De pronto llegó el lunes y me levanté temprano sin recordar que el trabajo ya no estaba y que no tenía a dónde ir. Me di cuenta de eso cuando Nadia se levantó dormida, desnuda, contenta y me ganó la entrada al baño.
—¿Y qué vas a hacer? —me preguntó mientras apuraba su té y se iba a trabajar.
—No sé, pero supongo que tengo tiempo para pensarlo…
Tiempo para pensarlo…
Eso tuve esta semana después de que la camioneta de Luis se quedó internada en el taller y él recibía la esperada jubilación con una sonrisa enorme, casi igual a la que mostró cuando el médico le dijo que el tumor se estaba reduciendo.
La idea de volarme de Buenos Aires me seguía rondando, pero Nadia no se enteró y traté de que los demás no ahonden en el tema.
Después de unos mates, me vestí y salí a caminar sin una dirección precisa. Dejé que mis zapatos tomaran la decisión y así anduve entre cuadras de distintos paisajes. De pronto, me frené ante una puerta que me resultaba conocida. Claro, era la de la casa de Lorenzo, mi ex jefe de la Editorial. Me di cuenta que había pasado bastante tiempo desde lo del robo en el lugar y no había tenido noticias de él. Me decidí de inmediato a sacarme la duda y llamé a su puerta.
—Gastón, qué alegría verte por acá. Justamente estaba por llamarte.
—¿De verdad? ¿Por qué?
—Pero vení, pasá, tomemos algo y te cuento…
Se le veía bien a Lorenzo y eso me alegró mucho. Por otra parte me estaba por llamar y comencé a imaginar si no habrá rearmado la editorial y me estará por dar de nuevo trabajo. Claro que eso podría significar que entonces no me vaya y… Bue, ahí venía él con un mate para compartir y pronto me diría en qué anda… pero me ganó la ansiedad y entonces decidí preguntarle pero intentando ser lo menos directo posible.
—¿Armaste de nuevo la editorial?
—No —fue su respuesta tajante y precisa—. En estos meses me dediqué a leer a autores totalmente desconocidos y libros que no han llegado a las librerías.
—Ahhh… —fue mi respuesta como quién ve la olita de la realidad destruyendo el gran castillo de arena de la fantasía.
Tomamos unos mates e intercambiamos opiniones sobre la actualidad y demás temas del mundo hasta que me dijo la razón por la que había pensado llamarme.
—Vos sabés que descubrí desde el inicio tu diario “íntimo”, y debo decirte que sufrí con vos cuando te notaba tan mal, y también me hiciste reír mucho con esas cosas raras que sólo a vos te pasan.
—Bueno, me alegro por la parte de haberte divertido. Pero, ¿a qué viene todo esto?
—Estás con ganas de irte de la ciudad y a todo el mundo le sorprende, menos a los lectores que te leen y ya viven en lugares como los que soñás, con aire puro, sin inseguridades ni tantas corridas.
—Y sí… Pero…
—Mirá lo que encontré ayer —dijo mientras se levantaba y traía una hoja cuadriculada escrita con una letra que reconocí de inmediato como mía.
—¿Qué es?
—Esto es un poema que escribiste… Acá está la fecha… 1991. Estabas en la secundaria sino me equivoco y es de una caja que me habías dado hace mucho para que la queme y yo, como corresponde, la guardé de tu fuego asesino. Pero, tomá, leé lo que escribiste, y no mires la calidad porque se nota que es de cuando empezabas a garabatear letras, sino fijate en lo que dice…
Volar, volar
Quisiera volar
Hasta un lejano punto
Donde no me puedan alcanzar
Donde no me puedan reconocer
Quisiera volar
Hasta perderme dentro de un sueño
Y al despertarme
Que la realidad siga siendo una fantasía eterna
Quisiera volar
No como una hoja de otoño
No como una oscura golondrina
Simplemente volar, volar...
Cien veces me voy y otras tantas veces vuelvo
Quiero estar con vos, otras veces no
Me gusta reír pero tengo tanto que llorar
Y mientras camino quisiera volar
Lo bueno se encuentra lejos (tan lejos)
Encadenado a una rueda maldita que no deja de girar
Solamente quisiera escapar
La única manera es pudiendo volar
Sí, se trataba, efectivamente, de uno de mis primeros poemas, de esos que dan vergüenza encontrar después de tanto tiempo.
Sin embargo, su mensaje no había perdido actualidad, y las alas se encontraban todavía listas para el vuelo postergado…
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