¿Y cómo es?
Esta es la pregunta que se venía repitiendo en forma de eco interminable desde que la barra se enteró que mi prima Verónica había llegado a la ciudad de la furia.
Ya pasaron un par de días y se hizo costumbre los mates nocturnos mientras charlamos un poco de todo y de todo un poco.
Es muy divertida, canchera, en algunos aspectos media inocentona, pero sobre todo, y se le nota a la legua, muy buena piba.
Pero claro, acá estaban mis amigos esperando que la describiera físicamente, aprovechando que ella no estaba (había ido a visitar a Ana).
Y entonces, como era de esperarse, el que tomó la palabra fue Pablo, que se la había cruzado y tenía la data que los demás esperaban escuchar.
—Amigos, si no fuera el novio de la hermana de Gastón, quizás igual entrara en su familia, porque Verónica es muy linda.
—¿Cuántos años tiene? —preguntó Sergio.
—Treinta y dos… creo.
—¿Y hasta cuándo se queda? —preguntó Cris.
—Tiene que dar unas materias en la facultad. Esta semana le decían bien las fechas, las rinde, y se va.
—¿Dónde duerme? —preguntó Sebas.
—En la cama que hay debajo del sillón.
—Che, ¿Y Nadia qué dijo? —preguntó Pablo
—¿Sobre qué?
—Sobre la presencia de Verónica…
—Nada, ¿qué va a decir? Es mi prima...
A la tardecita, y una vez que los chicos se fueron, vino Nadia.
—¿Qué me querías decir? —preguntó todavía algo ofendida.
—Antes que nada te pido que me disculpes por lo del otro día. No sé qué me pasó. Me agarraste en un momento extraño.
—Está bien, amor. Igual te quiero.
—Sip, yo también, pero lo que te quería decir es que…
No terminé la frase porque el instinto de mujer la llevó a descubrir unos aritos apoyados sobre la mesa ratona.
—¿Y esto? —quiso saber exigiendo una respuesta inmediata.
—Bueno, justamente sobre eso te quería contar…
Y mi frase fue nuevamente interrumpida pero esta vez por la puerta que se abrió para permitirle la entrada a Verónica que saludó a Nadia con un beso y enseguida se dirigió a mí despreocupadamente para decirme:
—Quiero que esta noche me termines lo de ayer —dijo yéndose a la cocina a calentar la pava para unos mates.
Nadia me miró con ojos fulminantes y el portazo de su partida todavía creo escucharlo.
—¿Qué pasó? —quiso saber Vero al escuchar el golpe de la puerta.
—Se fue Nadia.
—¿Quién es Nadia?
—Alguien que no sabe que sos mi prima —dije mientras me sentaba y me disponía a terminar la anécdota que había quedado inconclusa, y aceptaba el primero de los mates nocturnos.
Aplicación del coaching en la Ingeniería Industrial
Hace 1 semana