Recién hoy, después de un impar de días, me encuentro (casi) instalado en esta nueva ciudad que me supo dar una tímida bienvenida.
El tren salió con retraso, pero no de días sino de horas, por un simple “conflicto gremial” que supo resolverse horas después de anunciada la partida.
Me bajé del tren sosteniendo mi equipaje mínimo y mientras era rodeado por personas ajenas a mi vida, di los primero pasos entre nuevas manzanas, paisajes nunca antes vistos, y un horizonte por el que se asomaba un nuevo amanecer y que tomé como una señal al natural del momento exacto en el que comenzaba mi nueva vida.
Como un agente de bolsa de Walt Street, mi celular no dejaba de sonar con llamadas y mensajes de mis amigos y otras personas lo suficientemente cercanas y atentas como para saber de mi partida.
—¿Necesitás auto? —me preguntó un remisero que alcanzó a descubrirme caminando despacio sin haber salido todavía de la estación.
—Sí, entre otras cosas —le contesté sintiéndome algo desnudo.
—¿A dónde te llevo? —insistió el hombre.
—A esta dirección —le dije alcanzándole un papel con el nombre de la calle y la altura.
—Ah, es cerca —me aclaró sin darse cuenta que por ahora nada me resultaba cercano.
Metí los bolsos en el asiento de atrás, y yo me acomodé junto a ellos.
Desde ese lugar intenté amigarme con las calles que cruzaba y las casas que no se parecían a ninguna otra.
—¿Ya llegamos? —pregunté incrédulo cuando el viaje había finalizado antes de que pasaran cinco minutos.
Pagué, bajé mis cosas, y me quedé mirando como el auto desaparecía al doblar en la primera esquina.
Pasaron otros diez minutos y yo seguía en el mismo lugar, sin atreverme a tocar el timbre de la puerta que tenía delante de mí.
En esa casa vivía mi primo y su familia, y leyendo el blog se había enterado de mis ideas pasionarias de escaparme de la ciudad, y enseguida me ofreció alojamiento en su casa por unos días. Teniendo en cuenta que estaba comenzando de cero y que pese a la distancia, con mi primo siempre tuve una muy buena relación, acepté el hospedaje con la promesa de que sería por unos pocos días hasta lograr acomodarme.
Eran casi las seis de la mañana y seguía sin decidirme a tocar el timbre y despertar a toda la familia, pero también quería entrar y tomar algo caliente por lo que me acerqué a la puerta, apunté con mi dedo al botoncito electrónico y antes de tocarlo la puerta se abrió.
—Primo, ¡qué alegría que hayas venido! —me dijo mientras me abrazaba y sentía que se me quebraban algunos huesos de la espalda.
Con su metro noventa, peso de tres cifras, y un corazón grande como la Luna llena, me daba la bienvenida a su casa y a su ciudad, mi primo Máximo.
Apenas entré, dispuso la mesa, saco unas galletitas que rechacé pero que igual él puso, y con el primer mate de calabaza con el agua a la temperatura justa, me palmeó el hombro, me sonrió con su cara de bondad extrema, y me pidió que le cuente de mi vida.
Y mientras preparaba el tercer termo con agua… yo le seguía contando…
Aplicación del coaching en la Ingeniería Industrial
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