domingo, 4 de enero de 2009

04. entre el bien y el mal

Anoche llegué a la casa de Lucía y me recibió con un trago frío y un beso caliente.

Lucía es esa clase de mujer que pasa caminando por la vereda y el barrio entero tiene una erección.
No sé si es por sus ojos claros, su sonrisa intensa, su caminar preciso, sus caderas comestibles, sus pechos perfectos, su boca exageradamente sensual, su inteligencia a prueba de balas, su perfume natural, sus gestos expresivos, su humor infinito, sus movimientos intensos, su peinado al viento, o qué, pero sabe lo que provoca en los hombres (y también en algunas mujeres) y así conseguir (casi todo) lo que quiere.
Conmigo no tuvo que hacer mucho esfuerzo… para nada.

La velada fue tan intensa como divertida.
Música, tragos, sexo, una peli por la mitad, más sexo, más tragos, y un dulce despertar.


Al mediodía, en pleno desayuno casero y compartido, recibo un mensaje de Cristian avisándome que estaba en la puerta de casa desde hacía unos cuantos minutos tocando el timbre a reventar.
Me tengo que ir. Sé lo que me espera, pero Cristian es mi amigo.


Ya en casa, o mejor dicho, ya en el ascensor, Cristian comienza con su batería de preguntas punzantes para asegurarse del lugar donde me tocaría ir si hoy se acabara el mundo.
—¿Dónde estabas?
—Fuera de casa.
—¿Dónde estabas?
—¿Estás reemplazando a Fernanda? Ella ponía la voz más aguda cuando me martillaba a preguntas.
—No quiero ironías, nada más saber dónde estabas.
—En lo de Lucía con Lucía.
Al escuchar mi respuesta abrió los ojos de esa manera exagerada que sólo él puede hacer y me pidió un vaso de agua (no toma alcohol). Dejó el vaso vacío sobre el portavaso que traje especialmente para él y continuó.
—¿Vos sabías que Fernanda te dejó por el novio de ella?
—Algún rumor me llegó.
—¿Y ahora ustedes dos andan revolcándose? ¿Por qué?
—Porque somos heterosexuales y la Tierra es redonda —le respondo sabiendo que falta muy poco para que se enoje y se vaya dando un portazo. Pero antes le vuelvo a llenar el vaso para que no se marche con sed.

Vuelve a vaciar el vaso de un trago y finalmente me pregunta lo que más lo tiene alterado-preocupado.
—Che, Gastón, decime una cosa, ¿es verdad que estás escribiendo una especie de diario de tu vida?
—Sí, por diversas recomendaciones profesionales.
—Pero un diario se supone que es privado, ¿por qué lo hacés público?
—Nadie lo sabe.
—Yo lo sé.
—¿Lo leíste?
—Sí.
—¿Y? ¿Qué te pareció?
—Una locura, qué me va a parecer —me contesta con su mirada una vez más desorbitada—. Vos no te das cuenta de lo peligroso que puede ser esto. Te juro que no me entra en la cabeza que puedas, así como si nada, publicar lo que sentís, lo que te pasa, contarle a perfectos desconocidos que tu novia te dejó, que ahora andás con la ex del novio de tu ex, y no sé qué cosas más que podés llegar a escribir porque… ya veo que esto recién empieza, ¿no?
—Y sí, todavía me falta escribir nuestro diálogo.

La tercera es la vencida. Se despide con sus ojos salidos de sus órbitas y finalmente da el portazo calculado sin llegar a despedirse (aunque mañana seguro me llama para pedirme disculpas por su accionar).


Yo aprovecho ahora mi soledad para escribir todo esto, pedir por teléfono unas empanadas, y prepararme para recibir mañana al maldito lunes y volver a la editorial a trabajar.

2 comentarios:

.:*:. Ferípula .:*:. dijo...

Esto va en serio?
Estás escribiendo un libro o el libro?

Gastón dijo...

Claro, que va en serio, ¿qué te creías?

Salvo que simplemente estoy escribiendo mi vida a diario, porque estoy intentando vivir... diariamente.

Besos del día