de ellos, era por la misma película compartida con mi abuela.
En cambio para ella (me di cuenta un tiempo después) tenía un significado especial…
Las personas que la acompañaron desde el arte, el espectáculo, el deporte, como también amigos y familiares, iban tomando el mismo camino final.
La consciencia de la muerte como parte de esta vida me llegó con el disparo certero que significó la ida de mi abuelo… y tiempo después de mi abuela.
Y en un plano un poquito más abajo pero con un nivel de importancia como el de un amigo o compañero de aventuras, sufrí la caída de Olmedo, el accidente de Pappo y del simpático cuartetero.
También con la rebeldía de Adolfo Castelo, la ironía de Guinzburg, la literatura barrial de Fontanarrosa.
A parte de las ausencias nombradas (entre otras) le he dedicado palabras escritas, ya sea en prosa o en verso, algunas se han publicado en diarios, y otras descansan en corazones compartidos y privados.
Pero hoy es distinto porque con el día gris y las hojas amarillas, en un rápido desayuno mientras me pongo al tanto del mundo y sus consecuencias, me llega la triste noticia de que el corazón de Mario Benedetti había dejado de latir.
Y no me importa el tributo con repaso de su CV o las lecturas con voz ahogada de sus inmortales poemas.
El tema es que cuando tenía que contestar por mis autores preferidos mi respuesta era siempre la misma:
—En narrativa Julio Cortázar. En lírica Mario Benedetti.
Ayer se fue quien, a través de sus libros, de sus poemas, de sus palabras, de sus letras, me hizo llegar a comprender (si es que eso es posible) el significado del amor y del desamor.
Gracias por prestarme tus poemas…
Gracias por emocionarme con tu simpleza…
Gracias por el amor y las mujeres…
Gracias por el fuego…
Y con la aparición de cada actor o actriz en escena, siempre escuchaba de su voz la misma frase: “Ese ya se murió”.
A decir verdad a mí no me causaba nada ya que no los conocía. O sí tenía visto a alguno de ellos, era por la misma película compartida con mi abuela.
En cambio para ella (me di cuenta un tiempo después) tenía un significado especial…
Las personas que la acompañaron desde el arte, el espectáculo, el deporte, como también amigos y familiares, iban tomando el mismo camino final.
La consciencia de la muerte como parte de esta vida me llegó con el disparo certero que significó la ida de mi abuelo… y tiempo después de mi abuela.
Y en un plano un poquito más abajo pero con un nivel de importancia como el de un amigo o compañero de aventuras, sufrí la caída de Olmedo, el accidente de Pappo y del simpático cuartetero.
También con la rebeldía de Adolfo Castelo, la ironía de Guinzburg, la literatura barrial de Fontanarrosa.
A parte de las ausencias nombradas (entre otras) le he dedicado palabras escritas, ya sea en prosa o en verso, algunas se han publicado en diarios, y otras descansan en corazones compartidos y privados.
Pero hoy es distinto porque con el día gris y las hojas amarillas, en un rápido desayuno mientras me pongo al tanto del mundo y sus consecuencias, me llega la triste noticia de que el corazón de Mario Benedetti había dejado de latir.
Y no me importa el tributo con repaso de su CV o las lecturas con voz ahogada de sus inmortales poemas.
El tema es que cuando tenía que contestar por mis autores preferidos mi respuesta era siempre la misma:
—En narrativa Julio Cortázar. En lírica Mario Benedetti.
Ayer se fue quien, a través de sus libros, de sus poemas, de sus palabras, de sus letras, me hizo llegar a comprender (si es que eso es posible) el significado del amor y del desamor.
Gracias por prestarme tus poemas…
Gracias por emocionarme con tu simpleza…
Gracias por el amor y las mujeres…
Gracias por el fuego…
sábado, 16 de mayo de 2009
98. parte de la religión
¡Qué noche, Teté!
La iglesia, la parroquia estaba casi llena.
Las pocas luces iluminaban lo necesario y también lo ya iluminado.
Se notaba mucha expectativa, nervios y ansiedades porque saliera todo bien.
Aunque llegué tarde, todavía no había comenzado el recital. Con mi alma escapándose por la emoción de entender el significado del regreso, me acomodé por el fondo, en un costado vacío.
Por una puerta lateral se hicieron presentes los músicos y las campanas repicaron.
Muchas canciones sonaron con buen sonido, ritmo y corazón.
A no ser por las letras, podría decir que estaba presenciando un recital de suave pop.
Encima Matu, una década después, entonando con un timbre de voz igual a la de Enrique Búnbury.
Una hora y monedas después, un petit parate de unos veinte minutos, para descansar y demás necesidades terrenales y espirituales.
En un patio interno techado estaba recorriendo sus paredes llenas de figuras cuando me encontré con mis amigos de aquellos tiempos.
Ahí estaba nuevamente el grupo reunido…
Los chicos y las chicas unidos esta vez en un abrazo interminable y algunas bromas por el paso del tiempo en los rostros y algunas canas rebeldes.
Sin embargo yo los veía igual que antes. O mejor dicho, distintos pero mejorados
De manera muy breve cada uno se fue poniendo al día y la mayoría coincidió en que la invitación de Matu era una cita obligada que parecía esconder un mensaje especial.
Y acá estábamos todos, una vez más y después de tanta vida, reunidos y armando a las apuradas una próxima reunión en alguna casa para poder hablar tranquilos y saber qué fue de cada uno de nosotros en estos tiempos de ausencias sin querer queriendo.
La gente alrededor su fue yendo a ocupar nuevamente sus lugares sin reservas ya que los rasgueos de una guitarra eléctrica comenzaba a hacerse oír.
La barra fue también hacia el lugar indicado y por alguna extraña (sin)razón me quedé unos pasos atrás y una voz me detuvo con su saludo imprevisto.
—Hola Gastón.
Me di vuelta y la miré.
Estaba frente a mí y no me salían las palabras.
En un momento miré hacia arriba, en dirección al cielo, buscando alguna señal, un guiño cómplice.
Cuando bajé la mirada, ella seguía ahí, con sus ojos del color de sus ojos, con su sonrisa leve, con la misma presencia que la última vez que nos vimos.
Sin embargo no podía creer que ella…
—Silvina —pude finalmente abrir la boca y decir su nombre— Silvina…
Nos dimos un abrazo lleno de emoción, intentando cubrir la ausencia de los últimos tiempos.
En la iglesia el público presente aplaudía el final del recital.
Matu había cumplido un sueño y llenado su corazón.
La música seguía sonando y Dios gustoso la escuchaba desde lo alto.
La gente poco a poco fue abandonando el lugar con el alma llena de buenas palabras entonadas.
Los músicos y compañeros fueron desarmando los equipos y desenchufando todo.
Las luces se fueron apagando, menos las indicadas.
Ya casi no quedaba nadie en el lugar, salvo…
Salvo Silvina y yo, que seguíamos unidos en un abrazo lleno de emoción, intentando cubrir la ausencia de los últimos tiempos.
La iglesia, la parroquia estaba casi llena.
Las pocas luces iluminaban lo necesario y también lo ya iluminado.
Se notaba mucha expectativa, nervios y ansiedades porque saliera todo bien.
Aunque llegué tarde, todavía no había comenzado el recital. Con mi alma escapándose por la emoción de entender el significado del regreso, me acomodé por el fondo, en un costado vacío.
Por una puerta lateral se hicieron presentes los músicos y las campanas repicaron.
Muchas canciones sonaron con buen sonido, ritmo y corazón.
A no ser por las letras, podría decir que estaba presenciando un recital de suave pop.
Encima Matu, una década después, entonando con un timbre de voz igual a la de Enrique Búnbury.
Una hora y monedas después, un petit parate de unos veinte minutos, para descansar y demás necesidades terrenales y espirituales.
En un patio interno techado estaba recorriendo sus paredes llenas de figuras cuando me encontré con mis amigos de aquellos tiempos.
Ahí estaba nuevamente el grupo reunido…
Los chicos y las chicas unidos esta vez en un abrazo interminable y algunas bromas por el paso del tiempo en los rostros y algunas canas rebeldes.
Sin embargo yo los veía igual que antes. O mejor dicho, distintos pero mejorados
De manera muy breve cada uno se fue poniendo al día y la mayoría coincidió en que la invitación de Matu era una cita obligada que parecía esconder un mensaje especial.
Y acá estábamos todos, una vez más y después de tanta vida, reunidos y armando a las apuradas una próxima reunión en alguna casa para poder hablar tranquilos y saber qué fue de cada uno de nosotros en estos tiempos de ausencias sin querer queriendo.
La gente alrededor su fue yendo a ocupar nuevamente sus lugares sin reservas ya que los rasgueos de una guitarra eléctrica comenzaba a hacerse oír.
La barra fue también hacia el lugar indicado y por alguna extraña (sin)razón me quedé unos pasos atrás y una voz me detuvo con su saludo imprevisto.
—Hola Gastón.
Me di vuelta y la miré.
Estaba frente a mí y no me salían las palabras.
En un momento miré hacia arriba, en dirección al cielo, buscando alguna señal, un guiño cómplice.
Cuando bajé la mirada, ella seguía ahí, con sus ojos del color de sus ojos, con su sonrisa leve, con la misma presencia que la última vez que nos vimos.
Sin embargo no podía creer que ella…
—Silvina —pude finalmente abrir la boca y decir su nombre— Silvina…
Nos dimos un abrazo lleno de emoción, intentando cubrir la ausencia de los últimos tiempos.
En la iglesia el público presente aplaudía el final del recital.
Matu había cumplido un sueño y llenado su corazón.
La música seguía sonando y Dios gustoso la escuchaba desde lo alto.
La gente poco a poco fue abandonando el lugar con el alma llena de buenas palabras entonadas.
Los músicos y compañeros fueron desarmando los equipos y desenchufando todo.
Las luces se fueron apagando, menos las indicadas.
Ya casi no quedaba nadie en el lugar, salvo…
Salvo Silvina y yo, que seguíamos unidos en un abrazo lleno de emoción, intentando cubrir la ausencia de los últimos tiempos.
viernes, 15 de mayo de 2009
97. rezo por vos
Alguna vez tuve mi grupo de amigos con los que salíamos a recorrer los boliches y sus alrededores.
También estaba el grupo con el que nos juntábamos por las tardes a jugar al fútbol, y por las noches a jugar al pocker.
Y entre otros, también estaba el grupo con el que formamos una comunidad llamada “del buen pastor”.
A dos cuadras de mi casa había una pequeña parroquia a la que comencé a frecuentar por equivocación y en la que después me fui quedando por convicción y placer.
A pesar de ser bautizado y haber tomado la comunión, mi catolicismo era más que nada por herencia.
Sabía de oraciones y santos por las velas que siempre tenía encendida mi abuela junto a una diversidad de imágenes religiosas.
Y cuando estos chicos y chicas de mi edad, de mi barrio, de mi cuadra, golpearon la puerta de casa para avisarme de la inauguración de una parroquia a pocos metros de mi casa, de inmediato pensé que no eran de mi religión, por más o menos devoto que uno sea. Pero la sorpresa fue cuando uno de ellos me dijo con voz tímida pero firme:
—Mirá que somos católicos y la parroquia también lo es.
Fue ahí cuando por curiosidad acepté la invitación de presentarme un sábado a la tarde a una “reunión de oración”.
En realidad mis motivos fueron otros menos celestiales, sin embargo las nubes bajaron y me maravillaron.
Con este grupo tan lindo y que es el único que, más o menos, llegué a conservar de aquellos años pasados (no llegábamos a ser diez y después fuimos un poco menos también) nos juntábamos en un primer piso de esa parroquia que ya era casi nuestra y rezábamos y pedíamos por las dificultades y los logros de cada uno de nosotros y los cercanos. Leíamos pasajes de La Biblia y la interpretábamos a nuestras vivencias y experiencias. Y también siempre aparecía una guitarra amiga (y mucho más que amiga también) que le ponía melodía a las voces desafinadas con que entonábamos el cancionero oficial.
Al poco tiempo nos ofrecieron dar catecismo a chicos de corta edad y con el alma aceptamos el desafío.
Durante dos años dimos clases y fue una gran emoción cuando llegó el momento en que nuestros pichoncitos tomaron la comunión.
No se trataba sólo de la imagen que puede tener uno de aquellas fotos de pelo engominado de los nenes y vestidito blanco de las nenas.
Con nuestros pocos años que no llegaban a los veinte, sentíamos que sembrábamos semillas de vida en esos corazones inocentes que crecían y comenzaban a enfrentarse a un mundo extraño y a veces tan ajeno y lejano.
Nosotros “los grandes”, continuamos con nuestras reuniones nocturnas en que nos sentíamos tan fuertes a pesar de los tremendos tropezones que nos dábamos entre problemas familiares, mal de amores, percances familiares, y demás veredas rotas de nuestros andares.
Dios andaba demasiado cerca y cada uno le hablaba en su tono, con respeto pero con la familiaridad que las iglesias perdieron.
La vida fue pasando y cada uno fue poco a poco tomando distintos rumbos cuando la pequeña parroquia comenzó a cerrar sus puertas por problemas ajenos y demasiados terrestres.
Entonces algunos se casaron. Otros se mudaron. Alguno se retiró en silencios profundos. Otro se fue antes de tiempo.
El mundo siguió girando sin freno y en una de esas vueltas excepcionales me llegó el mensaje (in)esperado.
Matu había formado una banda de rock cristiano y en una iglesia cercana a la de aquel pasado tan presente daría un recital.
Y no sólo eso, sino que varios de nosotros nos volveríamos a reencontrar esta misma noche… mil infiernos y milagros después.
También estaba el grupo con el que nos juntábamos por las tardes a jugar al fútbol, y por las noches a jugar al pocker.
Y entre otros, también estaba el grupo con el que formamos una comunidad llamada “del buen pastor”.
A dos cuadras de mi casa había una pequeña parroquia a la que comencé a frecuentar por equivocación y en la que después me fui quedando por convicción y placer.
A pesar de ser bautizado y haber tomado la comunión, mi catolicismo era más que nada por herencia.
Sabía de oraciones y santos por las velas que siempre tenía encendida mi abuela junto a una diversidad de imágenes religiosas.
Y cuando estos chicos y chicas de mi edad, de mi barrio, de mi cuadra, golpearon la puerta de casa para avisarme de la inauguración de una parroquia a pocos metros de mi casa, de inmediato pensé que no eran de mi religión, por más o menos devoto que uno sea. Pero la sorpresa fue cuando uno de ellos me dijo con voz tímida pero firme:
—Mirá que somos católicos y la parroquia también lo es.
Fue ahí cuando por curiosidad acepté la invitación de presentarme un sábado a la tarde a una “reunión de oración”.
En realidad mis motivos fueron otros menos celestiales, sin embargo las nubes bajaron y me maravillaron.
Con este grupo tan lindo y que es el único que, más o menos, llegué a conservar de aquellos años pasados (no llegábamos a ser diez y después fuimos un poco menos también) nos juntábamos en un primer piso de esa parroquia que ya era casi nuestra y rezábamos y pedíamos por las dificultades y los logros de cada uno de nosotros y los cercanos. Leíamos pasajes de La Biblia y la interpretábamos a nuestras vivencias y experiencias. Y también siempre aparecía una guitarra amiga (y mucho más que amiga también) que le ponía melodía a las voces desafinadas con que entonábamos el cancionero oficial.
Al poco tiempo nos ofrecieron dar catecismo a chicos de corta edad y con el alma aceptamos el desafío.
Durante dos años dimos clases y fue una gran emoción cuando llegó el momento en que nuestros pichoncitos tomaron la comunión.
No se trataba sólo de la imagen que puede tener uno de aquellas fotos de pelo engominado de los nenes y vestidito blanco de las nenas.
Con nuestros pocos años que no llegaban a los veinte, sentíamos que sembrábamos semillas de vida en esos corazones inocentes que crecían y comenzaban a enfrentarse a un mundo extraño y a veces tan ajeno y lejano.
Nosotros “los grandes”, continuamos con nuestras reuniones nocturnas en que nos sentíamos tan fuertes a pesar de los tremendos tropezones que nos dábamos entre problemas familiares, mal de amores, percances familiares, y demás veredas rotas de nuestros andares.
Dios andaba demasiado cerca y cada uno le hablaba en su tono, con respeto pero con la familiaridad que las iglesias perdieron.
La vida fue pasando y cada uno fue poco a poco tomando distintos rumbos cuando la pequeña parroquia comenzó a cerrar sus puertas por problemas ajenos y demasiados terrestres.
Entonces algunos se casaron. Otros se mudaron. Alguno se retiró en silencios profundos. Otro se fue antes de tiempo.
El mundo siguió girando sin freno y en una de esas vueltas excepcionales me llegó el mensaje (in)esperado.
Matu había formado una banda de rock cristiano y en una iglesia cercana a la de aquel pasado tan presente daría un recital.
Y no sólo eso, sino que varios de nosotros nos volveríamos a reencontrar esta misma noche… mil infiernos y milagros después.
jueves, 14 de mayo de 2009
96. primeros auxilios
—¡No lo puedo creer!
—¿Qué cosa?
—Qué estabas enfermucho y no me avisaste.
—Mirá, en realidad no le avisé a nadie.
—Pero nene, ¿cómo vas a estar solo cuando estás enfermo? ¿Y si te pasa algo grave?
—Lo más grave que me podría pasar sería recibir visitas sintiéndome mal y que encima quieran obligarme a que me tome algún té o uno de esos caldos soperos (puaj)
—¿Y qué tomaste?
—Vacaciones obligadas por tres días.
Sandra se había cruzado con Sebas y cuando este le contó que yo me encontraba en cama, quiso venir a verme. Claro que llegó algo tarde porque yo ya estaba recuperado en un noventa y siete por ciento. De todas maneras se preocupó por mi salud y se alegró por mi mejor estado.
—Eso te pasa por dormir destapado —me dijo casi retándome.
—¿De dónde sacaste eso?
Su sonrisa me recordó que ella perfectamente podía saber tanto esta como algunas otras de mis costumbres nocturnas.
Este encuentro sucedió anoche cuando estaba por irme a acostar.
Sin embargo me gustó su visita sorpresiva y la prolongamos con un rico y espumoso café que preparó para los dos.
Hablamos de diversos temas para nada importantes hasta que le recordé que mañana (por hoy) tenía que madrugar para ir a trabajar.
—Sí, yo también tengo que madrugar.
Nos levantamos del sillón y cuando creí que iba a irse, juntó las tazas y las llevó a la cocina.
—Dejá, no las laves —le dije—. Mañana yo me encargo.
—Ok —contestó obediente.
Ahora sí pensé que se iría y me podría acostar pero entró al baño.
Dos minutos después salió y me dio un beso.
—¿Vamos a dormir? —me preguntó con una sonrisa natural y pícara dibujada en su rostro.
El reloj sonó muy temprano por la mañana.
Sandra estaba acostada al lado mío y al mismo tiempo abrimos los ojos maldiciendo el tener que salir de la cama.
Cuando me levanté sentía que no me podía mover, que me dolía todo el cuerpo.
—¿No te recuperaste de la gripe? —preguntó con inocencia Sandra.
—De la gripe sí, pero no de los primeros auxilios que me practicaste anoche.
—¿Qué cosa?
—Qué estabas enfermucho y no me avisaste.
—Mirá, en realidad no le avisé a nadie.
—Pero nene, ¿cómo vas a estar solo cuando estás enfermo? ¿Y si te pasa algo grave?
—Lo más grave que me podría pasar sería recibir visitas sintiéndome mal y que encima quieran obligarme a que me tome algún té o uno de esos caldos soperos (puaj)
—¿Y qué tomaste?
—Vacaciones obligadas por tres días.
Sandra se había cruzado con Sebas y cuando este le contó que yo me encontraba en cama, quiso venir a verme. Claro que llegó algo tarde porque yo ya estaba recuperado en un noventa y siete por ciento. De todas maneras se preocupó por mi salud y se alegró por mi mejor estado.
—Eso te pasa por dormir destapado —me dijo casi retándome.
—¿De dónde sacaste eso?
Su sonrisa me recordó que ella perfectamente podía saber tanto esta como algunas otras de mis costumbres nocturnas.
Este encuentro sucedió anoche cuando estaba por irme a acostar.
Sin embargo me gustó su visita sorpresiva y la prolongamos con un rico y espumoso café que preparó para los dos.
Hablamos de diversos temas para nada importantes hasta que le recordé que mañana (por hoy) tenía que madrugar para ir a trabajar.
—Sí, yo también tengo que madrugar.
Nos levantamos del sillón y cuando creí que iba a irse, juntó las tazas y las llevó a la cocina.
—Dejá, no las laves —le dije—. Mañana yo me encargo.
—Ok —contestó obediente.
Ahora sí pensé que se iría y me podría acostar pero entró al baño.
Dos minutos después salió y me dio un beso.
—¿Vamos a dormir? —me preguntó con una sonrisa natural y pícara dibujada en su rostro.
El reloj sonó muy temprano por la mañana.
Sandra estaba acostada al lado mío y al mismo tiempo abrimos los ojos maldiciendo el tener que salir de la cama.
Cuando me levanté sentía que no me podía mover, que me dolía todo el cuerpo.
—¿No te recuperaste de la gripe? —preguntó con inocencia Sandra.
—De la gripe sí, pero no de los primeros auxilios que me practicaste anoche.
miércoles, 13 de mayo de 2009
95. para seguir... en la cama
Hoy la cama fue mi mejor analgésico.
Dormí toda la noche, me desperté por la mañana temprano y me quedé intentando dormir mientras afuera las gotas iban cayendo sobre las personas sanas que salían a enfrentarse con el mundo en uno de los días (creo yo) más fríos del año.
Por un momento giré sobre mi cuerpo abrazado a la almohada y me percaté de la otra mitad de la cama vacía, desordenada sólo porque yo había estado también de ese lado.
Un instante de pensamiento gris quiso invadirme pero me levanté de un salto y fui a la cocina a hacerme un nutritivo desayuno.
La ausencia de ganas (y de algunos comestibles) hizo que me inclinará por unos ricos mates mientras escuchaba lo nuevo del amigo Andrés.
Desde hace un tiempo atrás la música salmonera me acompaña sin necesidad de ser música de fondo.
Para el almuerzo comí unas empanadas que encontré en la heladera
(supongo que serían de este último fin de semana, pero no logro recordarlas cuándo las encargué)
Dos o tres horas de siesta inédita y sin interrupciones, para después volver a levantarme y llenar el termo con agua caliente para una nueva tanda de mate.
Ordené las revistas Fierro por número e hice lo mismo con las últimas veinte Ñ, aprovechando a leer algunos artículos que en su momento había pasado por alto por nada en particular.
En esa acción de prolijidad descubrí que tenía el primero de “los mitos” de Pigna abandonado por la mitad, por lo que completé el recorrido y quedé listo para comenzar con la segunda parte de la saga histórica que tengo junto a la tercera en el estante de los libros todavía sin leer.
Al terminar la lectura, más allá del placer de la lectura y la cultura, comencé a sentirme mejor.
Ya casi no sentía malestar alguno aunque un poquititititito me falta todavía para estar al ciento por ciento.
Supongo que mañana ya saldré nuevamente a atravesar la ciudad y unir la ciudad de la furia (Baires) con la de las diagonales furtivas (LP).
Por el bien de mi economía y de la alacena espero que este repunte siga su curso.
Prometo usar, de ser necesario, el abrigo que odio ponerme y andar tapado todo lo necesario.
Después de todo es lindo estar en la cama, pero no con el cuerpo aplastado por un tren de carga de mil vagones de ida y vuelta.
En la cama, pero por propia voluntad.
En la cama, pero con la compañía de la almohada y de algún otro cuerpo curvo y carnoso.
En la cama, pero no abrigado por las frazadas sino por mimos de alta temperatura.
Ok…
En la cama…
(y también en el sillón, en el suelo o…)
Dormí toda la noche, me desperté por la mañana temprano y me quedé intentando dormir mientras afuera las gotas iban cayendo sobre las personas sanas que salían a enfrentarse con el mundo en uno de los días (creo yo) más fríos del año.
Por un momento giré sobre mi cuerpo abrazado a la almohada y me percaté de la otra mitad de la cama vacía, desordenada sólo porque yo había estado también de ese lado.
Un instante de pensamiento gris quiso invadirme pero me levanté de un salto y fui a la cocina a hacerme un nutritivo desayuno.
La ausencia de ganas (y de algunos comestibles) hizo que me inclinará por unos ricos mates mientras escuchaba lo nuevo del amigo Andrés.
Desde hace un tiempo atrás la música salmonera me acompaña sin necesidad de ser música de fondo.
Para el almuerzo comí unas empanadas que encontré en la heladera
(supongo que serían de este último fin de semana, pero no logro recordarlas cuándo las encargué)
Dos o tres horas de siesta inédita y sin interrupciones, para después volver a levantarme y llenar el termo con agua caliente para una nueva tanda de mate.
Ordené las revistas Fierro por número e hice lo mismo con las últimas veinte Ñ, aprovechando a leer algunos artículos que en su momento había pasado por alto por nada en particular.
En esa acción de prolijidad descubrí que tenía el primero de “los mitos” de Pigna abandonado por la mitad, por lo que completé el recorrido y quedé listo para comenzar con la segunda parte de la saga histórica que tengo junto a la tercera en el estante de los libros todavía sin leer.
Al terminar la lectura, más allá del placer de la lectura y la cultura, comencé a sentirme mejor.
Ya casi no sentía malestar alguno aunque un poquititititito me falta todavía para estar al ciento por ciento.
Supongo que mañana ya saldré nuevamente a atravesar la ciudad y unir la ciudad de la furia (Baires) con la de las diagonales furtivas (LP).
Por el bien de mi economía y de la alacena espero que este repunte siga su curso.
Prometo usar, de ser necesario, el abrigo que odio ponerme y andar tapado todo lo necesario.
Después de todo es lindo estar en la cama, pero no con el cuerpo aplastado por un tren de carga de mil vagones de ida y vuelta.
En la cama, pero por propia voluntad.
En la cama, pero con la compañía de la almohada y de algún otro cuerpo curvo y carnoso.
En la cama, pero no abrigado por las frazadas sino por mimos de alta temperatura.
Ok…
En la cama…
(y también en el sillón, en el suelo o…)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
