—¿Te puedo pedir un favor?
—Si te lo puedo conceder, con mucho gusto.
—Sé que sí, porque lo que te quiero pedir es…
—¿Qué me querés pedir?
—Quiero que hagamos el amor… por última vez.
La noche parecía tener un aire mágico, como si el mundo hubiese cambiado el rumbo de su giro.
El reloj marcaba las dos de la mañana y ya había pasado un par de horas desde que me había quedado solo en el depto, desde que Fernanda se había marchado, desde que ella me había propuesto entrar una vez más en su cuerpo.
Ahora a siete pisos de la realidad y un buen vino descorchado derramado en mi copa, mientras fumo un cigarrillo que había quedado guardado en caso de incendio interior.
Sé que el pedido de Fernanda no es fácil de decir, de hacer, de rechazar.
Sé que a la distancia las mujeres pueden no entenderlo y los hombres… tampoco.
¿Es una manera de estirar la agonía o una forma saludable de despedida?
Recuerdo que la primera vez que Fernanda y yo lo hicimos fue bueno, pero nada comparado con la segunda vez, y ni hablar de las veces posteriores.
Cada vez que nos hacíamos uno era… inexplicable.
Fernanda es linda con ropa como desnuda.
Tiene la elegancia de un cuerpo con las curvas perfectas para recorrerlas sin tiempos, sin apuros, sin pausas.
Sentado en la soledad de mi adorable balcón, observando a la ciudad desde una altura privilegiada que no permite quemarme del todo con las llamas del infierno pavimentado, intento convencerme de que ese avión que pasa con sus luces parpadeantes es una estrella fugaz a pedido de mis pensamientos más oscuros.
Y entre el humo y un vino cosecha 1975, voy dibujando con cierta perfección la silueta de ese cuerpo imperfecto que alguna vez fue tan cercano al mío.
Cierro los ojos y ahí está ella, tan linda cuando la hago enojar sin querer queriendo.
Tan celosa de los fantasmas que pasan rozando mi corazón.
Tan buena en el arte culinario de la cocina y la habitación.
Tan excitante cuando ríe por no llorar y cuando llora de la risa.
Tan mujer de armas poderosas con las que sabe llevar a cabo sus propósitos más oscuros y de otros colores también intensos.
Ante mis ojos de mirada perdida va pasando una peli de un final impensado.
Porque cuando llegué a creer en un amor sin vencimiento, me vi vencido sin creer en el amor.
Y todo sucedió tan rápido que desde aquellos fuegos artificiales de despedidas crueles hasta esta propuesta deliciosamente indecente, pareciera que pasó un segundo, cuando en realidad pasaron más de siete vidas.
La noche despierta a los vampiros y yo recuerdo que, sorprendido por lo que había escuchado de sus labios de fuego, le pedí amablemente que me repita la pregunta.
—Quiero que hagamos el amor… una vez más.
—Suena muy interesante y más que tentador… pero no. Es tarde, y no hablo de horas, sino de tiempos. Te lo agradezco, pero no.
Aplicación del coaching en la Ingeniería Industrial
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