La otra noche, no muy tarde, sonó mi celular.
El número era desconocido pero por alguna extraña razón atendí. Y tardé unos segundos cuando del otro lado de la línea la voz de una mujer mayor preguntó por mi nombre y de inmediato se presentó como “la esposa de Luis”.
(a los lectores nuevos o desmemoriados les sugiero que pasen por acá: 119. en tono gris)
–Hola, ¿Cómo está señora? –y enseguida me di cuenta de la pregunta principal y obligada– ¿Y Luís, cómo está?
–Mal, la verdad es que está mal, y, disculpame la hora en que te estoy llamando pero sinceramente necesitaría un pequeño favor de tu parte.
–Si puedo no hay problema. ¿De qué se trata?
–Seis dadores de sangre con suma urgencia para dentro de los próximos cinco días, y…
–Y… ¿Qué más?
–Mirá, hoy lo dejaron internado a Luis porque anda con muchos dolores y van a hacerle estudios y no sé qué otras cosas más. Y el viernes el doctor va a decirnos cómo está todo y…
–No se preocupe señora, yo voy a estar ahí para acompañarlos.
–Gracias Gastón, muchas gracias –me dijo con la voz entrecortada en nombre de ella y de Luis.
Apenas corté la comunicación y sin perder un solo minuto, llamé a Sebas, Cris, Lore, Sergio y a Pablo, y solucioné el tema de los seis dadores.
Ahora podría dormir tranquilo… pero no lo hice.
Luis andaba con un tumor, y si ahora lo internaron y le están haciendo tantos estudios, es porque algo no funcionó, algo no anda bien.
Ayer fuimos con los chicos en patota, aunque en distintos horarios, a dar sangre y me alegró el corazón la clase de humanos que son.
Coincidí con Pablo en el lugar y mientras por el tubo salía nuestra sangre, exclamó con un optimismo puro:
–Saquen toda la sangre que haga falta que lo vamos a levantar a Don Luis.
Esa misma noche me quedé a cuidarlo, a pasar la noche con él así su esposa descansaba, ya que intuía que el día de hoy no iba a ser fácil.
Poco antes de las nueve de la mañana se presentó el Doctor, le hizo unas preguntas rutinarias a Luis y después se alejó un poco para darnos el parte a su esposa y a mí.
–El tumor, como ya saben, se fue esparciendo, ramificando por la columna y el pulmón principalmente. Las pastillas que le dimos y las sesiones de quimio no lograron frenar el avance. Lamentablemente ya no nos queda nada más por hacer, salvo tratar el dolor para que no sufra.
–¿Y cuánto, Doctor? ¬–lanzó su esposa la pregunta que nadie quiere preguntar.
–No se sabe… –contestó el médico con frialdad profesional pero con cierta incomodidad humana asomando en su garganta–. Puede ser esta noche, tres días, un mes…
La mujer se secó las lágrimas, agradeció al médico toda la ayuda dada y que le seguirán brindando, y con entereza fue a ver a su esposo para decirle que todo marchaba bien.
Yo me quedé en el pasillo del hospital, apoyado contra la pared, llorando como un chico…
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