No es que me haya escapado, simplemente me alejé los centímetros (metros, kilómetros) necesarios para saber por dónde estoy volando.
Ni cuando tuve que hacerme pasar por casado con Sandra imaginé esta realidad que me supera. Sobre todo teniendo en cuenta que me mudé sin quedarme callado para navegar un poco por aguas tranquilas.
Pero ahora aparece Carolina y cuando creo que todo se va armando como un tetris, resulta que es la hija de la esposa de mi primo y mi torre de colores me aplasta contra el techo.
Aprovechando ciertos desperfectos tecladistas y sabiendo de mi alergia a los cibers, dejé mi terapia cibernética por un tiempo, aunque sigo estando tan a destiempo. Por suerte un pasaje exacto me depositó nuevamente en mi Buenos Aires para celebrar sus 200 revolucionarios años.
Cena con amigos, juegos con mi sobrina Tami, y paseos históricos junto a unas dos millones de personas con las que acerté a elegir el lugar del paseo cumpleañero.
En el medio de un par de noches de desvelo y demasiadas risas, se encontraba la invitación unitaria para ir a ver la versión teatral de “El anatomista”, pero además de estar demasiado acompañado, fui un padrino mágico de MJ y JM que andaban caminando por un sendero de crisis y los acompañé con los oídos abiertos, los zapatos gastados, y la risa en el bolsillo como la mejor arma de estos tiempos.
Como ya se sabe, el tiempo lo dirá, pero la ansiedad pide que hable ya…
Y como el combo patriótico cada un siglo llega con todo, recordé el cumpleaños de Lola en la misma noche de fuegos artificiales.
¿Quién es Lola?
Es una muy buena pregunta pero la respuesta puede resultar mucho más interesante, por lo que voy a dejarla para la próxima estación.
Mientras tanto fui recibiendo mensajes de Caro preguntándome por dónde andaba, a los que respondí con la certeza de una flecha fría sobre el blanco de un corazón con otra temperatura.
Porque si la novia de un amigo tiene bigotes… ¿Con qué la disfrazo a Carolina siendo quien es?
En tres días (y dos noches) estoy dejando Buenos Aires para regresar a mis nuevos aires. Y mientras el almanaque avanza hasta la fecha de mi pasaje, me quedo un rato más en mi antiguo balcón del séptimo piso con un capuchino como mi fiel compañía.
Aplicación del coaching en la Ingeniería Industrial
Hace 1 semana