—¿Qué hacés acá?
La respuesta, más allá del lugar exacto donde me encontrase al escuchar la pregunta, sería fácil de responder. Sin embargo… no supe contestarla con exactitud.
Por diversos motivos, la despedida no fue en la Terminal ni en el departamento. Al haber postergado el viaje por fallas técnicas, y habiendo aparecido un fin de semana totalmente de verano, nuevamente nos encontramos todos en lo de Sergio, con su refrescante pileta, su fondo despejado, y la buena compañía.
Todo iba en calma, como siempre, sin ninguna diferencia a los días pasados.
Fue Vero la que en un momento me dijo:
—El lunes te acompaño a la estación.
—Hmmm… No creo que Gastón quiera eso— le dijo Sebas.
—¿Por qué no? Es muy feo que nadie vaya a despedirse de uno.
—¿Sabés qué pasa? Una vez, una ex novia que llevaba tu mismo nombre, me enseñó algo sobre las despedidas —quise explicarle.
—¿Cuál fue la enseñanza?
—Cada vez que me iba de la casa, me daba un beso, simple, rápido, apurado y cerraba la puerta. La primera vez lo dejé pasar porque pensé que quizás estaba con sueño o cansada (había sido una laaaarga noche, jejeje), pero después, cada vez que nos despedíamos, ella repetía la acción diciendo “chau” de manera muy fría, sin tener en cuenta todo el calor anterior. Le pregunté entonces porqué actuaba así en cada despedida, porque sinceramente me dejaba mal cada vez que cerraba la puerta.
—¿Y qué te respondió?
—Bueno, que cuando uno está con una persona que quiere, o con la que se siente bien, no quiere despedirlo, y sin embargo llega la hora en que hay que decir “chau”. Esa situación para ella era una tortura, porque era estirar un beso que se cortaba sí o sí. Entonces me decía que ante lo inevitable, era mejor hacerlo de manera sencilla y rápida, para no sufrir demasiado.
—¿Y vos pensás lo mismo?
—Prefiero despedirme de todos hoy acá, estando en la pileta, divirtiéndonos, fuera de ambiente, que verlos en la estación, con todo lo que eso significa, y haciéndonos cada vez más chiquitos hasta desaparecer una vez que comience el viaje.
Al otro día, con el bolso ya preparado como lo había dejado la otra vez, me dispuse a salir nuevamente hacia la estación, previa llamada cerciorándome de que “el gusano de hierro” estaba en óptimas condiciones para realizar el viaje que me llevaría hacia un nueva vida. Salí del depto sin mirar atrás, cerré la puerta y avancé hacia la calle.
—¿Qué hacés acá? —me preguntó Vero al entrar al depto y encontrarme tomando unos mates nocturnos.
—Bueno, ella me enseñó sobre la mejor manera de despedirse, pero evidentemente no aprendí la lección.
Aplicación del coaching en la Ingeniería Industrial
Hace 1 semana