El viernes se sentía la ausencia de gente en la ciudad.
No era como en el verano, pero se podía andar tranquilo entre las calles de pocos autos y las veredas ausentes de multitudes.
Y aprovechando todos los ingredientes, nos subimos al Tren de la Costa y recorrimos el paisaje de casas pudientes y barrios prestigiosos.
La última parada nos dejó en el Tigre y sus caminos de agua.
Nos embarcamos y recorrimos buena parte del Delta aprovechando el día maravilloso de la fecha.
Un puerto pintoresco nos recibió después de una hora de viaje, y almorzamos en un restaurante ubicado en uno de los islotes y rodeado de la naturaleza.
Antes, fuimos a caminar un poco…
—Gastón, vas a tener que hacer algo —me dijo misteriosamente y en un susurro Sandra.
—¿Algo con qué? —le pregunté en el mismo tono.
—Mi mamá me preguntó si andábamos bien entre nosotros, como pareja, porque no te ve cariñoso conmigo y está algo preocupada.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Lo que harías con tu esposa.
—¿Dejarla por una más joven?
—Dale, de verdad te hablo…
—Ok, ya entendí.
Continuamos unos pasos más recorriendo el lugar y teniendo a los padres de Sandra unos metros por detrás nuestro, cuando me detuve y exclamé en voz alta:
—Amor, esto es hermoso. Me encanta poder compartir este paseo con tus padres y sobre todo con vos, la mujer más linda que tiene mi corazón —y dicho esto le di un beso laaaargoooo a Sandra que hizo suspirar a su madre… y a ella también.
—¿Estuve bien? —pregunté con inocencia.
—Demasiado —contestó Sandra mientras me pasaba la mano por la cintura.
Pasamos un día maravilloso, y fue tan así que en el lugar había una hostería y el padre tuvo la ocurrente y sorpresiva idea de hospedarnos y pasar la noche en el lugar.
Por casualidad (y algo de maldición) quedaban habitaciones, por lo que nos dieron dos matrimoniales para pasar cierta noche romántica entre estrellas, barquitos y demás…
Cenamos en el mismo y único restaurante y aprovechando que no nos íbamos, Don Antonio nos invitó con buenas botellas de vino.
Pasada la una de la madrugada, cada pareja se retiró a su habitación caminando por un suelo que parecía moverse.
No había sillón donde tirarme a pasar la noche.
—Dormí acá —me invita Sandra señalando la cama matrimonial—. No te voy a violar, lo prometo.
—Confío en que no hayas cruzado los dedos.
Ya en la cama los dos nos quedamos charlando un rato. Cuando ya el sueño parecía vencer, Sandra me dio las gracias por la ayuda y el sacrificio que estaba haciendo por ella.
—Por suerte está saliendo todo bien, y después de todo será una gran anécdota de esas que se cuentan hasta el final de los días —le digo con sinceridad y riéndome de tanta locura.
—Sí, una locura que no se sabe hasta dónde se estirará.
—¿Por?
Mi breve pregunta fue contestada por un beso de Sandra en la oscuridad que dio comienzo a una noche movediza… y no por culpa del vino.
Indulto diario
Hace 3 días
