El otro día estaba recorriendo algunas calles de la ciudad bajo un señor sol cuando comenzó a caer repentinamente una lluvia refrescante y exagerada. Supuse que se trataba de una nube pasajera, pero después de unos veinte minutos y notando que el cielo estaba totalmente cubierto, me di cuenta que la gran nube se había estacionado y no pensaba por el momento seguir con su camino.
Me quedé observando la escena desde el interior de un supermercado y como era la hora exacta en que los alumnos salen de las escuelas, las calles comenzaron a taponarse de autos, de personas intentando vanamente no mojarse, de chicos que jugaban a mojarse, de amas de casa desesperadas, y demás húmedos personajes.
Cinco minutos después, la lluvia se calmó un poco y decidí emprender la retirada.
Esquivé algunos charcos y estudié el panorama ya que algunos lugares habían acumulado demasiada agua.
Iba a acortar camino por la plaza pero al no llevar puestas mis patas de rana, avancé por la vereda de enfrente. No alcancé a hacer cincuenta metros cuando otra vez una infinidad de gotas comenzaron a lanzarse desde lo alto.
Apuré apenas el paso, subí unas escaleras donde vi a tres personas a resguardo, y me quedé en esa entrada con vista a la plaza y a salvo de esta lluvia infinita.
-Parece que te has mojado, muchacho –me dijo un hombre con cara de bueno y panza de buen comer mientras me hacía lugar al lado de la puerta.
-Sí, de todas maneras hoy pensaba bañarme –contesté con una sonrisa.
-A veces es necesario hacer el sacrificio.
La lluvia continuaba cayendo y esta vez parecía no querer detenerse.
-Este aguacero viene bien, pero más que acá tendría que caer del otro lado de la ruta, más para aquel lado –explicó el tipo señalándome el horizonte lejano como si yo supiera que hay más allá.
-¿Mucha sequía? –pregunté adivinando el problema.
-En aquellas zonas hace más de 8 meses que no cae una gota.
-Claro, y acá cae un poco de lluvia y como hay agua de sobra se inunda todo. Y bue… como dice ese sabio refrán: “Dios le da pan al que no tiene dientes”.
El hombre no dijo nada. Sólo se quedó mirando las nubes que se movían en el cielo.
Supuse que su silencio se debía a que él era de aquel lugar escaso de lluvia y estaba preocupado por esa causa.
Pero mi duda quedó despejada cuando una señora salió del interior del lugar en el que estábamos protegiéndonos de la lluvia y al mismo tiempo que se abrochaba el último botón del piloto dijo:
-Voy a irme ahora porque después se me va a hacer más tarde y no quiero.
-Está bien m’hijita. Nos vemos mañana –le contestó el hombre abriéndole el paso.
-Ya cerré la puerta y dejé ordenados los cancioneros para la misa de esta noche, Padre.
-Dios te bendiga.
-Igualmente Padre. Hasta mañana –y se fue bajo la lluvia que comenzaba a disminuir.
Con cierto disimulo miré a mi alrededor y me di cuenta que las escaleras que había subido y la puerta donde me encontraba eran la de una iglesia. Y yo había dicho esa frase sobre Dios y los dientes al mismísimo cura de la iglesia.
Lentamente comencé a bajar los escalones cuando escucho que desde atrás la voz del curita me dice:
-Muchacho, cuidado con los charcos.
Y yo más hundido no me podía sentir.
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